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Pendeviejas

La columna de Mara. ¿Cuándo estamos grandes para algunas fiestas? Entrá a esta nota, leela y contanos tu experiencia.

Me siento atrapada en la edad de la espera. Encuentro que todas las salidas divertidas no son para mí. Me falta muuucho para que me entusiasme salir a dar una vuelta en auto pero se me alejan, cada vez más, las fiestas divertidas con excesos.

Decidida a no soltar la juventud acepté la invitación de una amiga DJ (de ahora en más “díyei” como dice tooodo el Mundo) quien estaba “al palo” porque tocarían los “Spitfire”. Por supuesto no le dije que  había visto la publicidad en la vía pública y había pensado que “eso” era una bebida energizante. ¡Obvio que iba! ¡Cómo me iba a perder a los… ¿spitqué?!

Así, con esa información y mi precario historial en el tema, yo me lancé al mundo de las emociones químicas  y el loop eterno.

Para tirar de la soga contra el monstruo reloj, invité a la acompañante indicada: Carmen, varios años mayor que yo que es de esas mujeres que están atrincheradas en la lucha contra el paso del tiempo (batalla perdida, por cierto.) Obviamente aceptó fascinada. Esta sería su conexión concreta con su ideal de juventud.

Carmen es de esas amigas que en las malas se borran pero que son inamovibles en las buenas. (Ojo, en las suyas también). Comparte conmigo más el gusto por el placer y la diversión que por el regocijo de la queja y la crítica que todas disfrutamos entre mujeres. Carmencita es la típica partner de los buenos momentos. Hace un tiempo cumplió sus 50 y eso disparó una voracidad tremenda por los jóvenes en todos sus roles posibles. Ella quiere un amante joven, gimnasia de jóvenes, amigas jóvenes, música de jóvenes y toda una vida de jóvenes. Odia todo lo que se asocia a la vejez. Ni piensa en sus aportes jubilatorios y jamás aceptará la idea del cuerpo en decadencia.

Su marido a quien los años le han despertado una voracidad tremenda por la comida y el cuero de carpincho mira con desprecio tan absurda actitud. No duda en reforzarle la estima con advertencias tipo “Salí nomás, ya te van a dejar tirada las várices y me vas a pedir auxilio”. Comentarios con los que Carmen hace erupción emergiendo de sí su parte más jovial, más enérgica y más insegura por lo que, he notado, ha empezado a maquillarse las piernas.
Llegamos demasiado temprano porque no sabíamos qué hacer en el bache no calculado que se hizo desde que terminamos de comer hasta que la fiesta empezó. “Mirá vos, tenían razón los pibes con las previas”, comentó tipo abuela, Carmencita. Cómo dos tontas nos pusimos los precintos e hicimos tiempo en el auto, que hasta ese momento, era  el único estacionado en la playa.

Cuando vimos el movimiento lógico, entramos. Marlboro en una mano y llaves del auto en la otra. (Le prohibí a mi amiga bajar semejante cartera haciendo juego con las botas y el cinturón. Ella captó el código de inmediato pero la dejó angustiada como si hubiera dejado a un niño).

Una gran variedad de personajes que perfectamente podrían haber sido nuestros hijos iban llegando. Tatuados, teñidos, flacas esqueléticas con ropa súper puesta, mucho gay y los infaltables aspirantes a rock star. Todo eso y nosotras que mirando mi pantalón blanco típico de cuarentona y el pelo planchado en formol de mi amiga éramos Susana Romero y Silvia Pérez en una peli del negro Olmedo. En ese instante el “sentido común” me zamarreó y me dijo sarcástico: “Mara te estás transformando en una Pendevieja”, lo que produjo en mí un bajón momentáneo sí,  pero agudísimo, justo en el momento crucial de todo evento, la llegada.

Busqué el típico amparo de la barra para todo el que está descolgado o deprimido, o las dos. (Sentí la dependencia de Carmen agarrada todo el tiempo de mi musculosa). Para no desentonar elegimos unos mojitos (por cierto el trago mas cuarentón del momento). Miré desconfiada el bidón del supuesto ron con que lo preparaban. Y tengo que aclarar que mi cuello era el único que se estiraba sobre la barra haciendo una inspección bromatológica, a nadie más parecía importarle. Contando hasta tres lo terminé en pocos sorbos. (Eso me iba a poner en onda y me daría respuesta rápida por si el “sentido común” me molestaba otra vez). Carmen, en vez de tomar, se había quedado moviendo la palita plástica de arriba hacia abajo entre los hielos como si estuviera hipnotizada por la enorme carpa inflable. Me miré, la miré.

Me pregunté a mi misma casi en voz alta, sin ni siquiera sospechar una respuesta…. ¿qué hago acá, qué hago acá?

