Las Fiestas, de la manía a la depresión
Navidad y Año Nuevo, son festividades que, potenciadas por la publicidad, los programas de TV y el ambiente de estos días; generan diversas sensaciones que van desde un gran entusiasmo, la alegría por la posibilidad del encuentro, hasta momentos de ansiedad y tristeza. Diciembre es un mes en los que aumentan los festejos y paradójicamente aumentan las consultas médicas junto con el consumo de ansiolíticos y tranquilizantes.
No siempre las fiestas de fin de año generan entusiasmo y felicidad. La clásica imagen publicitaria de la familia reunida en armonía para compartir una cena puede ser sólo eso, una imagen. En estos tiempos de crisis, los clásicos balances sobre el ciclo que concluye suelen provocar sentimientos de frustración y tristeza, generando un malestar que, finalmente, se expresa en el cuerpo mediante la aparición de síntomas asociados con trastornos de ansiedad y depresión.
Fin de año. Fin de ciclo. Época de cierres y balances. Y junto con ellos podemos sentirnos invadidos de un deseo de querer terminar todo lo que quedo pendiente: situaciones laborales, esa charla que no pude concretar antes, proyectos que quedaron en el tintero, sumado a la interminable serie de festejos de fin de año. La culminación de un período nos invita a hacer evaluaciones sobre ganancias y pérdidas, triunfos y derrotas. Los regalos, el año que se va, las vacaciones que se vienen, y las incertidumbres de lo que está por venir, nos empujan a girar en torno a emociones que no siempre podemos manejar.
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Al cansancio de un año laboral, cuando merman nuestras energías, le sumamos un montón de actividades concentradas en diciembre. Encima nos exigimos hacer un balance, que significa sumar una presión más.
La exigencia adaptativa de las fiestas. Esta extraña posición en la que solemos colocarnos los sujetos frente a las festividades de fin de año, imprimen una sobre carga que nos impulsa a caer en extremos. En contrapartida con las sensaciones depresivas nos ponemos muy activos y buscamos compensar con una sobrecarga de actividades, organizando reuniones, participando en todo lo que nos proponen. Se busca “estar feliz”, como dice aquella imagen de televisión.
Felicidad que se busca en los excesos. Excesos de actividades, de bebidas y comidas.
Lo característico de esta época del año es que tomamos más conciencia del paso del tiempo. Como si se acelerara. Suspiramos diciendo: “¡Como paso el tiempo!”. Todo parece suceder más rápido. En la actualidad el presente casi no existe porque vivimos anticipándonos a lo que va a venir.
Cada final representa para los seres humanos el símbolo de la propia finitud, de lo que concluye, tomamos conciencia, aunque sea por unos momentos, de lo efímero de la existencia cuando experimentamos la terminación de cada año.
Entonces frente a un nuevo fin, ¿que nos quedara por hacer? Relajarse, hacer lo posible, recapacitar sobre uno mismo, re- significar lo pasado este año que ya se va y dejar para otro momento lo que se pudo o no. Disfrutar de lo que si hay. De esta familia y estos amigos.
Construir momentos de descanso, aunque sean en la ciudad o dentro de la propia casa.
Vivir menos mortificado por lo que se hizo o no se hizo, aceptar lo que se puede, no centrarnos sobre el ideal que nos muestra la sociedad. Ideal que la mayoría de las veces no podemos alcanzar y quizás no tendríamos porque hacerlo.
Lic. Laura Alcaraz
Psicóloga (UBA)
[email protected]
www.aabramendoza.com.ar

