ver más

Ducha peligrosa

Mara se tira a la pileta y en el fondo se encuentra con su lado oscuro. Tal vez se mete demasiado y buceando se encuentra con una experiencia nueva y deseada por muchas mujeres.

Mara se tira a la pileta y en el fondo se encuentra con su lado oscuro. Tal vez se mete demasiado y buceando se encuentra con una experiencia nueva y deseada por muchas mujeres.

Hay momentos en que todos nos cansamos de nosotros mismos, y salvo que estemos en tratamiento terapéutico o pasando por alguna de esas introspecciones espirituales profundas, no lo advertimos tan fácil e indefectiblemente la molestia e intolerancia interna la trasladamos a los otros.

Los hombres lo resuelven más sabiamente cambiando de deporte por ejemplo, del rugby al enduro, del enduro al ciclismo, del ciclismo al running, del running al box. Nosotras, en cambio, solemos pasarle la factura a quienes sean las víctimas de turno que se encuentren cerca. En este caso puntual, yo se la pasé a mis amigas.

En plena crisis me encontré inscribiéndome en una pileta de natación (tomé prestada la inteligencia masculina). Pero el objetivo no era el deporte en sí, sino ampliar un poco el espectro de aquel reducido grupo de amigas que me acompañaba todos los jueves y sábados desde la secundaria. Había llegado un momento en que todos los comentarios me parecían superfluos en exceso, aún cuando mis preguntas fueran ¿qué te pusiste? o ¿con quién fuiste? Estaba haaarta de las charlas de pañales, de las que estaban construyendo y comparaban el Híper con Cliff, de las guardas, de los cumples, de los colegios, de la hija de no sé quién y del echarle, otra vez, la culpa a la Tiroides por los kilos demás.

Como un auto-rescate mental, y en actitud de apertura social, pensé que me vendría bien conocer a otras personas un poco menos convencionales (o quizás más convencionales aún, pero con la simple belleza de ser desconocidas) Necesitaba que me inyectaran algo de diversión y me sacudieran un poco el zonda de la cabeza.

Así fue como empecé a nadar en esta pileta (ay, ¿se dice pileta o piscina?, ¿rojo o colorado?, ¿malla o traje de baño...?) metiéndome en la ducha y haciendo sociales de una manera algo distinta a los tradicionales tés o a las juntadas híper calóricas.

Llegué el primer día con todas las pilas para que me presentaran al equipo. Nada. En cambio, me hicieron zambullir directamente para probar mi experiencia y destinarme el andarivel, que te discriminaba del 5 al 1, según tu performance. Me ubicaron en el 3. (bien, pensé yo, no estaba tan mal)

Los primeros días me decepcioné un poco. Amigos, lo que se dice amigos parece que no iba a hacer. Nadie me hablaba (pero yo entendí que les podía entrar agua y además, entre vuelta y vuelta, había que recuperar el oxígeno y apenas quedaba 1 segundo para limpiar con tu lengua las antiparras (sí, suena feo pero es lo único que les saca el vapor).

Pasado unos meses de ser arrastrada por las braceadas de todos los nadadores expertos, de sentirme activa y dormir genial pero sin ningún amigo nuevo, ya el deporte me había atrapado. Tenía algo único, actuaba como reparador neuronal porque se podía mantener la mente en blanco. Sí, esa frase de sentido figurado que sólo a través de la meditación se puede llevar a cabo era posible con este deporte. (El olor del cloro te vuela un poco, ensordecés por la mala acústica del lugar y tus oídos sumergidos, la visión es azul y difusa por los lentes, sufrís hiperventilación y el método requiere absoluta concentración. Todo es perfecto para entrar en blank.)

Joder. La natación me había poseído. Comía mezcla mundialista, hidratos de carbono y bananas antes de empezar. Lejos pero muy lejos del glam, usaba malla anticloro, gorro de silicona, manoplas, pesas flotantes para fortalecer las piernas y lo más importante de todo, antiparras diseño competición extrema.

Convertida en la versión femenina de Phelps había olvidado por completo el objetivo de hacer nuevos amigos ahí. Sólo importaba la caída de mi brazo izquierdo que había que perfeccionar, recordar levantar cada hombro en la brazada de espalda y llegar a nadar mariposa dignamente.
¿Mis amigas? Ya no sabía ni cuándo se juntaban.

Así fue como un día en los vestuarios entré en el maravilloso mundo de “las cosas que a una no le van a pasar nunca”.

Me duchaba como siempre y en la de al lado, Valentina,  que nadaba dos andariveles más allá, bastante lenta pero con buena técnica. Piel blanquísima, muy simpática, se le escapaba un bucle pelirrojo por debajo del gorro. Llegaba siempre muerta de frio envuelta en su toalla y se desvestía  frente a quienes estuviéramos allí mientras todas las demás lo hacíamos dentro de las duchas.