Nos encontramos con mi amiga díyei que con total desparpajo nos impulsó a la pista. “Ahora pincho yo, hago el warm-up”,  nos dijo a la pasada y con los auriculares colgando del cuello. Yo alcancé a manotear otro trago colorinche y nos metimos.

La cosa se empezaba a poner buena y Carmen ponía lo mejor de sí para entrar en el mar de gente que nos llevaba. (No puedo sacarme su imagen de la cabeza: vaso en la mano, dedo pulgar colgando del cinto y movimientos como si estuviera escuchando Last Train to London).

En un momento las dos hicimos algo muy “out ”,parece, como querer bailar con alguien. Por suerte nadie notó los codos muy altos de mi amiga ni mi recurrente reflejo de querer agarrar la cintura de otro para hacer un tren…

Me alivió ver que tocaría el gran Dj (ese que conocemos todos). Me acomodé pensando que largaría con New York, New York como en los casamientos de antes, pero no, los graves nos explotaron de lleno en la cabeza y en el pecho. (Qué suerte, pensé mirándolo, a este sí que “Don Sentido Común” no lo anda persiguiendo como a mí).

Se acercó el novio de la díyei y nos ofreció pasear en Mitsubishi, abriendo la palma de su mano y mostrándonos el paseíto. Yo preferí pasar pero Carmen interpretó el gesto como una bienvenida a la juventud o no sé, tal vez pensó que serían Cafiaspirinas. Ya no importaba, ella no escuchaba y no hacía caso de mis señas. En plena coquetería con ella misma se mandó dos pastillitas.

Su primer efecto aparente fue de un sudor frío seguido de bienestar absoluto. Ella había entrado en estado. (Se le había diluido el formol en el pelo y había logrado soltar el pulgar del cinturón). El efecto siguiente y muy visible fue de un extraordinario rejuvenecimiento. Tal como Meryl Streep en “La Muerte le sienta Bien” Carmen  había cumplido el sueño de perder veinte años en pocos minutos. 

Habiendo quedado totalmente off side aproveché para ir al baño en donde había una fiesta aparte. Los “retoques” no eran precisamente de make up y se hacían de a dos en un baño con las puerta cerrada.

El espejo central era usado por una chica que dibujaba con el dedo alucinada algo maravilloso e invisible.

En el último baño lloraba desconsolada una gordita, a quien no podíamos destrabarle la puerta. Me agaché para tranquilizarla y desde abajo pude ver una porno en vivo en el baño de al lado.

Era increíble como en tan poco espacio unos la pasaban tan bien y otros tan mal. Me hubiera quedado mirando (¡Dios mío cuánto se podía hacer sin un hombre!) si no fuera por mi cervical y por la gordita que estaba a punto de suicidarse. La sacamos entre tres y una de las rescatistas la empezó a abrazar muy fuerte. ¿Se conocerían?

Huí a buscar a Carmen que calculé para ese entonces ya bailaría al ritmo de los Djs anunciados con la destreza que a Portman le había llevado un año de entrenamiento. Entonces fue cuando me encontré a ese flaco alto. El único que parecía cuerdo en el lugar. Me ayudó a buscar a mi amiga entre esa multitud y me invitó un trago que él mismo preparó en la barra. Me dijo “tranquila, yo me voy a ocupar de ustedes. Todos están muy drogados.”

Después de eso ya no puedo recordar que fue lo que pasó. Dónde quedó Carmen, cómo terminó la fiesta, mucho menos qué pasó con la gordita.

Blackout total.

Al otro día en medio de la amnesia tuve que darle la razón al estúpido sentido común. Ya no estaba para ciertas fiestas.

Vi en mi bandeja de entrada una invitación para un evento más convencional con muestra de pintura y degustación incluida. Mi reacción confirmó el adiós a los viejos tiempos en donde reinaba la adrenalina. Ahora en cambio me llené de preocupaciones. ¿Qué me pongo? ¿Con quién voy? ¿Quiénes van? ¿Es cerca?

Certificado de que ya no estás para ciertas fiestas

Estás dos días pensando qué vas a ponerte.

Te preocupa el estacionamiento.

Te queda un bache de 3 horas entre la comida y la fiesta.

El jean es muy clarito y el botón te queda casi debajo del corpiño.

Te ponés iluminador y base, y cada tanto, te retocás el maquillaje en el baño.

Combinás la bijou con los zapatos.

Llevás tapado de paño impregnado de perfume francés. (Y lo bajás del auto por si refresca).

No encontrás a ningún conocido.

Te armás el flequillo con cepillo redondo y secador.

Combinás como si fueras un agente de viajes los horarios de llegada y salida.

Es algo más fuerte que vos pero no podés dejar la cartera.