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Chacras al desnudo
Mara en una reunión nudista. La pseudo farándula local con todo al descubierto a 15 kilómetros de Ciudad. Hay otro mundo en Mendoza. ¿Qué, acaso no sabían?
Cuidado con lo que deseas a lo mejor se te concede es una frase que me repito siempre después de esta experiencia.
Cierta vez, yo deseé algo más específico que salud, dinero y amor, pedí que Mendoza fuera menos prejuiciosa.
A todos nos pasa que, de vez en cuando, creemos que dándole un girito a la vida, las sensaciones explosivas se quedarán para garantizarnos una vida plena. No es así, las sensaciones explosivas no tienen garantía.
Oficiando de tour manager a pedido del diario acompañé a un empresario americano (de ahora en más –el freak-) a una cena con algunos de sus potenciales inversores (de ahora en más – los súperfreaks). Mi guiado momentáneo se interesaba en descubrir un lugar en el Mundo (que se pudiera pagar en pesos, obviously) para instalar su mega (porque ahora todo es mega) proyecto turístico. ¿Por qué debía ir yo? No pregunté, sólo me entusiasmé con la idea de que un programa extranjero me vendría muy bien para sacarme el mal mendocino del prejuicio social.
Fascinada con la idea de una cena elegante me demoré más de lo normal en elegir el atuendo. Pasé a buscar al freak y partimos hacia una casa chacrense de esas que pertenecen a los originarios, ( Chacras profunda o la verdadera Chacras, no la de ahora). Por supuesto la casa era de esas que no dicen mucho por fuera pero sí dejan bien claro, por dentro, quiénes son los que realmente pertenecen.
Puede ser que yo haya estado concentrada en mi inglés, como pasa siempre que uno habla en otro idioma, mientras esperábamos que nos atendieran mi compañero quería concluir su posición expresada antes en el auto acerca del crecimiento turístico en Mendoza (uff, un bajón). Distraída en el relato y con el translator a full en mi cabeza, giré sonriente de manera mecánica hacia la dueña de casa que nos abría la puerta enfundada en una bata azul francia. ¡Qué diferente se veía sin su camisa celeste agua con la que posa en su página web para mostrarse entre los viñedos! No sé si pueda explicar adonde quedó mi sonrisa, en qué se transformó mi cara y mucho menos cual fue el desenlace en mi amigo americano. La dueña de casa sonreía dándonos la bienvenida, y caminando por delante, tiró suavemente su bata sobre una banqueta Luis XV que estaba a su derecha.
Me avergüenza contar que mi ritmo cardíaco superó las 150 pulsaciones por minuto por ver sólo una mujer desnuda. Mi amigo americano, en cambio, la siguió cómodamente y me comentó, algo divertido y tomándome del brazo: “Don´t worry, be cool. They are nudists”.
Casi en estado blank los seguí, dudando que esa imagen hubiera sido real o una broma de mi deseo mal concedido pero de reojo comprobé que además de cierto, ella tenía celulitis y dos operaciones. La seguimos hasta el jardín pasando por un coqueto comedor en donde ya se encontraba todo preparado. Afuera estaba su marido, el gran viognier, haciendo un asado chic que incluía champignones y endibias. Tal como lo esperaba en los últimos pasos hasta la parrilla él también era un Adán sólo que iluminado por el fuego de las brasas.
No fue el suyo el mejor recibimiento dado que, estando de espaldas, la imagen era más chocante. En una mesa contigua y con un vino en la mano estaba ese conocidísimo maestro de teatro, pero él sí vestido aún (por suerte).
Al ver que mi amigo se impresionaba, no por los desnudos reales sino por la falta de posibles inversores para su proyecto, ejercité rápidamente el modo “open mind” y acepté el vino que me ofrecía el galo anfitrión haciendo un excelente acting que requería mantener la mirada por sobre su mentón, sobre todo cuando intentó mostrarme las verduras asadas, las cuales elogié sin sacarle la mirada de sus ojos.
