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David Blanco: Somos humanos

Un texto del poeta y periodista Teny Alós, consecuencia de la reciente muerte del querido Negro David Blanco, actor y militante social mendocino. Un recuerdo para alguien inolvidable, de la mano de la delicada pluma de Alós.
Foto: Gentilieza Teny Alós.
Foto: Gentilieza Teny Alós.
Somos humanos, me dijo el ordenanza.

Me lo dijo para dejar pasar una de mis tantas tardanzas al laburo.

En los últimos meses de la dictadura, conseguí trabajo en un organismo oficial.

Por alguna rareza del destino, fui a parar al escritorio que dejó vacante el Pocho Sosa en esa institución que, por supuesto, no tenía nada que ver con el arte.

Algún tiempo después supe que, con el regreso de la democracia, se reincorporaría a personas que habían sido secuestradas, encerradas, torturadas y demás gracias que, con tanto esmero, los militares practicaron sobre víctimas indefensas. Muchos fueron encerrados por el gobierno de facto y otros por su fuerza más armada: la triple A.

El día que volvieron a sus puestos de trabajo, lo conocí a David Blanco. Laburaba en la oficina de enfrente, en el área de cómputos.

Esto que voy a contar no lo hablé nunca con David. Es cierto, y para ponerle marco, que yo era muy joven, pero nunca, ni antes ni después, vi a un tipo que expresara tanta alegría como lo hacía el rostro de David Blanco. La entrega en los abrazos, en las lágrimas, en la emoción, pero me quedo registrado para siempre con esa sonrisa cristalina de varón. No conocía yo los contrapesos extremos entre pena y felicidad. Nada grave me había sido sucedido todavía. Pero supe que lo que ese sujeto nos estaba brindando, entre todos nosotros no se lo podíamos devolver.

Al costado, estaban los otros, siempre los otros, hay que recordarlo siempre, los que miraban de reojo, los desconfiados útiles del sistema. Eran tiempos de muchas dudas, el miedo nos latía en el pecho a todos. Pero ahí estaba él. Él, que había jugado a las escondidas con los asesinos, era el menos temeroso de todos.

La sonrisa gardeliana, traslúcida, de ese día, de ese señor, de ese hombre que yo no conocía, me ha guiado en las peores horas de mi vida.

Pensé muchas veces en esa fotografía. Era su regreso. Y no era una vuelta con dientes apretados, con bronca, sedienta de revancha. Volvía al abrazo, a tender la mano, a sonreír, contento de estar vivo, junto a otros laburantes como él.

No fuimos amigos y no hizo falta para profesarnos cariño y solidaridad. Al Negro, uno lo abrazaba con confianza.

Me enteré que David cruzó la otra frontera. Era muy joven y tenía vivas todas las ganas.

Entonces recordé aquellos días en que un ordenanza amonestándome me recriminaba y perdonaba. Somos humanos, decía.

Somos humanos.

Seres no aptos para la tortura, la vejación, el escarnio.

Somos seres humanos.

Casi nunca nos morimos inmediatamente con la herida recibida.

Nos morimos de causas remotas pero contundentes.