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Mi ex se volvió porno

La columna de Mara. El límite entre lo porno y lo perverso. ¿Una noche perfecta o una pesadilla? El cambio de un chico bien y unos consejitos para descubrir en qué anda tu pareja.
Un reencuentro fingido.
Un reencuentro fingido.

Tengo que reconocer que esto me pasó por la maldita costumbre que tenemos las mujeres con los reintentos. Y por haber caído en la infamia de los que están en pareja que insisten en emparejar, a toda costa, a los que no lo están.

Yo había cruzado la línea de edad que divide la luminosa galería de las solteras jóvenes con el oscuro túnel de las maduras disponibles. Cargaba resignada ese muerto como tantas otras. Pasaba circunstancialmente por un periodo en el cual mi autoestima venía mordiendo banquina. Hacía 3 horas de gimnasia diarias, electrodos y por poco no me había puesto bótox en los labios. Tan mal estaba, que ya había aceptado una cita a ciegas con el tío de alguna amiga. (Créanme, un señor muy mayor).

Todo requecho de grupo me era ofrecido, yo aceptaba y hasta un par de veces habíamos salido en el asiento de atrás, moviendo las cabezas como en Wayne´s World.

Lo único que puedo decir a mi favor es que no había llegado a más de una comida con cada uno y en algunos casos ni al postre. Era altamente codiciada por intelectuales obsesivos, separados recientes depresivos y blanco perfecto de los casados aburridos y tramposos.

Haciendo caso a mi promesa del año nuevo pasado decidí ponerle fin a la manipulación inescrupulosa de las casadas hacia las solteras. No aceptaría una presentación más. Yo misma buscaría en mis contactos alguien decente para pasar el invierno.


Si bien soy muy reacia al marketing espiritual, debo admitir que la teoría de la visualización de “El Secreto” aquí funcionó.

Caminando por Plaza Italia visualicé, o más bien vi, a mi novio de la adolescencia (príncipe azul número dos, el primero había desaparecido en la primaria) que se acercaba de frente como un espejismo que se hizo real cuando nos abrazamos con alegría.

Aquel chico bien a quien mi mamá adoraba y con quien habríamos compartido tantas fiestas familiares estaba frente a mí. El encuentro me había envuelto en esa sensación de “estar en casa”. Sonaba Air Supply en el aire y se podía oler la laca del que fuera mi jopo ochentoso. Ahí estaba él como un ángel. Camisita blanca impecable, jean Levi´s y zapatillas de lona. (Ok, un poco menos de pelo. Nada importante para el videoclip que estaba en mi cabeza en ese momento.)

Los dos dijimos… ¡tas igual! , casi al mismo tiempo, y la conexión fue inmediata. Aunque me di cuenta de que algo le había cambiado en la mirada, sus ojos eran los mismos de siempre. Conservaba esa elegancia innata, ese trato especial, ese encanto para tratar a las mujeres.
Tanteando mi estado civil me invitó a un nuevo restó. “Justo acá enfrente” me dijo, y yo, casi antes de que terminara de hablar, acepté encantada.

Entre el Malbec y tantos recuerdos volví a sentirme halagada. Nadábamos en una charla llena de cortesía, corridas de silla y roces de piel. Era imposible resistirse a esos ojos celestes y a ese pasado perfecto. My Lord, como acostumbraba llamarlo en broma, estaba de vuelta con toda su elegancia y modales que había pensado perdidos en todo hombre.

Me contó que se había recibido de Administrador de Empresas y yo admiré lo bien que había ejercido como Administrador de Herencias. (La familia conservaba intactos la mayoría de sus bienes.)

Mientras volvía a llenar mi copa me extrañó verle un tatuaje que asomaba por el puño de su camisa. Quise verlo mejor pero lo escondió, diciendo algo sobre la cópula entre el bien y el mal. Creo que le avergonzó reconocer que había salido un poco de lo convencional.

La charla transitaba entre la seducción y el sinceramiento emocional y aunque confesamos que la soledad nos estaba abatiendo no me animé a contarle todas mis últimas experiencias. No le conté que había salido con su peor enemigo y mucho menos sobre el  fiasco con aquel fisicoculturista. (… No se podía confiar en nadie ahora también deberíamos pedir análisis de testosterona en sangre).

Él tampoco largaba mucho. Había tenido varias parejas pero ninguna pasaba la prueba, me dijo. (las palabras exactas, con una modesta sonrisa, fueron… “no me siguen el ritmo…”)
Después llegó la segunda botella y el doble sentido pasó a ser de una sola mano.

¿Te venís a mi casa y vemos algunas fotos?, propuso.” Tengo todo el secundario escaneado”.
¿Por qué no?, pensé (en el peor de los casos terminaríamos hablando horas y eso era una gran opción después de mis desagradables experiencias).

Sentados en el sillón como en la adolescencia y con la laptop entre las piernas nos pusimos a ver las fotos y a hacer los típicos comentarios, nos miramos y nos dimos un beso. Cerró la compu y me preguntó si quería ver otras fotos, de otro tipo.