“Estamos esperando a los demás invitados”, dijo él, y confieso, temblé con la sola idea de lo que pudiera encontrarme. Resultaron ser nada menos que el conocido dueño del pequeño y legendario café céntrico y su pareja (la escribana del americano freak), debo aclarar, todos con ropas muy elegantes.
Como si nada la reunión siguió el curso normal de cualquier reunión de gente ya grandecita. Vinos, carne (literalmente) y arte.
La anfitriona nos animó a desvestirnos y disfrutar del nudismo, que según el profe de teatro era un ejercicio maravilloso para enfrentarnos con nuestros propios miedos (igualmente él decía todo eso vestido).
La escribana se puso en sintonía antes de sentarse: apareció con depilado definitivo y piercing para empezar la velada. Ya sentados pude ver que estábamos 4 a 3, ganábamos los vestidos. Pero aún así la sensación extraña no se perdía. La mesa de vidrio con individuales naranjas se sumaban al juego perverso de lo que se veía por debajo y lo que no.
Con cada entrega de la parrilla se abría una botella más de vino francés y obviamente cada uno iba liberando su parte más reprimida. Noté como el americano hacía chistes sobre sus zapatos para dar pie a sus ganas contenidas de desnudarse y esquivé sus comentarios sobre los mios, que insinuaban, entre risas, que yo hiciera lo mismo. Supuse que si el cuerpo del dueño del café calificaba como su cara la cosa tenía más posibilidades de ponerse interesante, pero al igual que yo parecía incómodo. Tanta carne mezclada había terminado por apabullarlo.
Me pregunté qué era eso que tenían los nudistas que anulaban cualquier intento de integración en quienes seguíamos vestidos y encontré la respuesta en lo que verdaderamente ellos se quitaban junto con sus ropas: el pudor. ( Bien podía el bodeguero no acercarse tanto a la mesa para ofrecerme chorizos bombón). En tanta exclusión y con tanto alcohol en la sangre yo perdía el eje para mantenerme en mis convicciones y la idea de sacarme algo más que los zapatos me tenía en un ir y venir de pensamientos.
Después de comer partimos todos al jardín. La escribana descansaba en los escalones de la pileta, acariciada por su compañero y el dueño de casa, que descorchaba champagne para compartirlo con ellos. Mi americano ya me había abandonado antes del postre y buceaba tras la dueña de casa (o mejor dicho tras su fortuna). Todo parecía transcurrir dentro de una pintura de Renoir.
El profe de teatro, copa en mano, seguía impartiendo clases magistrales de expresión corporal, de ruptura de prejuicios, del cuerpo como mero instrumento para conectarse con el otro, bla, bla bla.
Pero a esa altura de la noche seguía demasiado vestido, comparado con todos nosotros.
No sé si era precisamente eso en lo que pensé cuando pedí mi deseo pero debo admitir que descubriendo ese otro Mundo, finalmente, no la pasé nada mal.
Puede ser que yo haya estado concentrada en mi inglés, como pasa siempre que uno habla en otro idioma, mientras esperábamos que nos atendieran mi compañero quería concluir su posición expresada antes en el auto acerca del crecimiento turístico en Mendoza (uff, un bajón). Distraída en el relato y con el translator a full en mi cabeza, giré sonriente de manera mecánica hacia la dueña de casa que nos abría la puerta enfundada en una bata azul francia. ¡Qué diferente se veía sin su camisa celeste agua con la que posa en su página web para mostrarse entre los viñedos! No sé si pueda explicar adonde quedó mi sonrisa, en qué se transformó mi cara y mucho menos cual fue el desenlace en mi amigo americano. La dueña de casa sonreía dándonos la bienvenida, y caminando por delante, tiró suavemente su bata sobre una banqueta Luis XV que estaba a su derecha.
Me avergüenza contar que mi ritmo cardíaco superó las 150 pulsaciones por minuto por ver sólo una mujer desnuda. Mi amigo americano, en cambio, la siguió cómodamente y me comentó, algo divertido y tomándome del brazo: “Don´t worry, be cool. They are nudists”.