Ahí, en esos camarines, empecé charlar con ella. Nos reíamos de la malla con nariz del profe, y de su maltrato hacia nosotros, los alumnos, tal vez por su frustración de no haber llegado a ser un gran nadador. Lo llamábamos Sargento Foley porque parecía haberse mimetizado con el personaje de Reto al Destino.

Valentina me prestaba el acondicionador, que yo siempre olvidaba, y a veces llevaba jabones líquidos divinos de canela y miel o frutos rojos.  Se había pasado a mi andarivel, que ya era el 1, y nos divertíamos haciendo postas y nado forzado o pasándonos la una a la otra para hacer la clase más activa (clave en natación para no convertirse en una medusa y dejar el entrenamiento a los dos meses)

Así, entre el crol y crema para peinar, íbamos haciendo amistad. Y la verdad, ella le ponía el pecho a todo… Me llevaba mis barritas preferidas de cereal (las que tienen granola y chocolate) y era la única que  me prestaba su cardio sumergible.

Fue un jueves cuando nos quedamos más tiempo del permitido haciendo piletas suaves para relajar. Había mucha gente y hacía frío, esperar duchas sería mortal. Cuando vimos descongestión salimos y corrimos para ver quien ganaba la del fondo (mejor presión). Gané yo.
Empecé a darme un baño glorioso. Ya no había nadie esperando y podría demorarme en el vapor todo lo que quisiera. Ella se metió en la de al lado dejando su puerta abierta como siempre. Le gustaba así.

Mientras me duchaba, recordé el shampoo que estaba afuera en mi bolso, pensé en pedirle a Valen pero… no, mejor salía rápido y lo buscaba. Salí y miré que ella estaba de espaldas. (Es increíble pero algunas mujeres somos pudorosas con nuestra desnudez, salvo claro, que estemos sobre sábanas divinas con música de Barry White, a media luz, con algo de alcohol y toda esa historia.)

Desnuda y buscando en mi bolso, revolví, saqué todo y el maldito shampoo no aparecía, sólo el enjuague. Con bronca por mi olvido me incorporé, di media vuelta y me pegué un susto de aquellos: de frente a milímetros míos, como una aparición, estaba ella, obviamente sin ningún pudor. “Yo traje por vos” me dijo con su shampoo en la mano.

Bajé la vista, lo agarré y volví a mi ducha. Ella me gritó desde la otra riéndose, “tengo enjuague y jabón de coco….y bombachas, pantalones, zapatos…” (Me odié por ser tan prejuiciosa, acordándome de mi padre que me había pasado el gen). “¡Acepto el jabón de coco!”, le grité amigable; y como un flash apareció adentro de mi box, con la botellita, ordenándome terminantemente en tono casi militar “Date vuelta” (…otra vez mi papá metido en la ducha y mi corazón latiendo a mil) Le sonreí y obedecí (alguien mandaba en ese pequeño espacio e increíblemente esta pelirroja de aspecto naif le había ganado a mi viejo). Yo, cual si fuera una refugiada, junté los antebrazos sobre mi pecho y esperé el proceso mirando los azulejos. “Es exfoliante, por eso te lo tiene que pasar alguien. Igual tenés una piel súper suave” (cerré los ojos ¡y le imploré a mi papá que se fuera de inmediato!). Me corrió todo el pelo hacia adelante y empezó por el cuello, después cubrió toda mi espalda con el líquido y dejó la botellita en el piso. Pasaba el jabón por mis escápulas y se iba, tipo desliz, hacia la zona intercostal. Me presionaba con sus pulgares sobre los músculos que soportan la columna y llegaba demasiado abajo. “Uau” pensaba yo, que ya no miraba los azulejos sino que había cerrado los ojos y tirado la cabeza hacia atrás, “nunca le pregunté a qué se dedicaba”… Creo que se acercó demasiado. Tanto, que hasta sentí que “eso” no era coco.

Cerró el agua y quedamos las dos entre el vapor como en uno de esos momentos eternos.
Por unos minutos me perdí en esa agradable sensación de la espuma deslizándose por mi piel y desapareciendo por la rejilla.

Tomando valor, me di vuelta… pero ella ya no estaba. Había dejado sobre mi bolso el jabón de coco y una barrita de cereal de granola y chocolate.

Mi costado más prejuicioso me preguntaba si yo me habría imaginado demás, qué pensarían mis amigas si la llevaba uno de esos jueves, ¿sabría jugar al Buraco? Mi otro costado, el que últimamente se había hecho íntimo amigo de mi hemisferio derecho, me retaba por no haberme dado vuelta antes y haber experimentado algo nuevo.

La verdad es que me quedé más de media hora sentada pensando en si uno debería seguir esas señales que sólo por el hecho de ser desconocidas parecen peligrosas pero que podrían abrir alguna experiencia interesante y sacarnos de la rutina.

El vestuario ya estaba completamente vacío, las luces se estaban por apagar. Levanté la vista y  sonreí. Por primera vez, vi el número 69 del locker de chapa gris en el que esta pelirroja inquieta guardaba siempre sus cosas.