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¡Juan Pablo! ¡Segundo!, ¿te quiere todo el mundo?

¿Cuántos Papas convivían en uno solo? Juan Pablo II fue un símbolo y mucho más: ocupó el poder que dejaba vacante el fracaso de las izquierdas. Un dique contra los que podían, también, desilusionarse de la Iglesia. Entrá y mirá todas las notas y la fotogalería.

La canción fue siempre estremecedora y capaz de mover multitudes emocionadas. Con vehemencia, los jóvenes gritaban: “¡Juan Pablo!¡Segundo! ¡Te quiere todo el mundo!”.

El Papa polaco logró concitar la atención de los jóvenes y retener, así, un gran puñado de generaciones dentro de la Iglesia, evitando su fuga, retrasando su desilusión y más aun: convenciendo a muchos que no lo estaban.

Lo logró de la única manera en que se consiguen estas cosas: haciendo política. Fue el gran político de su tiempo a escala global y les enrostró a las potencias mundiales su carisma, su crédito basado en multitudes tras de sí, su capacidad políglota de llegar con un mensaje simple y conmover y motorizador.

Dos años antes de su entronización ocurrida en octubre de 1978, el presbítero argentino Jorge Mejía había anunciando que, debido a un clima “anticlerical” y “antipapal” motivada por los escándalos del Banco Ambrosiano y del obispo estadounidense Paul Marcinkus, el Vaticano se disponía a elegir –como sucesor del por entonces todavía con vida Juan Pablo Primero- a “un papa de origen no italiano” como respuesta a la “inextricable confusión entre vida eclesiástica y política”.

Juan Pablo dio el salto a la política. Fue un “Twitter” vivo de su tiempo, el causante de mil y un efectos dominó como el que ahora provocan las redes sociales en el mundo árabe.
Para los coleccionistas de misterios quedará la versión publicada en España por el diario El País el 16 de febrero de 2002: quizá, dio a entender, fue el ex segundo jefe de la CIA Vernon Walters “quien ayudó al Espíritu Santo para la elección de Wojtyla…”.

¿Se equivocaban los millones de jóvenes, viejos, niños y muy viejos y muy jóvenes, en pañales aun, que cantaban con los ojos vidriosos aquel estribillo pegadizo?

Probablemente, exageraban. Pero en el sentido global del término, el Papa más odiado por las potencias por su injerencia en sus asuntos  internos y externos era, simultáneamente, capaz de capitalizar a favor de su propio plan religioso y, por lo tanto, ideológico, los sencillos favores de la plebe del mundo católico.

Juan Pablo fue el “Papa de la Paz” llevando adelante una guerra sistemática. Alguna vez, sobre algún Papa, Stalin había preguntado: “¿Cuántas divisiones tiene el papa?”. El polaco fue el Papa de una paz selectiva: jamás la paz interna de naciones agobiadas por la tortura, aunque sí un luchador por la convivencia entre estados que se gruñían.

Fue  el “Papa ecuménico”, capaz de entrar a los más diversos templos de otras religiones. Pero, a la vez, el más conservador a la hora de generar doctrina e imponerla como mandato divino. Fue, dentro de su ecumenismo, el más católico de los sumos pontífices, probablemente.

Juan Pablo II junto a líderes de diferentes religiones.

Se dice que fue el “Papa de los humildes”, reforzado esto con sus imágenes junto a los pobres de aquí, África, la India, junto a la Madre teresa o donde fuere. Pero a la vez fue el que catapultó a los sectores más aristocráticos de la Iglesia a posiciones de poder real dentro del vaticano e, inclusive, dentro de los estados del planeta que fueron permeable a su accionar.

Fue el “Papa de la Perestroika” que empujó el Muro de Berlín y puso fin a la guerra fría y a la bipolaridad, el que alentó a las derechas en Europa a darse su espacio en la política y, además, el que cerró las puertas a los tercermundistas católicos latinoamericanos aunque también se animó a excomulgar al extremista Marcel Lefevre y a llamar a silencio al brasileño Leonardo Boff.  Estas últimas decisiones –señalan los “vaticanólogos”, fuertemente influenciado por quien sería su sucesor, Joseph Ratzinger, por entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el ex Santo Oficio que, otrora, en los años más oscuros de la Iglesia, encabezara el genocidio de la Inquisición.

