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Apple, Steve Jobs y yo

Mi visita a la gran tienda en la sede de Apple en Nueva York.

Mi relación con Steve Jobs no exitió jamás. Salvo la admiración por su aporte a la comunicación, no fui ni soy (aunque posiblemente lo sea en algún momento) usuario de sus productos.

Pero hubo un momento de tentación, el año pasado (2010) en el que me acerqué a su contexto un poco por curiosidad, pero con mucho espíritu turístico. Fue cuando, en la búsqueda de una iPad en Nueva York, vidriera tras vidriera, llegué hasta la sede de Apple, a pasos del Central Park y me convocó a internarme en el intestino de ese edificio vidriado la manzanita esmerilada en el frente y la escalera caracol transparente que té convocaba a animarte a ingresar a un mundo de maravillas.

En su frontispocio se reflejaba el Plaza Hotel. Con solo cruzar la calle te podías introduicir en mil romances o fines del mundo que tuvieron a ese parque lleno de ardillas como locación cinematográfica.

Me dejé llevar.

Ebullía de gente, cual Babel. Había informáticos, locos, viejos yuppies reciclados. Nenes y nenas con sus papás (todos igual de "sacados" por lo que veían. Adolescentes de 15 y de 30. Cuarentones como yo, embobados y llenos de preguntas.

Es que acababa de lanzarse el iPad allí, acá y en todas partes. Y lo que a una cuadra costaba, digamos, unos 700 dólares y mirándolo de lejos, en Applelandia lo conseguías a 500 y, además, lo podías manotear, tocar, encender, usar, en un levantacejas simultáneos de gente que no se conocía, pero que compartía su alegría con el chiche nuevo tomando contacto visual con el aparato y el desconocido que estaba al lado.

Allí estaba todo tan sencillamente dispuesto y disponible en la catedral de quien, para muchos, es San Jobs. La manzanita en el corazón de la Gran Manzana, para ser más cursi todavía. Y ahora, en todo el mundo que despide al "Da Vinci" del nuevo siglo.

Gabriel Conte en Twitter: @ConteGabriel