Sonriendo intrigada le dije, ¡claro!  Y en un segundo la compu ya estaba abierta otra vez y... (epa no pensé que con ese tipo de fotos… ). Emulé una distracción para no incomodarlo. (Conociéndolo se le habría disparado ese click en su notebook y se iba a poner muy mal).

El me tranquilizó tomándome la cara y besándome suavemente. Dejó la compu en el piso y me tomó de la cintura y me apretó contra él. Inmediatamente introdujo junto con su lengua un dedo en mi boca. Con leve atragantamiento yo me sorprendí ¿buscaría algo?, pero sin dudarlo le permití ese comienzo. Estaba open mind al placer. Me tiró sobre el sillón (un poco brusco, debo reconocer) y enseguida se empezó a tocar, de pié mirándose en un espejo de atrás.

Yo me incorporé sonriendo y apoyándome sobre mis antebrazos. Lo miraba incrédula pero él no me veía. Estallé en carcajadas. Era un chiste que me hacía My Lord para mostrarme su soltura con el paso del tiempo. Creo que hasta ese momento yo estaba atrapada en el éxtasis de la memoria emotiva que se confunde con antiguos contextos y esos otros que fuimos una vez.


De mi risa él no tomó registro. Caminaba ensimismado, dando vueltas y se había alterado. Balbuceaba palabras obscenas y otras en código.



Desapareció por un minuto del living y yo me quedé esperándolo divertida. Bueno, no era el encuentro romántico que necesitaba en ese momento, pensé, (violines de fondo y algún te quiero) pero era un encuentro con alguien confiable y con quien seguramente compartiríamos los mismos gustos.


Apareció dentro de la habitación con una valijita, (¿Tan pronto nos iríamos?, yo ni siquiera me había desvestido…) la abrió, y como una caja de sorpresas desplegaron tres alas repletas de elementos porno. Cuero, esposas, cadenas, vibradores, polvos saborizados, cintas negras y algo que se parecía a la cola de un animal pero con esferas espaciadas entre sí.

Yo sorprendida por tanto despliegue y curiosa por saber que más contenía la valija me entretuve unos segundos revisando cada cosa. Tan absorta estaba yo con tanto chiche extraño, que no sé en qué momento apareció mi príncipe vestido con zunga de cuero cola less, muñequeras con tachas y un cinto colgando de su cuello.

Mi libido en menos 10 me había paralizado. Esperaba que él me dijera algo tipo “me hice actor, estoy ensayando una obra”, pero la cosa se ponía peor. Hablaba de lluvias y besos de colores. Su vocabulario era complejo y casi puedo asegurar, específico.

¿Yo lo imaginé o sentí un disparo digital de una cámara encendiéndose?
Se me tiró encima y con una cuerda pretendía atarme mientras me decía, “¿Te gustan los tríos?”, “Te gustan los juguetitos a vos, siii…” Yo ya no podía responder. Estaba enredada con la cuerda y mis ojos desorbitados no podían creer ver a mi caballero inglés en ese estado. Él no se había vuelto porno, se había vuelto perverso.

En plena lucha física y mental me debatía por terminar de una vez con el acto y con mi condicional perfecto.”Aquel habría sido mi príncipe, ya no.”



Dios mío, esto se había puesto heavy. Él empezó a exagerar la situación, moviéndose sobre mí mientras se miraba en el espejo, extendiendo un brazo hacia adelante estilo Travolta y al momento, lo único que tenía de inglés era su insistente Oh yeah!, Oh, my God! Empezó a gemir y esos gemidos se fueron convirtiendo en gritos y luego en aullidos. Yo, para dar fin a la situación lo antes posible, gritaba a la par. ¡Era un zoológico en plena 5ta. Sección!

 

 

Él empezó a convulsionar y yo pensé, ¡lo único que me falta! El tipo se iba a morir en su propia película, pensando que era John Holmes y sin el menor glam. Yo me mandé la actuación de mi vida. (Sí, yo que pienso que a esta altura las mujeres sólo fingimos estar a dieta, superé a Meg Ryan en “Cuando Harry conoció a Sally” y a la vecina de arriba de mi departamento.)

Una vez pasada la tormenta y en la agradable soledad de mi casa pude reordenar mis propias proyecciones y desprenderme de las que tendrían los demás conmigo.

Me programé sólo en tiempo futuro y cargué orgullosa, otra vez, el muerto de estar sola pese a quien le pese.

Tips para saber si tu pareja se está volviendo porno:

1- Se depila hasta las cejas (ojo no confundir con un Triatlonista)
2- Menciona a Ginger Lynn y Tracy Lords como si fueran Pampita y Dolores Barreiro
3- Tiene cuenta corriente en la Casa de los Espejos
4- Para él “juguete” significa algo totalmente distinto que para papá Noel.
5- Estudia cuadro x cuadro el film Boogie Nights
6- Además de mirarte los zapatos, te los huele ¡!!!.
7- Tararea placenteramente, oh Yeah, oh My god.
8- Te sugiere que vayan dejando el 69 para pasar al 71