Empirismo categórico: El Hotel Pájaro
El escritor y poeta Teny Alós nos deja un nuevo texto que pone a Mendoza como "víctima" de una cosmogonía íntima, personal. Un escrito para degustar palabra tras palabra; párrafos con música y puño dedicado. Disfrutalo, es otro de los varios buenos escritores que tenemos en la provincia.
Son un poco inciertos los motivos de las primeras reuniones de la La Razón Insepulta. Pero, hasta el escritorio de Paula Naldi, llegaron comentarios que tienden a sostener una hipótesis que generó mucho enojo, en algún momento, entre los prohombres de la ciudad, por el asunto de los tordos que buscaban refugio en la arboleda principal.
A ellos debemos la primera preocupación socio-ecológica de la organización. Pero escarbando más allá de donde topa el paraíso, puede adivinarse detrás una historia de amor. Un amor bajo la neblina. Un amor de solitarios.
También da lugar a pensar que estas primeras reuniones sirvieron como plataforma de lanzamiento, en nuestras tierras, de la industria de lo nuevo. Por esos tiempos, presidía los encuentros el ingeniero Casala, que tenía centrada su labor comercial en sectores aledaños al Carril Cervantes.
Los sectores más progresistas, pertenecientes a Los Descansadores, en abierto enfrentamiento con la gran logia del empirismo y su ramificación Los Monjes del Lado Secreto, dicen que esos primeros debates promovidos por Casala eran la base para hacer conocer un producto que no tuvo completa aceptación en los hogares mendocinos. Me refiero al limpiador de bombillas realizado con una estopa importada de Inglaterra. Los Descansadores, con más tendencia a la contemplación, dicen que la estopa venía de algún otro país y que Inglaterra sólo era la encargada de vender el producto.
El “Finoli”, nombre comercial de este adminículo que ayudaría a las amas de casa a higienizar la bombilla entre mate y mate, fue un fracaso atronador, pero ha quedado la costumbre injuriosa de restregar la bombilla con un repasador entre los diferentes partícipes del rito.
Allegados a Casala dicen que Los Descansadores, provenientes mayormente de Rivadavia y San Martín, con una amplia llegada al sector de los almacenes y ferreterías de barrio, habían boicoteado el invento.
Pero volvamos a los tordos y al amor, motivos de la presente disertación, tan sólo como para comprobar que la primera mirada sobre un asunto puede ser engañosa.
Paula, a quien, además de investigar, le interesan muchísimo las historias románticas, desde los vampiros hasta las cigüeñas, pero sobre todo la pasión y truculencia de una buena historia de amor, pudo averiguar que, si bien, todo esto pudo ser cierto, (hay graves indicios de ello) lo real es que encubría el verdadero espíritu de la disputa.
Como se pudo saber, el hijo mayor de uno de los integrantes de Los Descansadores hacía rato que le arrastraba el ala por todo el cuerpo a la hija de Casala, Ana, con pleno y gustoso consentimiento de ella. Cuando el ingeniero se enteró, prohibió todo contacto entre los jóvenes, que -a esa altura- se habían constituido en asiduos amantes.
Casala envío a Ana con su madre a un largo viaje por Europa al empezar un otoño con lo que pareció terminarse todo el asunto, más aún cuando Ana conoció en Lisboa a un gris oficinista con quien acabó por casarse a espaldas del padre.
Como se sabe, los miembros de Los Descansadores mantienen a sus miembros en total anonimato. Eso le da un carácter más oscuro a la entidad y los liga con gente de costumbres dudosas como magos, brujas, artistas de circo y poetas.
Parece ser que la respuesta no se hizo esperar. Se dice que, por influjo de alguna bruja, todos los atardeceres, desde el Este, como respuesta a la bestial decisión de Casala de separar a los amantes, una nube de pájaros negros invadía la parte central de la ciudad, instalándose en lo alto del follaje, mostrando visual y escatológicamente su disconformidad sobre la cabeza de los transeúntes.
Es fácil adivinar que Casala promovió acciones inmediatas contra la logia y contra la manifestación pajarera. No ha llegado hasta nosotros qué tramaba contra Los Descansadotes, pero propuso la erradicación de “esos bichos inmundos”. La poca información que consta nos permite asegurar que la prueba de cordura a que fue puesta La Razón Insepulta fue aprobada ya que se decidió no perjudicar la vida de esos pájaros negro azulados que usaban de hotel los árboles del centro urbano.
