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Mi Culpa

La columna de Mara. Sus pecados y confesiones íntimas, muy lejos de pegarse en el pecho tres veces. Si sos culposa, no la leas.

Yo confieso que he pecado. Confieso que he tenido pensamientos oscuros y que además he deseado ser la mujer del prójimo. (Guau… Él sí que valía la pena y yo estaba dispuesta a pagar toda la vida por ese instante de amor. Era delicioso, tenía la estampa Eastwood y la inteligencia de Allen. Olía a mil perfumes de Santa Moria Novella (jamás de Free Shop), y si hubiésemos estado en la Edad Media confieso que me hubiera batido a duelo con cualquier damisela por él).

Confieso que no puedo perdonar, que sólo he logrado poner un cartel odioso en mi frente cual obra vial “disculpo las molestias”, pero con el perdón, yo no puedo. Confieso ser una convencida de que la honestidad tiene grises y que mi desafío personal es que sea lo más clara posible. Ok, también acepto eso de “Mentime que me gusta” porque los hombres demasiado honestos son poco seductores. Más de una vez cuando me dijeron la absoluta verdad, prendí la luz y me fui.

Confieso que no le creo del todo a nadie y confieso también, aunque suene absurdo, que me incomoda un poco que me crean del todo a mí. (Por favor no confundir con Majul). Me confieso capaz de cometer aberraciones (… aunque no sé si llegaría a lo de Juanita.)

He comprobado que los hombres son más frágiles que nosotras y cargan con la cruz de no poder caer y tener que hacerle frente a todo, como si estuvieran diseñados para soportarlo. No lo están. (Confieso que jamás lo admitiré).

Confieso sospechar que las mujeres son como el radicalismo, jamás podrán aliarse. Está en nuestra naturaleza. Todo pacto dura mientras no seas linda e inteligente.

No creo en la amistad entre el hombre y la mujer. Creo que las rubias sí se divierten más. Los hombres no son todos iguales. Los gays no son siempre tus mejores amigos. No creo en la gente que marea las copas en las fotos de sociales. No creo en los libros de Autoayuda. No creo en un Secreto Salvador (¡Mucho menos que el Secreto esté en la Música!) No creo que nadie sea felizmente fiel, creo que la gente hace un esfuerzo enorme por sostener una fidelidad física a costa de una mente perturbada.

Confieso que arrastro el pesado saco de no haber sido amada con locura, y que me pesa más con el paso del tiempo, no porque gane edad sino porque pierdo fuerza. Y confieso que me desespera saber que no me alcanza la vida para todos los sueños que quiero cumplir.

Confieso preocuparme por vivir en una época en la cual las cosas innecesarias son nuestra única necesidad. Creo en la gente que enloquece, en las personas que se lanzan a vivir aventuras apasionadas a pesar de tener una relación de pareja estable. Creo en aquellos que a pesar de tener una sólida seguridad económica insisten en malgastar, robar o atesorar el dinero. Goethe dijo que jamás había escuchado hablar de un crimen que él no hubiera sido capaz de cometer (Coincido con él y confieso estar del lado de Barreda). Creo haber caído gustosamente de la cima de mi soberbia como espero que también caigan mis ávidas lectoras de Stepford a quienes no puedo identificar ya que todas utilizan el apellido de sus maridos.

Confieso que hace tiempo discriminaba a las personas normales, llenas de excesos y contradicciones, hoy en cambio me parecen extraordinarias.

Confieso haber entablado una amistad íntima con mis propios demonios; dos de ellos, celos y venganza, me confesaron vivir dentro de todas las mujeres. Lamentablemente no puedo demostrarlo, también vive en nosotras la astucia de disfrazarlos como actos de absoluta ingenuidad.

Finalmente confieso lo peor de todo: he perdido la culpa. Ese sentimiento que nos viene impreso a todos, no la encuentro. Desde que la perdí se cayó una de las piezas de dominó y todo se desmoronó alrededor mío.

Hay personas que sostenemos toda una vida sobre la culpa. Sin ella desconozco la que fui y disfruto la que soy.