¿Está bien que Hugo Chávez haya sido premiado?
Hoy fue distinguido el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en la sede de la Facultad de la Universidad de La Plata, en supuesto reconocimiento "a la lucha del pueblo venezolano por su definitiva y segunda oportunidad de liberación política y social". ¿Merecía el mandatario ese galardón? Una nota incómoda, pero necesaria.
Mucho podría decirse sobre la distinción recibida por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en la sede de la Facultad de la Universidad de La Plata, en supuesto reconocimiento "a la lucha del pueblo venezolano por su definitiva y segunda oportunidad de liberación política y social".
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La contradicción más básica tiene que ver con que, solo a nivel radial, el mandatario caribeño ordenó cerrar 34 emisoras. A eso debe agregarse la arenga permanente contra el periodismo en su país, lo cual ha generado en más de una oportunidad la embestida violenta de sus propios seguidores contra la prensa no obsecuente.
Aunque Chávez asegure luego que nada tiene que ver con esos ataques, ¿qué puede pretender de sus acólitos si durante horas y horas de cada día se dedica a arremeter con su verba contra la prensa?
Venezuela es hoy, no solamente uno de los países más corruptos de América Latina, sino también el que menos seguridad jurídica ostenta. Ello ha provocado una incesante fuga de inversiones foráneas a ese país.
Sin embargo, los medios venezolanos casi no mencionan esas cuestiones. La prensa oficialista solo tiene permitido hablar sobre las “bondades del modelo bolivariano”, y los periodistas críticos —menos del 10% del total— hablan solo tangencialmente y con gran temor sobre la corrupción.
El ejemplo perfecto pudo verse cuando estalló el escándalo por el ingreso de la valija de Guido Antonini Wilson a la Argentina. La prensa venezolana siguió al dedillo el cuento de Chávez de que nada tenía que ver con los tripulantes del vuelo que ingresó al país.
Más temprano que tarde, se supo que todo había sido mentira: Antonini Wilson y otros ocupantes del avión del escándalo tenían trato directo y permanente con el mandatario.
Para Chávez solo fue un nuevo papelón que se suma a la larga lista de los ya cometidos; para la prensa de ese país fue un acto de vergüenza ajena cuyo eco resuena hasta estos días.
Así es la vida del periodista en Venezuela, debiendo tolerar la presión constante del poder. Eso explica por qué Chávez y sus hombres más cercanos se mueven con tanto descuido a la hora de ostentar fortuna personal. Nadie los delatará jamás en su país.
En fin, el premio que se le ha otorgado al personaje caribeño deshonra a la Argentina, especialmente cuando acaban de cumplirse 35 años del más sangriento golpe militar sufrido a nivel vernáculo.
Hay que recordar que en su país Chávez dio un golpe de Estado contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez, en 1992, quien había sido elegido democráticamente.
Por ello, la mancha que quedará luego de la entrega de esta distinción será difícil de borrar. En realidad, no es la primera mácula que oscurece la trayectoria de la Universidad de La Plata.
Oportunamente, sus autoridades —con Gustavo Azpiazu a la cabeza— encubrieron a Cristina Kirchner en su pretensión de que allí se había recibido de abogada, algo que está bien lejos de ser real.
Baste recordar que, cuando la Justicia pidió una prueba concluyente a la universidad para que demostrara que la Presidenta se había recibido —en el marco de una denuncia judicial iniciada por este periodista—, le fue enviada una nota firmada por Aspiazu que no tenía siquiera membrete oficial. ¿Qué podía esperarse, pues, de esa casa de estudios, que ha avalado implícitamente el grave delito que pena la usurpación de títulos y honores?
El premio a Chávez encierra esas paradojas y muchas otras que no podrían resumirse en el humilde análisis de un periodista.
Se trata de demasiada mugre para tan poco espacio.
El ejemplo perfecto pudo verse cuando estalló el escándalo por el ingreso de la valija de Guido Antonini Wilson a la Argentina. La prensa venezolana siguió al dedillo el cuento de Chávez de que nada tenía que ver con los tripulantes del vuelo que ingresó al país.
Más temprano que tarde, se supo que todo había sido mentira: Antonini Wilson y otros ocupantes del avión del escándalo tenían trato directo y permanente con el mandatario.
Para Chávez solo fue un nuevo papelón que se suma a la larga lista de los ya cometidos; para la prensa de ese país fue un acto de vergüenza ajena cuyo eco resuena hasta estos días.
Así es la vida del periodista en Venezuela, debiendo tolerar la presión constante del poder. Eso explica por qué Chávez y sus hombres más cercanos se mueven con tanto descuido a la hora de ostentar fortuna personal. Nadie los delatará jamás en su país.
En fin, el premio que se le ha otorgado al personaje caribeño deshonra a la Argentina, especialmente cuando acaban de cumplirse 35 años del más sangriento golpe militar sufrido a nivel vernáculo.
Hay que recordar que en su país Chávez dio un golpe de Estado contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez, en 1992, quien había sido elegido democráticamente.
Por ello, la mancha que quedará luego de la entrega de esta distinción será difícil de borrar. En realidad, no es la primera mácula que oscurece la trayectoria de la Universidad de La Plata.
Oportunamente, sus autoridades —con Gustavo Azpiazu a la cabeza— encubrieron a Cristina Kirchner en su pretensión de que allí se había recibido de abogada, algo que está bien lejos de ser real.
Baste recordar que, cuando la Justicia pidió una prueba concluyente a la universidad para que demostrara que la Presidenta se había recibido —en el marco de una denuncia judicial iniciada por este periodista—, le fue enviada una nota firmada por Aspiazu que no tenía siquiera membrete oficial. ¿Qué podía esperarse, pues, de esa casa de estudios, que ha avalado implícitamente el grave delito que pena la usurpación de títulos y honores?
El premio a Chávez encierra esas paradojas y muchas otras que no podrían resumirse en el humilde análisis de un periodista.
Se trata de demasiada mugre para tan poco espacio.

