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Entrevista laboral

Una entrevista en el ring. ¿Qué determina el éxito de una? El status social que priorizan algunas empresas mendocinas ante la capacidad. Los pequeños espacios de poder liderados por mujeres que odian a otras mujeres.

Sentimientos encontrados y una montaña rusa de sensaciones. Eso es una entrevista laboral.
El entusiasmo de los primeros minutos vislumbrando una vuelta de página en tu vida contra la desilusión inmediata al saber que para lograrlo primero tendrás que pagar, otra vez, el derecho de piso. La seducción que tendrás que generar con el entrevistador contra la mala impresión que puedas causarle. La confianza vs el miedo. La necesidad vs la dignidad. Tu capacidad vs la del otro.

Muchas de nosotras hemos tenido que pasar por este momento que se hace casi un deporte extremo cuando una ya ha pasado cierta edad y lo ha visto casi todo.

Yo llegué puntual. 16hs. No digo 5 minutos antes como corresponde, pero llegué justo. La recepcionista de labios XL me hizo subir.

Mientras esperaba en una de esas sillas de plástico que tienen pegada otra al lado miraba las integrantes del staff. Un desfile gratis de chicas Bay Watch pero vestidas. (Pret a Porter).

Se acercó la secretaria privada del gerente que me iba a entrevistar y enseguida me di cuenta de que si yo me quedaba con el puesto jamás almorzaríamos juntas. Ahí venía Sor Juana Inés de la Cruz pero con trajecito sastre azul, un talle más grande del correspondiente, aros de perla y tacos cero, y ahí estaba yo con algo más de tacos, prendiendo rápidamente un botón más de mi camisa blanca y tratando de tapar, absurdamente, la leve transparencia de la tela con mi exagerado collar peruano estilo fusión.

-Buenas tardes, me dijo distraída con unos listados que traía en la mano. -Vos venís de parte de…

Había empezado la pelea: caerle en gracia a la secretaria. Ella sabía perfectamente quien era yo y de parte de quien venía. Pero con el ninguneo y la mirada reprobadora sobre mi corpiño bordado sobre tul había dado su primer revés. Ya estaba yo a su merced por haber llevado esa camisa y por tener más cm de contorno de lo que es correcto. Probablemente hiciera pasar primero al señor del maletín que estaba a mi lado. Así fue.

Quedé entonces atrapada media hora más en su pequeño espacio de poder. Si, esos escritorios, stands o mostradores gobernados a veces por personas con sed de venganza, mal pagos, con vagas promesas de ascensos y descargándose con quienes estemos circunstancialmente del otro lado.

Los pequeños espacios de poder, tan dañinos como los grandes. Esos que ponen a prueba tus nervios dejándote sin la mesa que reservaste, sin el trámite, sin ver a un paciente amigo o como en este caso, sin tiempo para una buena entrevista.

Finalmente, 16.45hs. me hizo pasar. Entré a una oficina moderna de esas donde la arquitectura rinde culto a los dioses durlock, vidrio y moqueta. El gerente se acercó a saludarme.

Activé el scanner. Esbelto, algo de canas, camisa con rayitas, corbata y sweater de bremer azul marino. Creo que era de esos que no se le animan a un bremer gris. Un plano en el escritorio me hizo pensar en que estaba por hacerse una casa, pero no, eran las nuevas oficinas, las que se encargó orgullosamente de mostrarme como si todo eso fuera parte de su empresa familiar. En el escritorio, además, había un portarretratos, mujer e hijos, un labrador y un ovejero. En la pared de atrás dos cuadros enmarcaban las huellas rosadas y celestes de los pies de sus bebés.
-Tomá asiento por favor, me dijo mientras volvía rápidamente a su silla y con un rápido click cerraba disimuladamente Infobae y Facebook. En el fondo de la pantalla se lo veía a él cruzando la meta de una maratón o algo así.

Me senté y dejé mi cartera en la otra silla. (Algo que acostumbro a hacer ¿Estará mal?)

El llamó a su secretaria por teléfono pidiendo que nos trajera algo para tomar, me miró y me preguntó con el tubo en su oreja, ¿café, cortado, té?

- Café, dije. Después, reclinándose sobre su silla móvil y juntando sus manos sobre su pecho me dijo. - Bueno, contame un poco de vos.

Uy, tema libre. (Se me complicaba el compilado últimos trabajos realizados.)

Con una mirada al poster firmado por  Luciana Aymar, me dispuse a hablar de mí pero me interrumpió al ver alguien que pasaba por el pasillo a quien llamó para reconfirmar su condición de jefe – ¿Nacho, como vamos? A lo que Nacho, respondió: - Estamos en eso, a full…
(Guau que capacidad de liderazgo, después me enteré de que Nacho estaba encargado de la impresión del logo de la empresa en las remeras que se usarían para el torneo de golf que acostumbraban auspiciar. Nacho tenía grandes desafíos…)

El gerente hablaba como Macri, no cerraba del todo la boca para algunas consonantes. Lo primero que hizo fue certificar mi moral. Me preguntó por mi estado civil e hijos. Quería saber cuál era mi planificación familiar. Yo dudé entre Maru Botana y Débora de Corral.  Me decidí por la segunda pensando en su presupuesto y no en la ideología de tan famosa empresa. Ahí me equivoqué.

