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Sexo de esposas (El sexo en su mínima expresión)

Las que llevamos un tiempo en esto (según Marilyn Monroe 7 años era el número preciso), sabemos que más de un millar de excusas recorren los dormitorios de los matrimonios prelavados (por no decir semi-gastados que queda feo).
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Como en un premeditado acto diabólico de los diseñadores que inventaron la King Size, ahora resulta que cada uno se corre a su punta correspondiente cual ring de box, porque dormir abrazados, encendiendo el fuego erótico, fue cosa de los primeros meses de casados… Cualquier roce puede disparar la acción y, la verdad, las esposas no quieren (no queremos) saber nada.

La queja nos incluye a todas (aún a aquellas que jamás lo admitirán bajo el slogan “por suerte eso a mí no me pasa”), lo cierto es que no quieren, no pueden, no hay tiempo, no hay ganas, no hay

pasión, y en su lugar hay enojo, hay mil cosas que hacer al otro día o hay que hacerlo porque hay que hacerlo, o porque eso es parte de lo que una esposa debería ser.(¿...?)

¿Qué nos pasó en el caminito de a dos que iniciamos tan entusiastas? ¿Invasión lésbica contemporánea? ¡Noo, de ninguna manera! (Por lo menos a mí todavía no se me tiró ninguna…)
Es algo más complejo y claramente inesperado por el autor de los famosos votos matrimoniales.

Algo pasa que no pasa. No sex. No Rec. No play. Stand by total.

¿Qué pasa que las señoras de, las féminas fatales, las madres, las tías, las diosas, las gordis y las flaquis, qué nos pasa que pasamos por este trance asexuado?

¿Acaso no interpretamos las sutil sonrisa de aquel perverso Juez de Paz cuando dijimos con firmeza sí acepto… y firmamos el libro mirando a la cámara?

¿Algún Sexólogo-Sociólogo y Psicólogo que se arrime a la columna y conteste?
(…cric…cric…)

Los maridos, o sea la contraparte del problema en cuestión, no encuentran respuesta (tampoco la buscan, ¡obvio!) Se contentan con el mal de muchos y han convertido
el tema en un buen pasatiempo mientras se hace el asado.

(Y, por supuesto, obviaré los chistes burdos, que ellos frente al fuego y los embutidos, desparraman para tapar la angustiante situación).

Pero esperen, aquí uno se manda con algo más jugado y se anima a largar su teoría: “Es la indefinición del género femenino. La mujer ya no es mujer. Es un poco mujer, un
poco hombre, un poco empresario, un poco ama de casa y un poco mamá. No sabe lo que quiere ser y esa indefinición las ha vuelto muy poco sensuales. Ojalá evolucionen
rápido o involucionen, no nos importa. Queremos a la mujer en su estado más femenino, otra vez.”

- Y uno se despacha con el comentario... “Ahora mi jermu es la Gerenta y yo me siento cohibido por bajarme los lienzos justo con mi jefe...”

Buen intento maridos. La teoría no es mala y adhiero en parte. Pero ojo que las que no queremos somos nosotras, porque según se escucha (a lo lejos y en voz baja) ustedes están siempre dispuestos, y si se tomaron media pastillita azul, más que dispuestos están muy molestos…

Pero una esposa indignada por el comentario contesta: “¿Así que Indefinición de lo Femenino?” “¿Y la Indefinición de lo Masculino?”

“¡Si a nosotras nos reclaman cada vez más masculinidad!” “¡Nunca pusimos tanta plata en casa, jamás trabajamos tantas horas y mucho menos tuvimos que esperarlos tanto tiempo a ustedes para que vuelvan del spa!” ¡¡¡Jamás (hasta ahora) tuvimos que ponerle cartelito a la máscara facial para que no nos la usen!!!

¡Uyyyyy! Resultado parcial 1 a 1. Sobran razones (léase excusas) de las partes.

Pero ellos no van a detenerse a la reflexión, a las causas filosóficas ni a las sociológicas. Los muchachos tienen que resolver su tema de manera práctica y urgente, y para
eso se están esforzando como nunca.

Duermen a los chicos, cocinan, ordenan, preparan un trago. Cualquier cosa con tal de algo, un poquito, un segundo…

Las mujeres ya están alertas. En cuanto divisan algún comportamiento extraño como demasiada amabilidad, detalles inusuales como “¿Necesitás que te pase el salero?” o “¿Ya te vas a dormir?  ¡Pero si son las 7 de la tarde… bueno… voy con vos!”,  empieza la corredera entre la cocina con el vaso de agua, el baño con el hilo dental, el perro que no comió o “¡pará que escuché a los chicos!”.

Por supuesto ganan ellos, que además de burros insistidores, están armados y la verdad, “eso” en ese estado, puede parecer una verdadera amenaza.

Pero ya está, a dormir por fin; nos acomodamos las esposas felices pensando que, al día siguiente, usaremos nuestra hora de almuerzo para ir al super.

Entonces, ¿por qué los señores insisten en verle el lado malo a las cosas? ¿Por qué las mujeres se atribuyen la falta cuando en realidad no es tan así?

Mirémoslo de este modo: Toda situación pasional tiene una causa que la desencadena. Con analizar algunas, podremos ver que las esposas sí cumplen ¡y cómo!

Causa 1: El llega a casa, baña a los chicos y los acuesta. Cocina algo al wok para 2. Se baña.
Resultado: Sexo por agradecimiento. (O sea, sexo, literalmente, de esposa.)

Causa 2: El llega a casa de buen humor, hace chistes sobre el desorden, te invita a comer afuera y quiere que te pongas algo sexy.

Resultado: Sexo salvaje. (Tendrás la maravillosa sensación de estar haciéndolo con un desconocido.)    

Causa 3: El no llega. Llamás al celu y lo tiene apagado. Mientras intentás dormir, lo sentís abrir la puerta despacio.

Resultado: Sexo por las dudas. (Podrás comprobar si realmente estuvo trabajando. Comúnmente llamado prueba de tanque lleno.)

Causa 4: El llega, se baña y vuelve a salir.

Resultado: Sexo para cagarla a la otra. (Muy importante revisar bolsillos y sacar Levitra o Viagra y ahí la cagás seguro).

Causa 5: El llega, come, se baña y se duerme profundamente.

Resultado: Sexo para cagarlo a él. (¿Para qué nos hicimos esposas sino?)

Entonces maridos: ¿Quién empezó con todo eso de que las esposas le escapan al sexo?

Tal vez el error sea de las personas que impusieron como costumbre (o de la costumbre que impuso a las personas a) que el matrimonio incluya en su rutina del desayuno, almuerzo y cena también  las relaciones sexuales. Como si semejante acto estuviera a la misma altura de las menudencias de la convivencia.

Tanto se banalizó, que las parejas creen en estadísticas de timming semanal que miden con sus amigos/as.

Creo que si pudiéramos devolverle al sexo aquel lugar de encuentro que tuvo en el noviazgo, ése que tan cautelosamente guardan los amantes, volvería a ocupar el glorioso espacio que se merece. Y ya no mediríamos en “cuánto” sino en “cómo” nos completa con el otro.   

El sexo de esposas hoy está abatido. Las esposas (sí, “esposas”, con todo lo que la palabra significa) estamos esposadas pero son los maridos quienes conservan la llave, aunque más no sea de Lunes a Sábado.

¿Domingos? No. Por ahora, domingos cerrado.