Confesión a los 40 (otro más en crisis)
Es verdad que los últimos cumples de 40 a los que fui fueron conceptualmente idénticos. Ya sé, los cumpleaños son cumpleaños y se parecen, como todo cumpleaños. Pero no, en este hubo algo serio. Aunque, como todos, siguió la moda espantosa de darle demasiada trascendencia a ese festejo, y aún así, dejar afuera a quienes no van con el target, en este hubo algo más allá de lo banal, hubo una confesión; y de ésas que no se arreglan con 3 padres nuestros y 2 Aves Marías.
No llegué puntual. El jardín estaba iluminado con cientos de velas blancas y piedritas onda zen. Lo veía desde la guardia del barrio. Mientras tomaban mis datos pensé: Mmm, ¿estaré demasiado arreglada? (prefiero pecar de rea que de arbolito de Navidad), pero mientras me acercaba me di cuenta de que la casa entera era un arbolito de Navidad, pero una Navidad tipo Punta del Este, clarita, light, pre lavada... Sí, tal vez me debería haber puesto esas sandalias con taco dorado y cierre atrás…
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El había sido un mito sexual local. Ahora estaba más tranquilo, más grande, pero igualmente seductor. (Creo que muchas de las invitadas habían ido, aunque con sus maridos, sólo para darle una última miradita).
A la fiesta llegaban conmigo dos parejas a quienes saludé dejando que pasaran primero. El anfitrión caminó hacia nosotros como si estuviéramos entrando a su yath. Saludaba a otros a lo lejos, en el 5to living dispuesto bajo lienzos, desde ahí extendió los brazos como anticipando la bienvenida. Mientras, las chicas que llegaban se saludaban con otras gritando mucho y muy agudo… (¿Por qué algunas mujeres hacen eso?) Su hermana me abrazó afectuosa, ¡Pensé que nunca ibas a volver! dijo, pero inmediatamente algo opacó el momento: me tomó de los hombros, me miró preocupada y me preguntó con dramatismo: ¿Viniste sola? …Si, dije. Ella hizo una mueca de ¿compasión?, y me acompañó solidariamente hasta la barra móvil de tragos para presentarme a un mojito, como mi único acompañante de toda la noche.
Me di cuenta que algo me separaba de todos, eran ellos y yo, a pesar de charlar con unos y con otros. Pensé… ¿qué es? De repente comencé a individualizarlos. Uno a uno se iban identificando con sus leves diferencias a modo de accesorios. Claro, la invitación, un moderno flyer enviado por email, había pedido – dress code: blanco, glam… Y yo no había tenido mejor idea que ponerme un vestidito con flores enormes lleeenas de colores.
Me fui a un living de mujeres, esperando intervenir en alguna conversación referida a lo lindo y barato que está Casa e Ideas, pero no duré mucho porque el 15% del apoyabrazos que me destinaron, las muy guachas, no iba a soportar la incomodidad por mi vestido que se me subía, el pincho y el mojito en una mano, la servilleta de papel en la otra y mi ansiedad de no poder meter ni un bocadillo porque ya todas estaban hablando a la vez.(Dato: En las conversaciones de mujeres se entra en el primer tiempo o te quedás en el banco todo el partido).
La fiesta se desarrolló como todas las fiestas de 40 actuales. Poca comida, tragos, un rato a bailar Gloria Gaynor Last ,pasito Last Train to London, y a los sillones que viene la torta y el video .
Juro que muchos intentamos darle la dosis de descontrol necesaria para que fuera recordada no sólo por la decó minimalista, pero no funcionó. Aún cuando casi todas las chicas habían tomado demasiado y la que no, hacía como que sí, para aprovechar la inmunidad etílica y poder coquetear abiertamente con el amigo de su marido. Aún cuando el de gorrita (escondiendo su nuevo entretejido) ¡estaba lejos por suerte!, ya que había acaparado el karaoke dando un concierto para sí mismo. Aún cuando las más jóvenes intentaron coreografiar el Bailando por un Sueño, y ni hablar de las dos rubias platinadas con extensiones que se sacaron los zapatos como cuando iban a las fiestas de Fin de Año de Bisceglia. Uff, nada, el cumple no estallaba, casi todos rondábamos los 40 y al otro día parece que jugaban al golf, hacían enduro o llevaban a los hijos a un cumple.
