ver más

Cuádruple crimen de Las Heras: la verdad se oculta detrás de los ojos del único sobreviviente

En solo siete días se han dado a conocer al menos tres teorías distintas de cómo sucedieron los hechos, a la vez que se detuvo a dos personas que no tenían nada que ver, se encontraron pruebas silenciadas y otras que dicen poco. Todo esto mientras el único testigo de los asesinatos se encuentra protegido por un fiscal que entiende que su prioridad es la de guardar al niño antes que descubrir al asesino.

Esta noche se cumple una semana desde que imágenes de nuestra provincia llenaran de horror las pantallas de todos los televisores del país. Nadie podía creerlo: toda una familia había sido cruelmente asesinada mientras se encontraban encerrados dentro su vivienda ubicada en el barrio 8 de Mayo de Las Heras. Con el correr de las horas se conocería la participación de un quinto integrante y testigo clave del hecho, quien a su vez ofrecería la primera hipótesis de la masacre.

Los primeros en conocer la noticia fueron los miles de monitores que empezaron a transmitir minutos antes de las 22, la noticia que acababa de explotar en las redacciones de los diarios.

Sin embargo, la historia real comenzó a escribirse alrededor de las 21.30, cuando Alí Miguel (79), su esposa Sara (84), su hija Mónica (49) y su nieto Ezequiel (11), fueron brutalmente atacados cuando se encontraban dentro de su casa. 

Con el correr de las primeras horas se supo de otros dos integrantes que presenciaron y participaron del hecho. Uno de ellos real y el otro ficticio, y proveniente a su vez de la mente del primero.


Tormenta de hipótesis

Juntamente con la aparición del quinto integrante de la masacre (un adolescente de 13 años, vecino y amigo de Ezequiel y de toda la familia), también se dio a conocer la primera de las versiones que vino de la confesión que presenció la fiscal de Delitos Complejos Claudia Ríos.

El adolescente de apariencia frágil y asustadiza, relató como un hombre entró por la parte trasera de la vivienda y atacó a la familia en un intento de robo poco creíble. El chico, agregó además una serie de detalles físicos del supuesto agresor, y narró los hechos desde una óptica omnisciente, en la que no dejó sin mencionar detalles de cómo fueron atacados los ancianos y añadió una participación heroica de su parte en la que aseguraba haber intentado golpear al agresor y por la que recibió un corte en el dedo pulgar de su mano izquierda.

Las contradicciones, las reversiones constantes, los cambios de ubicación de los personajes dentro de la vivienda y otros aspectos del relato, como su capacidad para estar en varios lados a la vez sin que no nunca lo vieran y su escape por el techo de la vivienda, echó por tierra su primer confesión, y con ella se diluyó también la figura del malhechor de historieta (en su descripción había incluido una cicatriz debajo de su ojo izquierdo, una gorra, un pañuelo que le tapaba la boca y la nariz, y el color marrón de los zapatos), que acabó con todos.

A las seis de la mañana del viernes, al reencontrarse nuevamente con la fiscal, y personal de Investigaciones, no pudo seguir sosteniendo esta versión ante los incrédulos ojos que lo examinaban.

Allí, tras quebrarse emocionalmente, confesó –o  narró- una segunda historia en la que el autor de los homicidios había sido Ezequiel, que en un rapto de furia incontrolable acabó con la vida de su madre que lo había regañado y también contra sus abuelos que estaban en distintas partes de la casa. En esta segunda secuencia de los hechos, el asume su posición de espectador estupefacto de los crímenes, y de asesino de Ezequiel, a quien arremetió en defensa propia.

Una vez terminada de contar esta versión, el chico selló sus labios y no habló más de lo ocurrido la noche anterior. Posteriormente, el fiscal de menores Gustavo Farmache se hizo cargo del caso e internó al jovencito en las dependencias de la Dinaf.


Pruebas aportadas y testigos descartados

En la madrugada del viernes, el ministro de Seguridad Carlos Aranda habló ante la prensa reunida enfrente de la vivienda, en la que le otorgaba crédito a la versión del agresor externo, y aseguraba que ya se habían producido dos detenciones en la zona, que colaborarían para esclarecer el caso rápidamente. Uno de los sospechosos vivía en la calle Tomás Guido (adonde apunta el patio de la casa de la familia Miguel), y fue detenido mientras –y porque- se estaba afeitando y arreglando el pelo. ¿La razón? No se sabe con certeza, aunque se presume dadas las señas físicas del sujeto y el entorno del barrio 30 de Octubre, catalogado en la zona como “conflictivo”.

Otro tema fue el de las armas. Si bien en la casa encontraron dos cuchillos que podrían haber sido utilizados (uno tipo carnicero y otro serrucho), el hecho de que hayan sido lavados torna difícil saber con seguridad quién los empuñó, aunque por el tipo de heridas sí se puede saber contra quién fue utilizado.

En tercer lugar, y para alimentar la historia –aunque no para aclararla-, están el tema del pen drive y la remera manchada supuestamente con semen. Si bien son pistas que sirven para crear el contexto de la relación entre ambos chicos, aún no han sido determinantes para fundamentar o rebatir la última historia.


¿Se develará la verdad o siempre se supo?

Todo acto criminal trae consigo dudas y controversias. Hechos tan horrorosos y llamativos como este, despiertan además, un morbo extra y un apetito voraz por conocer hasta el último detalle.

Marchas y contramarchas en la investigación. Acciones y criterios contrastados entre un fiscal acostumbrado a un tipo de delitos, que se oponen a las conductas y estrategias de otro fiscal cuya prioridad es la de guardar al niño antes que descubrir al asesino. Las teorías de los policías, peritos en el descubrimiento y revelación de la miseria humana. La condena social. El pedido de justicia de los familiares y amigos. Los oportunistas que se califican como “cercanos de las víctimas” para apoderarse de segundos de cámara. Todos, conciente o inconcientemente colaboran para que la verdad siga siendo un tesoro guardado con llave detrás de los ojos del único sobreviviente.

Por Horacio Yacante, en twitter: @horayacante