Ciento tres (103) días sin sexo
Nadie está exento. Puede pasarle a cualquiera. Enfermedad, duelo, crisis, viaje.
Entiendo que suena a mucho tiempo y verdaderamente lo es, pero se puede. Yo estoy viva, no me hice monja, no inicié un nuevo culto y mis hormonas se recuperarán.
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Transcurrido un tiempo más, el proceso empeoró, ya no había discusión, había sido reemplazada por un diálogo esporádico y áspero y el sexo sin ganas era casi remoto y, ahora que lo pienso, áspero también (las lectoras entenderán).
En terapia planteé orgullosa mi nueva postura. Ella me miró, juntó los labios haciendo un gesto de “mirá vos” y me preguntó: ¿Por qué has decidido no tener sexo Mara? “Porque es una manera de respetarme, de no evadirme, y de valorar algo que tiene mucha importancia en mi vida”, le contesté segura, pensando que me devolvería con un: ¡Bien! “Eso es un gran avance, estás cerca del alta”, pero en cambio noté a mi terapeuta algo frustrada o con algún dejo de lamento en su mirada y mientras me decía: “Mara, eso es un castigo hacia vos misma. Una postergación más de algo tuyo y siguió, “Ahora vas a privarte del placer primario que tenemos los seres humanos: la sexualidad”. Bajé la mirada con las manos cruzadas sobre mi mentón sintiendo el golpe de la verdad, sintiendo también como volaba de un saque algún argumento que a mí me había costado años construir y reconociendo, sí, que cada uno de estos golpes eran sus pilares fundamentales para el aumento sus consultas.
Con rebeldía adolescente y desoyendo las palabras expertas por las cuales pagaba (en efectivo) semanalmente, me dispuse entonces, a vivir mi nueva vida asexuada.
¡Bien!, me autoconvencía, minuto a minuto, tranzando una matriz foda de ventajas y oportunidades, ya no tendría que estar tan pendiente de la depilación, de la lencería y sí, me permitiría comer un poco más. Además, no tendría que soportar las asperezas de las últimas batallas en la cama, y podría dormir cruzada usando ambos lados.
Salí a la calle sólo para ver de lo que me perdía (como quien está internada en lo de Cormillot y aún así lee a fondo el menú del restaurant). Nada importante, morochos pura fibra y rubios carilindos, ninguno que se mereciera romper con esta actitud digna de mi nueva orden y mucho menos nadie que pudiera profanar el templo de castidad en que se había convertido mi departamento.
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En los días siguientes el ánimo se mantuvo estable: permanentemente irascible. Empecé a odiar a toda persona que se me acercara a más de 50 cm. Empecé a hacer fijaciones sobre conductas típicas. No podía soportar más al clásico mendocino quejoso y timorato, que en vez de decirle todo lo que pensaba al cajero por su ineficiencia criticaba en voz alta para buscar consenso. (Consenso que jamás conseguiría ya que sus compañeros de cola eran igual de tibios que él).
Me obsesioné con las personas sin vida propia que suelen usar la vida de los otros para rellenar minutos en la suya. Así, comentarios como “qué increíble como aumentó esto”, de una inofensiva mujer frente a la góndola de algún súper, eran tomados por mí como una amenaza peligrosísima.
Por supuesto me peleaba con todo el Mundo. Con mi madre, para empezar, con mis amigas, con los que manejaban bien, con las que estacionaban mal (¡¿No te suena raro que todos los demás lo metamos de culata?!) Con los municipales, con el cuida coches de la calle espejo y con mis hermanos que en una discusión familiar me gritaron con precisión quirúrgica “andá hacétela poner”.
Dejé 2 veces mi tarjeta en el cajero automático, perdí llaves, no recibí vueltos. Me descargué con el chivo expiatorio de siempre: la cajera del supermercado. Hasta me tomé el tiempo de ir hasta Servicio al Cliente para decirle al gerente de Marketing lo brillante que me parecía su idea de que ahora nosotros pusiéramos los productos en las bolsas. (Muy práctico, las colas ahora llegan hasta la otra punta y la lavandina te desinfecta la carne en el viaje de vuelta).
Me asustó darme cuenta de que mi paladar tampoco era el mismo de siempre. Yo que odiaba los dulces, en un momento de tensión, habría osado probar algún pañuelito de dulce de leche y tal vez eso podría haber disparado una locura inexplicable por lo asquerosamente empalagoso. Dulce de leche (light, eso sí) mezclado con trozos de chocolate blanco ocupaban el lugar del orgasmo nocturno; y de vez en cuando un havannet. ¡Eso era sentir a Dios! Ya iban 73 días.
Desbordada. Absolutamente. La autosatisfacción ya no bastaba. Recurrí a los ansiolíticos. La cosa se puso manejable y entré en un estado de autocontrol parecido al de la meditación. Me volví, abúlica. Temiendo que cualquier efecto visual, auditivo o sensorial disparase alguna reacción no identificada me encerré en mí misma. No veía televisión porque hasta Niembro me despertaba algún tipo de fantasía y tampoco leía ya que encontraba siempre algún mensaje “entre líneas”.
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Había borrado la delgada línea que define fantasía y realidad.
Llevaba 101 días.
Decidí poner fin al padecimiento. Sólo tuve que hacer dos cosas: me vestí para matar e hice un llamado telefónico…
5 cosas que nos hacen asexuar
1-Los que insisten en dejarnos para el final (sincronismo imposible)
2-el rapidito (siempreee)
3-ver fútbol
4-vernos gordas en el espejo
5-saber que te quedan 2 horas para acostarte y mañana te levantás a las 6. (Será otro día querido)
5 cosas que nos ponen hot
1 -Sospechar que tiene otra
2- Saber que podríamos tener otro
3- Morir de celos
4 -Una propuesta indecente
5 -Y vamos, aunque ninguna lo quiera reconocer … el Poder nos pone locas.





