Los escuadrones de la muerte del General Cassia
Sí, hay miles de bares y restaurantes. La ciudad, plagada de comercios, kioscos y taxis, es una paleta de luces mortecinas a eso de las 2 de la mañana. Hay algunos canillitas con cafés humeantes en sus manos, ordenando diarios en las esquinas. Algún noctámbulo les da conversación, mientras pasa la noche, profunda y desértica.
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Escupo un buen gargajo sobre un cartel publicitario y le emboco al ojo del tipo calvo que pide mano dura. No hace calor ni frío, es febrero, de noche, luego de la tormenta, antes de la nueva lluvia. La noche en la ciudad es una gran boca de lobo alumbrada y amarillenta, como un tren fantasma sin monstruos ni chillidos de vías, ni golpeteos de campanas en la frenada antes de la inminente curva. Tampoco se escuchan gritos. Yo prendo otro pucho, y largo otro gargajo hacia adelante para luego correr y esquivarlo, “Wooopa”, y río.
Estoy al pedo en la noche, caminando sobre su alfombra. Tengo mucha sed y no encuentro dónde comprar una botella de agua. Yo creía que esto pasa solo en el piedemonte cuando salís a caminar para escuchar la canción cotidiana, esa que te calma y te manda al sobre, manso. No. Pasa también en la ciudad, en el desierto urbano, en la oscuridad relumbrante. La caminata del pensamiento, de las preguntas, de la incertidumbre del sentido.
Una viejita, arrastra una caja de cartón y parece una mutante. “Buenas señora” le digo, “Buenas noches mijito”, me responde. Y sigue, con el andar de una tortuga sin norte. No se divisan jóvenes menores de 16 años en las calles; me pregunto “¿los habrán matado los escuadrones de la muerte del General Cassia o estarán en la las celdas de San Felipe?”



