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Googleame que me gusta

Mara da una mirada a los hombres que fueron los más prometedores de Mendoza. Nadie resiste un archivo, pocos una googleada.

Lluvia de marzo con granizo incluido, mate y muchas cajas para ordenar.

Con la excusa de conocer su nueva casa le daría una mano a Caro, mi amiga que se había mudado en Diciembre, se había separado en Enero y no había hecho absolutamente nada en Febrero. Ya en Marzo casi todas las cajas estaban sin abrir.

En el grupo de amigas, Caro había ocupado el lugar de consejera por mucho tiempo. Medida, racional y debo reconocer que, si bien poco apasionada para mi gusto, siempre supo organizar sus emociones en función de lo que necesitaba. Pero ahora la veía deprimida. Venía de golpes bajos. Separación, fin de año, mudanza y la repentina noticia, dos días antes del inicio de clases, de que su ex había cambiado a los chicos a un colegio en la otra punta de la ciudad, lo que significaba que mi amiga tendría que recorrer medio Mendoza entre los horarios de los 3 y hacerse un ocho para llegar a su trabajo. (Hay un grado de perversión y maldad desmedida que desatan las personas en su proceso de divorcio).

Ella también, en pleno uso de esa perversión, había tomado la decisión de separarse justo cuando la casa se había terminado. (…)

La obra en construcción había empezado un año y medio atrás, casi conjuntamente con la destrucción de su matrimonio. Él, haciendo caso omiso de la situación, se había mudado igual y después de un asado inaugural con sus amigos, un zambullón en la pileta con sus hijos, un corte de pasto con su i-pod y una pelea muy fuerte con ella, finalmente se había ido.

Caro estaba mal, por momentos hablaba sin parar y por otros se quedaba como perdida. Había empezado a tomar medicación para la ansiedad. “Me preocupa hacerme adicta al Rivotril” me decía. Yo, más preocupada por su adicción al maltrato, le respondía bromeando. “No te vas a hacer adicta, tiene mucha competencia, vas a ir cambiando de laboratorio”.

Entre las cajas de botas se había venido una en la mudanza que, creo, no fue intencional para llenar el espacio. Nos reímos al ver la insignia JR en la tapa. La abrimos y ahí estaban, brillantes y con la punta gastada, las texanas que nos habían acompañado a las fiestas de El Ciprés, Bizancio y Die 4 You. Las mismas que habían tenido que esperarme en la arena de Reñaca la noche que yo me había llevado la llave de la cabaña en el bolsillito de atrás del pantalón. Las que ella se había puesto en mi cumpleaños para bailar con “el Loco”, el chico 10 de aquel momento.

Concluido el vestidor pero no la tristeza de mi amiga, se me ocurrió una idea cobarde pero siempre efectiva: refugiarla en el pasado.

“Qué fue de la vida del Loco” le pregunté como para entrar en tema. “¿Nunca pensaste que hubiera pasado si seguías con él?”

“No estaría en esta situación… Sería una reina” me respondió sin mirarme mientras se deshacía de papeles y cartas de una de las cajas. Estuve de acuerdo con ella. El loco, aquel top de la época sí que sabía disfrutar la vida. Era el proyecto de hombre perfecto para muchas mujeres. 10 en todo. El crack de la facultad, el sueño del equipo, el ídolo del grupo. No tenía posibilidades de perder físico ni intelecto ya que todo parecía haberle caído como un don divino. Un Sun Surf inolvidable. Un imperdible Bull and Bush. Un Topper Náutica y Lee carpintero de propaganda. Ese que jugaba en primera y entraba como por un tubo a Saudades con su campera Levi’s de corderito.

La miré cómplice y le propuse: “Veamos en qué anda… ¿Lo googleamos?”

Lanzadas como dos adolescentes sobre la compu nos pusimos en la búsqueda frenética del Loco (si ayer chico 10 hoy un señor 10…, pensé.)

Primer intento.

No hay resultados para su búsqueda. Quizás quiso decir Locomia

No. Otro intento.

“Buscá por el equipo, o por la división año 69”, la animé. No hubo resultados. Intentamos en Facebook, Twitter… pero nuestro hit no aparecía. Ultimo intento en Más resultados de Google… Por allá, en página veintitantos, salía su nombre etiquetado en el Fb de alguien. Búsqueda otra vez y llegamos a su foto. Ahí estaba el chico 10, veinte años después, borracho, con graves problemas de comedor, pesando menos que Kate Moss, con la birra de litro en la mano derecha y saludito V de victoria a cámara con la otra.

No podía ser. El cheto más cheto, el langa más langa, el top de la camiseta blanca y los jeans prolijamente gastados, ahora con remera de Chemea’s, 3 matrimonios (1 hijo de cada uno) y devenido en vendedor de productos Llame ya (o por lo menos eso fue lo que emanaba la googleada.)

Creo que estuvimos unos largos segundos mirando la pantalla mudas, acercando las caras lentamente para ver si era cierto. Después estallamos en carcajadas sobre las cajas vacías.

Sólo para hacer una comparación perversa, googleamos al otro, al salame, que se sentaba en el primer banco y todos le tomaban el pelo, al nerd, el que no hablaba con nadie, el que se vestía con saco de lana tejido por la abuela y zapatos tipo Frankestein, aquel al que nos cansamos de decirle que no.

Quedamos mudas otra vez y, otra vez, acercando lentamente las caras a la pantalla para ver si era cierto.

Salames nosotras. Este chico, el mudito, ¡claro!, la había hecho callada.

La googleada nos devolvía un bombón físicamente impecable, master en economía y casado con una modelo chilena dueña de una de las cadenas de hoteles más importantes de Latinoamérica. Una de las fotos mostraba el festejo de sus 12 años de matrimonio.

No daba para estallar en llanto sobre las cajas vacías, tampoco para dramatizar pidiéndole un Rivotril a Caro cuando recordé que él había sido mi enamorado secreto por años.

Esa tarde de googledas y yesterhits me estaba matando. 

Me empezó a perseguir mi propio pasado.

Como vertiginosos fotogramas se me presentaban mentalmente los papelones de mi vida. ¿Habrán fotos de aquella fiesta del gym en la que me caí a laguna, o cuando anduve fajada con los nevados haciéndome la linda por la peatonal? ¿Tendría que reacomodar mi cv? ¿Alguna ex amiga tendría mis fotos de post parto?

Dejé mi altruismo de lado y me puse de cabeza a bucear en mis archivos. (Las cajas habían esperado 3 meses, Caro iba a entender.)

Peligrosa Internet. Por un lado nos abre infinitas puertas y por otro nos muestra todo lo que se nos escapó por la ventana. ¿Quién resiste una googleada?