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La ideología médica

Las tetas y los culos se caían o se hinchaban rozagantes a fuerza de calorías en carneos o comilonas bacanales. Y el cuerpo iba, acompañando; y no era el foco de las miradas de tribunales estetizantes.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

Hace unas décadas, muchas décadas atrás, la gente moría por causas claramente legítimas. Una pulmonía, un parto sin obstetra que priorizaba al bebé, o una bomba delicada dirigida al corazón cuando era blanco del ataque. La muerte, si bien causaba dolor se entendía, se comprendía, porque la vida no era tan larga, al menos no se promovía en propagandas en la tele para envejecer, porque o no había tele, y la libido tenía forma de cabra o de chancho, o el cuerpo se comerciaba en otro sentido, ligado a la recuperación de la fuerza de trabajo y no a la estética juvenilizada de una vieja de 70 años.

Las tetas y los culos se caían o se hinchaban rozagantes a fuerza de calorías en carneos o comilonas bacanales. Y el cuerpo iba, acompañando; y no era el foco de las miradas de tribunales estetizantes.

Pienso, a la gente no le importaba coger como ahora le importa para rasquetear la olla de la estima. La gente, me imagino, intuyo, se me ocurre o se me canta, vivía sin la amenaza de las invasiones bárbaras. El tiempo era tiempo. En el más “sentido” de los significados. Tiempo. Sabiduría. Letanías dispersas que no requerían ansiolíticos ni la apabulladora sirena que te tienta.

Eran otros gritos. Y si pasaba algo –se me canta, intuyo- pasaba cada 40 años. Los que aparentemente no tenían voz, sí que la tenían. Pasa que la cultivaban en los descansos de los vientos, y las charlas duraban lo que las respuestas tardías avisaban. Hoy estamos desesperados. Vivimos la desesperación como una cultura sin ideología. Estamos penetrados por la desesperación. Y actuamos, desde ese estado.

Una paradoja: la desesperación invita a morir, a gastar todos los recursos, a mostrar en el trabajo que somos y podemos ser los mejores (y ahí se deja la vida) Todos queremos ser los mejores. Ser el mejor es una inversión simbólica que reditúa económicamente. Es el suave y delicado reino de la hipocresía. Pero de la hipocresía como virtud que surge de la necesidad de la desesperación. Es un ejercicio, y una postura, y una carrera.

Recuerdo anécdotas de mi abuela. Ella, sanjuanina, se vino a Mendoza por su hija, mi madre. Pero solo trajo su cuerpo. Su mente, su vida, sus vivencias estaban en su barrio maldito de calores insoportables bajo un frondoso paraíso. Y nunca se quejó. Porque nunca conoció Mendoza. No le interesaba. Su mente, su humor y sus recuerdos bastaban para soportar un exilio solidario. De ella aprendí que los lugares y las geografías son una construcción ficcional. Y que la falta de educación formal –ella solo hizo tercer grado de primaria- era una ventaja. Una sabia sin educación. El umbral del fascismo y la revolución.

No sabía mi abuela que la gente que tiene mucha guita se ocupaba de aparentar que no la tenía. Y menos que le interesaban “los pobres” armando fundaciones para consolar su espíritu. Nunca conoció a una persona que fuera rica. Debe ser por eso que nunca deseó ni aspiró  a ser un sujeto interpelado por la propaganda de la movilidad social. En fin nunca se desesperó.

Y me acuerdo, su felicidad pasaba por lo que se ofrecía en el barrio. El menú del barrio. Cine al aire libre, reuniones familiares, y corso. Nada más. Ese era todo su tesoro. Es como que vivía en un Medioevo flexible. Perteneció a un estamento –no a una clase social- y de allí no se movió nunca, jamás.  Pero sabía demasiado. Sabía por ejemplo que cuando hacían 40 grados de día y noche en San Juan, había que vosear “Luis… Luis… Luis, pega la vuelta y vení Luis… Luis…”. Eso significaba llamar al viento. Y el viento venía, porque su estampa era omnipresente, era incuestionable. Y yo sentí ese viento. Por eso titulé “La ideología médica” a esta nota. Porque sólo los médicos me dijeron que  había muerto.