En este punto hay algunas disidencias, pero se piensa que a Los Descansadores está vinculado el poeta Enrique Molina, sobre quien se publicó en los setenta una antología titulada “Hotel Pájaro” y en la cual pueden leerse estos versos: “el rumor de los suspiros sofocados / los besos entretejidos en nácar tristísimo / […] en que se hunden sus huéspedes / repiten una vez más entre la sombra / la leyenda del amor que nunca muere”.
Más allá de la veracidad parcial o total de estos hechos, tal vez amplificados por el sentimentalismo de Paula Naldi, puede observarse, que Mendoza, en atardeceres grises, da cobijo a los tordos que vuelven, tal vez a modo de advertencia contra toda estupidez, a posesionarse de las ramas para que a nadie más se le ocurra impedir otro amor.
Allegados a Casala dicen que Los Descansadores, provenientes mayormente de Rivadavia y San Martín, con una amplia llegada al sector de los almacenes y ferreterías de barrio, habían boicoteado el invento.
Pero volvamos a los tordos y al amor, motivos de la presente disertación, tan sólo como para comprobar que la primera mirada sobre un asunto puede ser engañosa.
Paula, a quien, además de investigar, le interesan muchísimo las historias románticas, desde los vampiros hasta las cigüeñas, pero sobre todo la pasión y truculencia de una buena historia de amor, pudo averiguar que, si bien, todo esto pudo ser cierto, (hay graves indicios de ello) lo real es que encubría el verdadero espíritu de la disputa.
Como se pudo saber, el hijo mayor de uno de los integrantes de Los Descansadores hacía rato que le arrastraba el ala por todo el cuerpo a la hija de Casala, Ana, con pleno y gustoso consentimiento de ella. Cuando el ingeniero se enteró, prohibió todo contacto entre los jóvenes, que -a esa altura- se habían constituido en asiduos amantes.
Casala envío a Ana con su madre a un largo viaje por Europa al empezar un otoño con lo que pareció terminarse todo el asunto, más aún cuando Ana conoció en Lisboa a un gris oficinista con quien acabó por casarse a espaldas del padre.
Como se sabe, los miembros de Los Descansadores mantienen a sus miembros en total anonimato. Eso le da un carácter más oscuro a la entidad y los liga con gente de costumbres dudosas como magos, brujas, artistas de circo y poetas.
Parece ser que la respuesta no se hizo esperar. Se dice que, por influjo de alguna bruja, todos los atardeceres, desde el Este, como respuesta a la bestial decisión de Casala de separar a los amantes, una nube de pájaros negros invadía la parte central de la ciudad, instalándose en lo alto del follaje, mostrando visual y escatológicamente su disconformidad sobre la cabeza de los transeúntes.
Es fácil adivinar que Casala promovió acciones inmediatas contra la logia y contra la manifestación pajarera. No ha llegado hasta nosotros qué tramaba contra Los Descansadotes, pero propuso la erradicación de “esos bichos inmundos”. La poca información que consta nos permite asegurar que la prueba de cordura a que fue puesta La Razón Insepulta fue aprobada ya que se decidió no perjudicar la vida de esos pájaros negro azulados que usaban de hotel los árboles del centro urbano.
En este punto hay algunas disidencias, pero se piensa que a Los Descansadores está vinculado el poeta Enrique Molina, sobre quien se publicó en los setenta una antología titulada “Hotel Pájaro” y en la cual pueden leerse estos versos: “el rumor de los suspiros sofocados / los besos entretejidos en nácar tristísimo / […] en que se hunden sus huéspedes / repiten una vez más entre la sombra / la leyenda del amor que nunca muere”.
Más allá de la veracidad parcial o total de estos hechos, tal vez amplificados por el sentimentalismo de Paula Naldi, puede observarse, que Mendoza, en atardeceres grises, da cobijo a los tordos que vuelven, tal vez a modo de advertencia contra toda estupidez, a posesionarse de las ramas para que a nadie más se le ocurra impedir otro amor.


