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Las mujeres y su búsqueda de dignidad

Trabajan en el hogar y fuera del hogar. Ejercen tareas domésticas y de cuidado de sus hijos. Esto determina una jornada de trabajo más larga que la de los hombres, dice Susana Méndez, en Tiempo Argentino.

Las condiciones sociales disímiles que pesan sobre las mujeres, generalmente son provocadas por factores de carácter económico y por su limitado acceso a estructuras de poder, a la educación, a la formación y a los recursos productivos. A ellos se les suman los efectos y las consecuencias de la cultura patriarcal basada en relaciones de género desiguales, que establecen la subordinación de la mujer, con la consecuente división del trabajo y de la distribución de los recursos.

La desigualdad se expresa en varias esferas. En el plano público, las mujeres no logran el mismo ingreso que los hombres por igual trabajo, lo que las coloca en una situación de inferioridad. En el ámbito privado y familiar, además de ejercer un trabajo fuera del hogar, las mujeres deben asumir tareas domésticas y de cuidado de sus hijos. Estas responsabilidades, sostenidas por la afectividad, determinan una jornada de trabajo más larga que la de los hombres.

Presiones sociales y culturales imponen el papel de proveedor al hombre. En momentos de crisis económicas y laborales se producen cambios en muchos hogares, dando como resultado rupturas conyugales con el advenimiento del fenómeno de “jefatura femenina”.

Las mujeres jefas de hogar generalmente provienen de hogares carenciados. Una gran mayoría son las únicas receptoras de ingresos en sus núcleos familiares. Esto muchas veces va acompañado de un capital social y cultural limitado, de un bajo nivel educativo, de una red social empobrecida y de ausencia de seguridad social. Aun así, intentan dar respuestas diarias a las necesidades familiares a través de labores precarias, sin tener muchas oportunidades para elegir. Esto provoca que, por un lado, no puedan desarrollarse como personas y, por el otro, que no consigan mejores puestos de trabajo, con jornadas más cortas y mejor pagas.

La Asamblea General de las Naciones Unidas manifestó su preocupación porque no se concedía plenamente dignidad a todas las mujeres por igual, a pesar de los distintos instrumentos emitidos. Es por eso que en 1979 se aprueba la Convención sobre la Eliminación de las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), la cual señala claramente las pautas para promover la igualdad entre hombres y mujeres.

Los artículos de la Convención plantean una reformulación del lugar social de las mujeres a través de su acceso a cuestiones básicas y esenciales de la vida –alimentación, salud, educación, oportunidades de empleo– que les otorguen dignidad, defendiendo un crecimiento que les brinde bienestar y el pleno ejercicio de la ciudadanía.

Años más tarde, en 1995 se reunió en Beijing la IV Conferencia Mundial de la Mujer. Desde la misma se recomendaron políticas que aborden específicamente las necesidades de las mujeres, exhortando a los países a emprender reformas legislativas y administrativas. El propósito es conceder a las mujeres pleno y equitativo acceso a los recursos económicos. Las agendas de políticas públicas de los gobiernos y de los organismos internacionales, a partir de la Conferencia de Beijing, tomaron en cuenta la perspectiva de género.

Las más efectivas tuvieron que ver con una posición basada en la capacitación de las mujeres desde programas dirigidos al fomento de su participación y fortalecimiento de sus capacidades. Se realizaron a través de organizaciones integradas por actores gubernamentales, comunitarios y sindicalistas, y que aborden el problema en forma integral, permitiendo a las mujeres el fomento de la autonomía, el acceso a recursos materiales y la asunción de una ciudadanía plena para la toma de decisiones en todos los planos –individual, familiar y social– a partir de su capacitación. 

De esa manera, las mujeres adquieren la posibilidad de planear un futuro; de tener mayor poder para la toma de decisiones familiares, laborales y sociales; de acceder a un capital cultural y social; de adquirir mayor visibilidad en su comunidad; de acceder al crédito; de actuar en la esfera pública; de exigir los derechos propios y los de sus semejantes.

Recorriendo estas líneas aparecieron en mi memoria mujeres con las que he compartido jornadas de capacitación. Mujeres sufrientes, solidarias entre sí, que a medida que se avanzaba en el trabajo compartido iban saliendo de la sumisión en la que estaban sumergidas, adquiriendo conciencia de su lugar en la comunidad, de sus capacidades, de sus necesidades y, por ende, de sus derechos.

Son mujeres inteligentes y sabias que supieron entrelazar la “ética de cuidado”–que traían consigo–, con la “ética de justicia”–que exploraban en los talleres de capacitación–, no sólo para ellas y sus familias, sino también para sus congéneres. Desde allí, ocupaban un papel protagónico que les había estado vedado, sabiéndose respaldadas por el capital social que iban consolidando con acciones participativas.

Así crearon cooperativas productivas; mantuvieron sus familias ante la desocupación de sus compañeros o ante la separación conyugal; estimularon la educación de sus hijos e hijas como medio de ascender en la escala social; promovieron proyectos que enriquecieron sus comunidades; discutieron con agentes del Estado reclamando por sus necesidades; incidieron en las agendas políticas desde sus urgencias ciudadanas.

De esa manera, cambiaron sus rostros sufrientes por otros sonrientes y triunfantes ante cada logro, y se reconocieron con poder y autoridad en todos los ámbitos de su vida.

Así, reconocieron e hicieron respetar su dignidad.



Fuente: Tiempo Argentino.