Casi en estado blank los seguí, dudando que esa imagen hubiera sido real o una broma de mi deseo mal concedido pero de reojo comprobé que además de cierto, ella tenía celulitis y dos operaciones. La seguimos hasta el jardín pasando por un coqueto comedor en donde ya se encontraba todo preparado. Afuera estaba su marido, el gran viognier, haciendo un asado chic que incluía champignones y endibias. Tal como lo esperaba en los últimos pasos hasta la parrilla él también era un Adán sólo que iluminado por el fuego de las brasas.
No fue el suyo el mejor recibimiento dado que, estando de espaldas, la imagen era más chocante. En una mesa contigua y con un vino en la mano estaba ese conocidísimo maestro de teatro, pero él sí vestido aún (por suerte).
Al ver que mi amigo se impresionaba, no por los desnudos reales sino por la falta de posibles inversores para su proyecto, ejercité rápidamente el modo “open mind” y acepté el vino que me ofrecía el galo anfitrión haciendo un excelente acting que requería mantener la mirada por sobre su mentón, sobre todo cuando intentó mostrarme las verduras asadas, las cuales elogié sin sacarle la mirada de sus ojos.
“Estamos esperando a los demás invitados”, dijo él, y confieso, temblé con la sola idea de lo que pudiera encontrarme. Resultaron ser nada menos que el conocido dueño del pequeño y legendario café céntrico y su pareja (la escribana del americano freak), debo aclarar, todos con ropas muy elegantes.
Como si nada la reunión siguió el curso normal de cualquier reunión de gente ya grandecita. Vinos, carne (literalmente) y arte.
La anfitriona nos animó a desvestirnos y disfrutar del nudismo, que según el profe de teatro era un ejercicio maravilloso para enfrentarnos con nuestros propios miedos (igualmente él decía todo eso vestido).
La escribana se puso en sintonía antes de sentarse: apareció con depilado definitivo y piercing para empezar la velada. Ya sentados pude ver que estábamos 4 a 3, ganábamos los vestidos. Pero aún así la sensación extraña no se perdía. La mesa de vidrio con individuales naranjas se sumaban al juego perverso de lo que se veía por debajo y lo que no.
Con cada entrega de la parrilla se abría una botella más de vino francés y obviamente cada uno iba liberando su parte más reprimida. Noté como el americano hacía chistes sobre sus zapatos para dar pie a sus ganas contenidas de desnudarse y esquivé sus comentarios sobre los mios, que insinuaban, entre risas, que yo hiciera lo mismo. Supuse que si el cuerpo del dueño del café calificaba como su cara la cosa tenía más posibilidades de ponerse interesante, pero al igual que yo parecía incómodo. Tanta carne mezclada había terminado por apabullarlo.
Me pregunté qué era eso que tenían los nudistas que anulaban cualquier intento de integración en quienes seguíamos vestidos y encontré la respuesta en lo que verdaderamente ellos se quitaban junto con sus ropas: el pudor. ( Bien podía el bodeguero no acercarse tanto a la mesa para ofrecerme chorizos bombón). En tanta exclusión y con tanto alcohol en la sangre yo perdía el eje para mantenerme en mis convicciones y la idea de sacarme algo más que los zapatos me tenía en un ir y venir de pensamientos.
Después de comer partimos todos al jardín. La escribana descansaba en los escalones de la pileta, acariciada por su compañero y el dueño de casa, que descorchaba champagne para compartirlo con ellos. Mi americano ya me había abandonado antes del postre y buceaba tras la dueña de casa (o mejor dicho tras su fortuna). Todo parecía transcurrir dentro de una pintura de Renoir.
El profe de teatro, copa en mano, seguía impartiendo clases magistrales de expresión corporal, de ruptura de prejuicios, del cuerpo como mero instrumento para conectarse con el otro, bla, bla bla.
Pero a esa altura de la noche seguía demasiado vestido, comparado con todos nosotros.
No sé si era precisamente eso en lo que pensé cuando pedí mi deseo pero debo admitir que descubriendo ese otro Mundo, finalmente, no la pasé nada mal.