Gorvachov y Karol Wojtyla, símbolos de la Perestroika.

Lo que hizo Karol Wojtyla, lo logró con un potente discurso contra el neoliberalismo mientras asfixiaba al socialismo histórico, cual Perón globalizado buscando afinidades con alguna “tercera posición”. Lo impuso con su consigna por un “capitalismo social de mercado” y su llamado terrenal a “globalizar la solidaridad”, desde su documento Centésimmus annus, en 1991.

Fue polémico y contradictorio: acompañó a dictadores pero también recibió a muchas de sus víctimas. Por ejemplo, cuando en la Argentina la Iglesia oficial se negaba a reconocer en 1980 al laureado Adolfo Pérez Esquivel con el Premio Nobel de la Paz, Juan Pablo se fotografió sonriente junto a él en el mismísimo Vaticano.

Otra anécdota la cuenta Gabriel García Márquez. Dice que le expuso al Papa la situación de los desaparecidos en la Argentina, ante la negativa de la jerarquía católica de aceptar las cartas que los familiares querían acercarles. La respuesta del Sumo Pontífice fue escueta: “Esto es idéntico a Europa oriental”. La reunión terminó abruptamente.

El escritor chileno Ariel Dorfman hace un recorte de la larga historia del Sumo Pontífice que vale la pena recordar para saber que Juan Pablo no era neutral en su diálogo con las masas, sino todo lo contrario.

Relata que “pese a que el Papa había aparecido fotografiado con el dictador (Pinochet) en el Palacio Presidencial, la juventud de Chile abrazó fervorosamente el mensaje de paz que el Supremo Pontífice traía al país”.

Estadio Nacional de Chile en tiempos de Pinochet.

Continúa señalando que “de manera que cuando Juan Pablo II les preguntó, en excelente castellano, si renunciaban a los demonios de la avaricia, la respuesta fue un sí estrepitoso, y cuando los volvió a interpelar, si acaso estaban dispuestos a renunciar también a los demonios de la violencia, el sí que se escuchó fue aún más ensordecedor. Y fue entonces –escribe Dorfman- que el Jefe de la Iglesia Católica se entusiasmó, pudo haberse equivocado al no darse cuenta de cómo habían sobrevivido la represión aquellos febriles adolescentes: Puesto que quiso saber si la multitud de jóvenes estaba pronta a renunciar a los demonios del sexo y sobre ese punto tampoco hubo, según me cuentan, la menor vacilación. Desde adentro de los genitales y la sangre galopante de esos cien mil cuerpos, desde lo más profundo de las cien mil gargantas se oyó un No irrevocable y categórico”.

Más allá de la anécdota del día en que le dijeron No masivamente fue Juan Pablo, sin dudas, el “Papa de la comunicación”: hasta el más pintado ateo sintió con fuerza un estremecimiento con la noticia de su muerte. Es que Juan Pablo Segundo no pasó inadvertido y fue un tutor de la política del mundo cuando los cambios ideológicos amenazaban con la anarquía. Ocupó con su omnipresencia los espacios que iba dejando vacante la hecatombe de las izquierdas fracasadas y, por lo tanto, ¿por qué no debería ser considerado un Santo por una iglesia que lo extraña y necesita “vivo”?

Último adiós a Juan Pablo de los líderes mundiales.

El mundo se mueve con impulsos culturales. El que se impone, triunfa y le da otra vuelta de página a la historia. Sus motores pueden ser líderes vivos, pero cada vez pierden más sentido frente a entelequias mágicas representadas por la tecnología, las creencias, las pasiones o las identidades.

Por esto es que a Juan Pablo, al final, tal vez no lo quiera todo el mundo. Pero lo necesita como símbolo, hito u horizonte.

Gabriel Conte en Twitter: @ConteGabriel