Después pasó a tratar de meter a martillazos mi apellido en algún árbol genealógico de prestigio. (Requisito casi excluyente para algunas empresas mendocinas.) No se pudo. Ni juntando los de mis cuatro abuelos cumplía con sus expectativas. Él abandonó el ejercicio con una actitud de “mal comienzo”. Me habló entonces del suyo, de los granaderos, de los patricios y de San Martín. Insinuó algo sobre masonería que no pude entender. (Admito que en ese momento pensé que la entrevista se me había ido al carajo).

Intentó luego, conocer mis conexiones sociales, mis amigos, mis hermanos. ¿Qué hacían? ¿Con quién se habían casado? Yo esquivaba los dardos como podía y con una cintura que siempre había querido reducir pero que me estaba sorprendiendo.

Empezó la pulseada. Mientras yo hablaba de mí, las cosas se iban poniendo raras. Me daba la impresión de que se iba haciendo corpulento tipo Schwarzenegger, no entendía por qué me

ponía la cara George Clooney en la publicidad de Nespresso y me aterraba ese bremer azul que se le iba desgarrando al mejor estilo Hulk. Yo, en contraposición, me achicaba, iba perdiendo el objetivo y los centímetros demás de mi contorno, mi capacidad de respuesta se había puesto en stand by y pensaba que el acné juvenil que nunca había tenido, de repente, se había hecho presente.

Todas las condiciones que reunía para el puesto estaban tortuosamente sospechadas por su ceño fruncido y su mano en el mentón. No era una entrevista de alguien que necesitaba a otro, era una lucha de poderes. Él debía buscar alguna excusa para que yo no calificara, yo debía devolver esa excusa en formato Excel y en tiempo récord. (El puesto era difícil).

Tenía que recuperar estima y dar vuelta la situación, es decir, sentarme imaginariamente en su silla y sentarlo a él, no enfrente mío, sino sobre mi falda, tranquilizarlo, decirle que iba a estar todo bien, que no estábamos en busca de la vacuna contra el HIV y que, en todo caso, era sólo un trabajo más o uno menos. Sus golpes no eran necesarios.

Pasamos al cuestionario simple de fuentes dudosas.

Decime 3 cosas malas de vos y una buena, me dijo.

Ay, no. Desprevenida total. ¿Qué vendría después? ¿Verdad, consecuencia? Pero, ¡claro!, era la nueva trampa de los ingeniosos cursos de MKT. Intentaba hacer psicoterapia de emergencia indagando cuán fácil era para mí marcar mis defectos y mis virtudes. Situación entretenida para cualquier narciso chanta que puede enumerar sus habilidades y no reconocerse ningún defecto. ¿Pensaba así medir mi fidelidad hacia la empresa? ¿Se venía el dibujo del árbol y la casa? (Atención Mara con la chimenea, las ventanas y el caminito).

¿Qué hizo tu papá en su vida?, segunda pregunta. (¡Ah, no! ¡A este tipo lo había llamado por teléfono mi mamá! ¿El también querría saber dónde quedaron esas propiedades?

¿Qué hizo tu mamá en su vida?, tercera pregunta. (Además de hacerle a mi papá la pregunta que Ud me hace a mí sobre él, creo que echarle la culpa por sus propios desatinos).

¿Con cuál de los dos te sentís más identificada?, cuarta y última.

Ok. Paremos acá. Yo, con varios años de terapia encima, hubiera querido decirle la verdad: con ninguno. Hubiera querido decirle que es absolutamente demostrable que todos terminamos eligiendo a nuestros padres. Que me identificaba con los dos, pero sólo con aquello que podía encajar con el tipo de persona que yo quería ser. No se lo dije, y elegí la respuesta más cliché que tuve a mano. - Con los dos. Tengo la veta comercial de mi padre y la artística y sensible de mi madre.

-Me gusta, queremos leonas en la calle, me dijo haciendo una mueca tipo tigre. Me enderecé y pensé: “Bien, el puesto es mío”. (Me quedé pensando qué querrían adentro).

-No te quiero hacer perder más tiempo, me dijo. (O sea él no quería perder más tiempo) Y después de las dos preguntas de rigor, disponibilidad horaria y remuneración pretendida nos levantamos al mismo tiempo. Su bremer ya había vuelto a su condición de tal y yo le sacaba una cabeza. (Mi piel estaba muy bien).

Me estremecí cuando lo vi usar su sonrisa más falsa para decirme lo que nadie quiere escuchar:

-"Te llamamos".