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Las nuevas solteras: ser, estar y parecer

La columna de Mara López Medea de esta semana: ¡Qué pasa que las solteras se sienten solas! "Si salen mucho, son mal vistas, si salen poco, nadie las ve".
La soltería te desata.
La soltería te desata.

Hace unas semanas llegó a mi casa un sobre. Blanco, enorme, adentro en papel entelado con tipografías caligráficas y en relieve un texto decía: Susana Ortiz Ocampo y Jorge Correa invitan a Ud. al casamiento de su hija María Soledad …  bla, bla, bla. Además, el sobre incluía esas dos tarjetitas con mapa atrás que sentenciaban la invitación a comer y lo peor de todo, era para dos.

Como un rayo se me vinieron a la mente las tres preguntas sin respuesta. ¿Qué me pongo? ¿En cuántos días puedo bajar 5 kilos? ¿Con quién caraj… voy?

Pensé en mi vecino gay, en mi amigo separado, en un par de compañeros de la secundaria y hasta en mi propio hermano (mi cuñada iba a entender). Bien, mi vecino ya tenía chongo y me preguntó si podrían venir conmigo los dos a ver el vestido de la novia (…), mi amigo acababa de conocer a otra separada, a mis compañeros los habían trasladado al Sur y mi hermano me dijo terminante: “ni a palos”.

Me pregunté por qué tantas mujeres nos avergonzábamos de estar solas en esas situaciones. ¿Por qué para un hombre era natural asistir a un evento social sin acompañante y para una mujer, casi una humillación?

Vamos… no me digan que no. Un tipo solo en un bar es un tipo interesante, una mujer sola en un bar,  es un gato o se quedó sin nafta.

No sé… parece una infección, una enfermedad, algo contagioso y en Mendoza, para peor, es tratado como un mal incurable. Estar sola y madurita no encaja ni para los demás, ni para quien lo padece.

La mala prensa de la mujer soltera que pasó los 30 ha elevado el índice de popularidad de muchas neuróticas casadas sólo por el hecho de estar en compañía (vaya a saber de quién y bajo qué pacto).

Las pobres separadas con niños chicos son miradas como un clavo remachado. (Los hombres disponibles están convencidos de que postulan para padres). Creencia a la que, debemos admitir, colaboramos las mujeres quienes seguimos intentando reparar esa familia rota con piezas que no coinciden.

Pero el terror más grande que ahuyenta a los candidatos posibles es un concepto que ellos mismos han instalado y regado como pólvora vía sms, fb, previa de asados y estiramiento post training . “Todas se quieren casar”. Dicha esta frase, se despertó una verdadera psicosis en los primates para quienes “la palabra de la hermandad de los machos” es palabra santa.

Más instalado que el logo de Coca Cola este concepto ha logrado que, ante una cita, pregunten primero por el patrimonio de la chica antes que por su apariencia física. Y es que vienen asustados. La mayoría tapados de cuentas de sus ex esposas, ya no quieren saber nada. Lo tuyo es tuyo y lo poquito que me queda ni lo toques que te mato.

¿Ellos se habrán dado cuenta de que las solas se dividen en dos grupos: las que lo son por elección propia y las que los son por elección ajena?

El primero maneja la cosa con ductilidad como lo hizo Sainz en el Dakar. Arreglan los mono ambientes con soltura sabiendo que todo el placard es para ellas, toman turnos a cualquier horario en la peluquería, se gastan el sueldo, sin culpas eh, en toda la línea Kerastase, en botas, pilchas, mojitos de maracuyá, disfrutan de los touch and goes y ya elaboraron en el diván el tema hijos y casa con pileta.

El segundo grupo,  es el tema en cuestión. Las que proyectaron una vida en familia, y como la vida es así como ya la conocemos, no se les dio.

Recientemente solas, ellas transitan un mar de posibilidades pero… sin brújula. Pasan de tomar el té en el Hyatt para más tarde sentarse en Arístides y de ahí a un boliche a la esquina (diría Luca Prodan) todo, por supuesto, con un escote absurdo hasta para una playa de Brasil. Por las dudas ( y es que tienen muchas) sonríen a todo el mundo, da lo mismo el camarero, o el viejito de la mesa de al lado.  Van al cine, toman sol, almuerzan con mujeres, se hacen maratonistas, spinners, reikistas, entrepreneurs, toman 5 té verdes por día en Emilio Civit, aprenden a diferenciar un Malbec de un Syrah y empiezan a interesarse por el arte.

Pero la euforia del principio se desvanece y de a poco se transforma en un arrastre de tacos que me dice que no era esto lo que las chicas buscaban.

Con el maquillaje corrido y el taco aguja clavado en el corazón, confiesan que ya no les divierte salir de copas, que se sienten viejas para ir de boliche en boliche, jóvenes para encargarse sólo de los sobrinos y que no entienden en qué momento la vida las llevó a que sus papás las volvieran a llamar todas las noches para ver si han guardado el auto. Se sienten excluidas de todo, no encajan, y en ninguna reunión donde haya parejas (osea todas) son bienvenidas. Que extrañan, inclusive, caer a un asado con la ensalada ¡y hasta levantar el plato del otro después de comer!

Pienso que se sienten solas porque Mendoza las deja solas. Si salen mucho, son mal vistas, si salen poco, nadie las ve. Y quienes fueran sus amigas casadas las excluyen, aunque sutilmente,  por ese miedo inconsciente, pero muy evidente, de que seduzcan a sus maridos.

La costumbre tampoco ayuda. La mesa más chica de un restaurante ya está puesta para dos y los porta cepillos de dientes, también los de los mono ambientes, ya vienen con varios agujeritos.

Ok. Puede ser que el mercado esté preparado de dos en adelante porque sea más rentable pero me rehúso a pensar que uno tenga que armar así la vida por la misma razón.

Y me niego a juntarme con otras solas porque es el súmmum de la decadencia. (Sí. Esas catarsis de mujeres deprimidas que necesitan armar “el grupo opositor a los hombres” puede ser motivo de accidente cuando una se vuelve manejando…)

Y si las mujeres traemos el mandato cultural de formar familia a costa de lo que sea yo diría que se lo devolvamos a nuestras madres y ellas hagan con él lo que les parezca.

En los 80s, cuando ninguna mujer podía ir sola a un boliche, teníamos que esperar el llamado de algún pescado para poder salir en busca de un príncipe.  Ahora es igual pero con el pase libre. La calle Arístides es un hervidero de maduras ultra mega producidas bromeando con su búsqueda de “chongos”. ¡Mentira! Buscan lo que buscamos todas: marido, novio o lo que se parezca más a la estabilidad emocional que nos permita sentirnos amparadas cuando tengamos que ir al próximo casamiento.

Las solas vivimos en un eterno loop, salir, enamorarse, desenamorarse, y así sucesivamente. Si podemos aceptar que esto será un ir y venir, dejaremos de buscar a ese príncipe sin onda que nos metieron en la cabeza y podremos disfrutar de hombres reales, no ideales; por un tiempo, no para siempre. Porque, en realidad, elegimos vivir muy divertidas de a ratos antes que eternamente aburridas.

Y está comprobado que un buen chocolate genera más endorfinas que un marido que no tiene nada estimulante para decir…