La noche cruel de los lunes
“Parto”, dije en voz alta, cuando vi que la mesa del departamento quedó mareada de tanto darle vueltas, como los perros cuando quieren morderse la cola o buscan el huequito en la colcha hasta que se deciden, por fin, a echarse por unas buenas horas para el descanso.
En mi caso fue distinto. Di vueltas por la mesa sin pensar o pensando demasiado, con flashes más que recuerdos nítidos. Los ansiosos por naturaleza no pueden detener la marcha si no han molido al cuerpo, si la cabeza no está a punto de explotar. Nunca caen, a no ser despatarrados, maltrechos, quemados. Jamás habrá paz. Jamás felicidad un lunes por la noche.
Solo o rodeado de multitudes en grandes urbes, como en un juego virtual, la cabeza es la que manda, siempre. Deberían venir los enfermeros con inyectables a eso de las siete de la tarde y meterme la morfina implacable para luego de unos paños fríos en la frente, dejarme, abandonarme, hasta el próximo lunes, a eso de las siete de la tarde.
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Sólo recuerdo cuando decidí salir del departamento, por sofocación y pánico. El cemento pálido en el celaje de la tarde, mudo, impiadoso, no escatimó sus vapores de enero, malsanos. Fue desde ahí, cuando pisé el cemento de la calle, que perdí toda conciencia, y quedé transportado, como en un sueño húmedo a maltraer, caminando sobre algodones que más parecían un anticipo del purgatorio que una escena surreal.
Perdí la conciencia pero no del todo la memoria, que a retazos hilaba e hilaba los pasos y los pozos. Y, al caminar por las calles fétidas, intenté ubicarme con la gente, conversar para que me reconocieran como parte de ellos. Nadie respondía, ni siquiera miraban cuando yo les preguntaba “perdón, ¿cuánto falta para llegar al lago?” o “disculpe, señor, ¿el barco naranja que pasa por esta esquina tiene tripulantes o sólo se pavonea para los curiosos de las ferreterías?”.
Cuando me pegaron con una cacha esos dos pibes, no sentí nada; es más, me les animé a preguntarles “chicos, ¿ustedes, cuánto más quieren vivir?”, y huyeron, creo, por miedo a la pregunta. No recuerdo todos los detalles de mi flaneur por el muelle ni por el malecón. Sólo pedazos de algún jirón de palabras que dejé flotando frente a las caras desaprensivas de unas viejas lesbianas que se besaban en la panadería mientras esperaban su turno.
Si aquel entrevero con el musulmán hubiera tenido un resquicio de racionalidad, jamás hubiésemos volado la estación de gas. Jamás. Porque él nunca quiso hacerlo y yo le prometí que si lo hacíamos juntos, íbamos al cielo, a nadar con sus muertos. Mi occidentalidad al palo, mi falta de ars erótica, mi ansiedad de lunes por la noche podría haber sido aplacada si los malditos enfermeros hubieran llegado puntuales, a eso de las siete de la tarde.