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Patrón femenino
Mara y su columna semanal. Melancolía leve para mirarse un poco. Mujeres que perdieron y pudieron aprender. El rasgo común que las une y una descripción de perfiles con los que, tal vez, te puedas identificar.
La vida es un instante de luz entre dos oscuridades infinitas dice Alan Watts (uno de mis escritores favoritos) y a las mujeres, justo en ese instante de luz, se nos ocurre hacer de todo, inclusive empardar a los hombres en el trabajo, en los deportes y en cualquier cosa que ellos nos hayan sacado ventaja durante anteriores e insignificantes, pero valiosos, instantes de luz.
Admitimos arrastrar con la tontería de no poder olvidar, y ya sabemos que quien no olvida no perdona. Que este absurdo nos trae más de un problema y que las consecuencias nos llevan a la melancolía crónica, esa que nos hace disfrutar tanto de películas en donde los hombres regalan frases, escuchan con atención a sus amadas y les cumplen las promesas dichas en noches de alcohol. Así entonces vemos un poco de Antonio Banderas en la verdulería, un poco de Eastwood en la estación de servicio y nos colgamos con lo parecido que es el mozo del Bute a Keanu Reaves.
Nos perdemos culposas en una noche de Ayayay para dar una vuelta por ese pasado que dejamos pasar con tantos pendientes y nos regalamos tardes de spa para agregarle un poco de stress al día (¿qué mujer puede perder hoy medio día con masajes?). Reconocer esta melancolía eterna, esta evasión cotidiana que nos hace ver a ese antiguo amor como el amor de nuestra vida aunque él ya vaya muy feliz por su 4to hijo con otra, nos mantiene por poco dentro del patrón femenino. Consumimos al menos 20 minutos de la sesión de terapia asumiendo, ahí también, que soñamos con cambios y que, a la vez, adoramos las rutinas. "Mara, este doble pensamiento es peligroso, es un contraste importante con la realidad, algo que desgasta y agota mentalmente… pero no es para que te angusties, vamos a trabajar en eso", me dice mi terapeuta, y escuchando a otras mujeres sospecho que debe ser un discurso que se repite de consultorio en consultorio. Los otros treinta minutos que transcurren la sesión, admitimos con mayor dramatismo aún, descubrir que hoy tenemos más defectos de los que pensamos tener ayer y que, para peor, no hacemos mucho por cambiarlos.
Solemos pensar que las cosas que tenemos en mente se harán en algún momento como si nuestra vida estuviera fuera del proceso natural. Nos acomodamos en “esto es lo que me tocó” al comprobar que mucho de lo que planificamos para nosotras no se concretó y para peor algunas lo expresan poniéndole un toque de humor para poder digerirlo.
Confesamos contar hacia atrás. Si nos preguntan por nuestros ex, seguramente recitamos desde el último al primero, (y siempre hay un porteño, no sé por qué, pero las mendocinas siempre tenemos uno en la lista) revisando mecánicamente el pasado pensando en lo que no pudo ser, en lo que fue y no perduró y en lo que hubiera sido, de
haber sido. Uhh, cuántas se hubieran ido a vivir a Pilar y hubieran dejado Godoy Cruz atrás, para después volver con la LL transformada en SH.
Sí, compartimos todas el mal de la re planificación, necesitamos vivir para evaluar y ahí es cuando los números nunca nos cierran. Y hasta algunas lamentamos que nada pueda cambiarse mucho porque no logramos confiar en que somos nosotras mismas las que pueden cambiar el destino. ¿En qué momento pasamos de ser niñas soñadoras a mujeres desconfiadas? Antes las naranjas eran naranjas y de golpe empezamos a tocar todas las que hay en el cajón para ver cual metemos en la bolsa, que está adentro de otra bolsa, por las dudas. Acompañamos cada decisión, hasta la más insignificante, con una pérdida y cuando las pérdidas se acumulan cometemos el error de rastrear el origen. Y es ahí cuando somos capaces de pasar años buscando la causa, pues todo tema, por menor que sea, merece un debate profundo.
Tenemos la mala costumbre de creer el discurso feliz de otros, (el jardín de al lado siempre se ve más verde ¿no?), de tomarnos demasiado tiempo, de culpar a los demás, y encima de darnos cuenta. Comprendemos tarde que las relaciones se rompen por ese extraño mecanismo que tiene la convivencia que hace que uno se pierda lo mejor del otro. Pero aún así, insistimos en reinventar la receta. Como ese sweater que no queremos tirar pero que sabemos que jamás nos volveremos a poner.
Algo bueno descubrimos con el tiempo, los reclamos sólo sirven para afirmar esa falta dentro de nosotras mismas. Nos fue mejor cuando dejamos de pedir y de esperar respuestas de los otros. Comprendimos que para consentirnos nadie es mejor que nosotras mismas, que la juventud se nos mezquinó en unos pocos años y que el amor apasionado y prohibido es una historia que preferimos escuchar de las otras.
haber sido. Uhh, cuántas se hubieran ido a vivir a Pilar y hubieran dejado Godoy Cruz atrás, para después volver con la LL transformada en SH.
Sí, compartimos todas el mal de la re planificación, necesitamos vivir para evaluar y ahí es cuando los números nunca nos cierran. Y hasta algunas lamentamos que nada pueda cambiarse mucho porque no logramos confiar en que somos nosotras mismas las que pueden cambiar el destino. ¿En qué momento pasamos de ser niñas soñadoras a mujeres desconfiadas? Antes las naranjas eran naranjas y de golpe empezamos a tocar todas las que hay en el cajón para ver cual metemos en la bolsa, que está adentro de otra bolsa, por las dudas. Acompañamos cada decisión, hasta la más insignificante, con una pérdida y cuando las pérdidas se acumulan cometemos el error de rastrear el origen. Y es ahí cuando somos capaces de pasar años buscando la causa, pues todo tema, por menor que sea, merece un debate profundo.
Tenemos la mala costumbre de creer el discurso feliz de otros, (el jardín de al lado siempre se ve más verde ¿no?), de tomarnos demasiado tiempo, de culpar a los demás, y encima de darnos cuenta. Comprendemos tarde que las relaciones se rompen por ese extraño mecanismo que tiene la convivencia que hace que uno se pierda lo mejor del otro. Pero aún así, insistimos en reinventar la receta. Como ese sweater que no queremos tirar pero que sabemos que jamás nos volveremos a poner.
Algo bueno descubrimos con el tiempo, los reclamos sólo sirven para afirmar esa falta dentro de nosotras mismas. Nos fue mejor cuando dejamos de pedir y de esperar respuestas de los otros. Comprendimos que para consentirnos nadie es mejor que nosotras mismas, que la juventud se nos mezquinó en unos pocos años y que el amor apasionado y prohibido es una historia que preferimos escuchar de las otras.