Matrimonios de tres (él, yo y ella)
Hay algunos momentos que son como una escena de cine, como por ejemplo cuando uno vuelve de bailar muy, muy tarde y el sol ya está arriba desde hace rato, momentos que justifican cada peso pagado por nuestros anteojos, momentos en que Mendoza se ve solitaria y hermosa, momentos de un domingo a las 9.00 am.
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Uno de esos domingos, más o menos a esa hora, volvíamos de un casamiento gay, (parece título de película - Mi primer casamiento gay-), me acompañaba uno de mis mejores amigos, y escuchábamos la banda de sonido de Lost in Traslation. Y quizás por el efecto soporífero de las canciones de Air o quizás por el remanente de alcohol en la sangre, nos preguntamos - ¿por qué la gente se sigue casando? Casi al unísono dijimos, ¡por los regalos!, pero después de sonreir cómplices empezamos a ponernos en distintas posturas.
“Porque después te podes separar.” “Porque sigue siendo la única institución 50 y 50.” “Porque es lindo ver a la novia de blanco.” “Porque todos los cuentos que leímos de chicos terminaban ahí.” “Porque es la ilusión y el deseo de los padres.” “Porque es la salvada económica para uno de los dos.” “Porque así uno se asegura la dependencia del otro.”
“Porque es parte de la estructura social, y sin estructuras no sabríamos qué hacer”. “Porque es un buen remedio contra la soledad.” “Porque es la legitimación ante los demás de que otro te eligió”.
-Porque es un proyecto de ida y un desafío,- me dijo casi enojado mi amigo.
-Claro, flor de desafío es la convivencia,- le retruqué.
¡Convivencia! Uhh qué tema. El quién es quién, el dónde va esto o lo otro, y quién controla el control (ahí va otro título para una película). Nos preguntamos si sería más fácil la convivencia entre dos hombres. Puede ser… podrían usar el mismo desodorante, y alguna mañana a las apuradas uno podría ponerse el calzoncillos del otro sin demasiados conflictos, además por supuesto no existiría la espantosa pelea en - esos días tan femeninos-.
El viaje de regreso avanzaba y cada uno ponía sus argumentos pro y contra, hicimos un listado interminable de cosas fastidiosas de la convivencia, empezaban desde temprano con el pomo de la pasta de dientes, los ruidos al vestirse, los crunch de las tostadas y terminaban muy tarde por la noche con el “apagá la tele”, o el “quiero leer un rato más”. Ni hablar de cuando empezamos con los ítems- suegros- o - costumbres familiares que tendré que adoptar -.
Entre la lista odiosa se me mezclaba lo adorable del compartir la vida con alguien más. Ahh, cómo me gusta que me acompañen mientras cocino, cómo me gusta mirar esos tontos programas de entretenimiento y comentarlos, qué sensación de triunfo cuando logro que el otro se haga adicto a la misma serie de tv que yo. Y si lo pienso bien está bueno que alguien, mientras te vestís, te avise “Mara, eso es tres talles más chico” y es tranquilizador saber que alguien más tiene las llaves de tu casa. Pero si el juego se trataba de una lista odiosa no había más que enumerar lo que había crispado tantas relaciones. Pensé en los pequeños tropiezos de la convivencia que sumaban al tan renombrado “desgaste” y la lista se armaba en mi cabeza con desencadenantes atormentadores.
Que ellos se queden dormidos sobre la cama bloqueando el funcionamiento de las sábanas es casi una amenaza. Que piensen que ciertos duendes invisibles levantan su plato después de comer es una provocación.
Que nosotras les digamos en la mañana temprano todo eso que sabemos no quieren afrontar en todo el día es macabro y que odiemos el humo en toda la casa cuando ellos ofrecen cocinar es abiertamente un auto boicot.
Que queramos tener una conversación justo cuando juega Boca - Godoy Cruz es perverso y que pensemos que van a aprender a no oxidar el cuchillo del asado con tomate es ingenuo.
Que ellos insistan en usar la ballerina de la cocina para pasarla en cualquier lugar de la casa es violento tanto como que encontremos crema anti arrugas ¡en sus pies!
Y es absurdo que argumenten que lo de la toalla mojada tirada sobre la cama es un TOC nuestro, tan absurdo como que sigamos defendiendo a nuestras amigas fumadoras empedernidas que aprovechan visitarnos para fumar todo lo que no pueden en otros lugares.
Perdida en la música del auto y abstraída por todo lo que se podía interpretar de detalles menores , me pregunté si realmente la convivencia era ese hilo delgado por el que podía romperse una relación basada en algo mucho más fuerte. Si tanto podían influir las costumbres ajenas que en la distancia nos habían enamorado y en el día a día lograban enfurecernos.
Y como dijo algún guión de película: el matrimonio intenta resolver entre dos, problemas que cuando estábamos solos no existían.
Llegando a casa y con el último track estacioné y me quedé pensando que lo más agotador de la convivencia podría ser tener que consensuar absolutamente todo. Porque en verdad cuando uno piensa en compromiso inmediatamente tiene la fantasía de una convivencia ideal que nada tiene que ver con esa realidad que nos pone frente a la del otro, imaginada también muy, muy distinta.
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