Presenta:

La fiesta animal

Mara en una fiesta de pocos invitados. El bodeguero y su especial gusto por la otra cara del vino. Los excesos y el placer por sobre todas las copas.
La columna de Mara.
La columna de Mara.

No tengo espacio suficiente para explicar cómo terminé ahí. Un amigo de un amigo había logrado ponerme en la exclusiva lista de invitados. Para ser breve sería como que vi luz, pasé y me quedé. Y la verdad, todos fueron muy hospitalarios. Yo había escuchado hablar del anfitrión, ¿quién no? y para mí él era un bodeguero más, de esos que andan por acá, o mejor dicho, uno de esos “tercera generación” que despilfarran, tal vez sin querer, la fortuna de sus antecesores.

Hasta esa noche para mí la lujuria era algo lejano, era eso que uno ve en películas como Calígula, en la saga interminable de Berlusconi o acaricia en esos sueños que nunca recuerda bien. El contexto de vida común no acompaña a situaciones así y lejos de la Grecia antigua yo tendría que hacer un casting inmenso para armar una fiesta como ésta. A quien la organizó, en cambio, estas cosas le suceden con la misma naturalidad con la que los demás organizaríamos una picadita en casa.

Llegué cuando ya todos estaban. Me abrió su “asistente, bibliotecario, amigo y parte del elenco estable”.  Mi pareja, puramente casual por esa noche, me adelantó que ningún invitado era lo que era, todos tenían una segunda y hasta una tercera actividad además de sus trabajos convencionales;  así el enólogo era un conocido cantante de ópera, el abogado era maratonista y la encargada del Catering era una conocida Chamana del ritual de la Ayahuasca. (Encajaba perfectamente con el Mendoza Social-Style donde todos son dos cosas: restauranteur y bailaor de flamenco, diseñador y DJ, médico y bodeguero, odontólogo y actor, publicista y director de cine, veterinario y polista, artista plástico y licenciado en marketing, uff la lista es interminable).

Un gong inició el ritual del vino (a la manera de los antiguos orientales) y el anfitrión nos solicitó a todos que nos sacáramos los zapatos y los prejuicios. Sonaban timbales, la tenue iluminación de velas hacía brillar las miradas, dilatando pupilas y todo parecía una escena de Michelangelo Antonioni en donde cada fotograma se concatena a través de un filtro naranja azafrán.

Un catering rústico (chorizos cortados a 45° montados sobre panes y deconstrucción de morcillas, o sea, chori y morcipan) intencionalmente deseaba despojar lo acartonado de los típicos pinchos y canapés de siempre y nos soltaba a todos a desestructurarnos más. Comíamos parados mientras se descorchaba lo mejor de la cava, botellas pesadas y lúgubres con telarañas que delataban un sótano húmedo lleno de pujas y enredos de antepasados familiares.

No había livings ni espacios zen, simplemente la vieja casona chacrence como set para esta película prohibida para Estrictamente Social.

La charla giraba (nosotros también) en torno a lo artístico, la literatura, la música y por supuesto los vinos. Philip Glass y Susan Sontag se mezclaban con la cosecha 47 de Cheval Blanc. Esta gente sabía de lo que hablaba y lo que vendría después.

En un momento nos abrimos para dejar que se luciera la bailaora. Lo hizo. Esta lindísima rubia de veintitantos se movía rozándonos sensualmente y creo que el vino, el humo (también producto de la cosecha propia) y los personajes que hacían de público la embellecían aun más. Bailó dejándose admirar por todos y desafió al dueño de casa a algún duelo que se batiría luego, en algún momento de la noche.

Entre la gente se destacaba una mujer, que hubiera resaltado en un millar por su estilo y por su tatuaje (un racimo de uvas Syrah que brillaba sobre su hombro izquierdo como si fuera real). Me acerqué a ella más para admirarlo que para entablar alguna conversación o practicar mis escasos conocimientos de portugués. Me ofreció tomar de su copa que sí, en verdad era como una siesta inca y me convenció de su pasión por ese varietal. (Ya había escuchado que el Syrah generaba esos fanatismos, dicen algunos winemakers que lo bebió Jesús en la última cena).

Después de darme sus argumentos ella se acomodó entre otras narices amigas para compartir lo que definitivamente la mantendría despierta toda la noche.

Bien, la fiesta había dejado de ser una reunión de amantes del vino y las artes. La fiesta ya estaba en otra dimensión. Una dimensión que distaba mucho del encuadre típico de las catas tradicionales, esto estaba fuera de foco, principalmente para mí. Lejos del homenaje a la madre tierra, a los antepasados; lejos del qué dirán, de la imperiosa necesidad de pensar como verse mejor, de generar contactos importantes y de adular al otro, esto era una fiesta de algunos para auto complacerse a sí mismos. Sí, esto era el verdadero culto al hedonismo.

Más fuera de foco, estaba unos de los pseudo críticos más conocidos del país que había logrado colarse  e intentaba, como siempre, ser parte, aprender sin que se dieran cuenta y demostrar que estaba a la altura. No lo vi consumir lo que los demás, sí claro los vinos que, uno a uno, iba calificando cual si estuviera en el jurado de Showmatch y como si su juicio fuera importante.
Camino a uno de los baños me topé con la enigmática sommelier acorralando con sus brazos contra la pared a la chica del catering. (Creo que arruiné el momento y, de paso, salvé a la chica).

De una de las habitaciones salió la bailaora que por su aspecto me pareció que había perdido el duelo con el anfitrión. Su gracia gitana habría quedado junto a su corpiño vaya a saber dónde. Me pidió, mirando hacia un punto perdido, un cigarrillo que yo no tenía y así, sin cubrirse, llegó divagando hasta donde estaban todos para conseguir uno.

Mi amigo y yo, adoctrinados por la cultura vitivinícola provincial, intentábamos seguir los pasos establecidos. Cambiábamos de copas, las girábamos y hasta en un momento nos acomodamos como para la foto. Nada de eso hacían los demás. Ellos cambiaban de pareja, giraban los códigos y algunos recurrieron a un flash endovenoso.

Me divirtió verle otra cara al vino, tan lejos de la que se muestra en los diarios y en las revistas. Nadie estaba combinado, nadie tocaba el tema “negocios”, nadie sonreía; más bien ellos morían de risa. Liberados de la gran mentira montada por la industria y el mercado, cometían todos los pecados posibles y el vino parecía ser cómplice. Ahí no había maridaje, oxigenación, taninos, pimiento, madera, ni finales amables. Los inventores de todos estos términos hacían boca entre ellos, buscaban el cuerpo fuera de las copas y se entregaban a un extraño assemblage.

Yo sumida en la fascinación total tenía mil interrogantes. Me preguntaba si a la sommelier no se le alterarían sus sentidos para degustar. Si sabrían que el autodenominado crítico no lo era. Qué pasaría si llegaba el padre del anfitrión…

Pensé que Mendoza tal vez fuera como los espejos en las salas de interrogatorios: hay otro lado que no se ve donde todos están más relajados, muchísimo más divertidos y libres sobre todo. Lamento no haber sido más audaz. ¡Quiero volver!