Una chica bien fue retirada por la ley, o sea, su marido, que hasta el momento venía conteniendo de manera estoica su bronca por quedar como un salame, pero se enfureció cuando vio que ella se instaló en el living de hombres a charlar un rato aunque, según él, a mostrar sus lolas nuevas.
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Pasadas las 2 de la mañana y cuando los hits de los 80s se despedían de la mano de Oh L ´amour, de Erasure, el dueño de casa nos invitó a pasar al living. Quedábamos pocos, sólo los más íntimos. Lo habíamos visto tomar toda la noche y ahora estaba bajo ese efecto relajante que produce el alcohol después de la euforia. Algunos arriesgaron que iba a tocar una canción con su guitarra, pero no, sentado con el cuerpo hacia adelante y la copa de champagne entre sus manos nos dijo: “Amigos, hay algo que les quiero decir desde hace varios años, les pido por favor que me escuchen un segundo, no me gustaría que se enteren por boca de otros. Ehhh…, quizás los sorprenda, para mí no es fácil explicar esto. Ustedes saben que mi vida emocional ha girado en torno a muchas personas, no los quiero decepcionar y siento que este es quizás el momento más feliz y a la vez más difícil de mi vida, pero, aún sintiéndome culpable, tengo que salir del closet…. Soy gay.”
Por un largo rato se escuchó sólo el pasar del champagne por las gargantas de los que estábamos ahí. Los primeros pensamientos fueron, pero, pero, pero y más peros… “Pero si vos tuviste novia toda tu vida”, pensó uno de sus amigos más cercanos y menos lúcido. “Pero si vos te bañabas en bolas con nosotros”, pensó asustado otro también cercano y sopesando involuntariamente si él mismo saldría perjudicado.
El espectáculo de caras era tragicómico, una suerte de rictus interruptus que develaba más las miserias de los otros que la que él sentía como propia.
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Como un acto fallido, lo primero a que atinaron es a mirarse unos a otros desconfiados para ver quién de los presentes era su novio. Todos juntos, en el mismo instante, dirigieron la mirada acusadora hacia su personal trainer quien los miró con ojos misericordiosos. “No, no era él”. El profe aliviado bajó la mirada, igual que los demás, como buscando algo en el piso y pensando como el resto: ¿tendrá un chongo de turno?, ¿qué le preguntaría Mirtha Legrand en este momento?
Sumido en su sinceramiento y sin darse cuenta de la reacción que provocaba, contó que había decidido festejar sus 40 con fuegos artificiales y confesión tipo petardo, más bien rompeportones pensé yo. También nos habló de su sufrimiento en aquel colegio tan prestigioso dirigido por curas hermanos y de que empezó a salir con chicas porque ese era su mandato. Que buscaba en ellas la perfección que él sentía que no tenía. Que se transformó en algo inmanejable, cada vez más mujeres, cada vez más hermosas. Nos confesó su angustia por zafar del sexo con ellas, cosa que era peor, las volvía locas.
Me acerqué y lo abracé muy fuerte, luego su amigo de la infancia hizo lo mismo. Los dos irrumpieron en un llanto cargado de testoterona y champagne.
¡Cuántos años adentro del placard, quizás los mejores de su vida! Pobre. Mal entorno la provincia donde vino a crecer este chico. Y pobres sus ex. ¡No iba a haber belleza que alcanzara para satisfacerlo! Ya alguna había comentado que le extrañaba que se supiera todas las letras de Valeria Lynch…
Sentí vergüenza de haber sido parte de aquel pasado. De, tal vez, haber colaborado un poquito para que él no se animara antes. Pensé en lo chicos que somos todavía. Tener que armar un cumpleaños y toda una vida ficticia para poder decir lo que uno es.
Los mendocinos, que tanto admiramos otras sociedades, volvemos de los viajes al exterior fascinados con su apertura mental, sin embargo, antes de bajar del avión volvemos a poner nuestro software en modo menduco (bien rígido) y no podemos sacarnos lo pacato de encima, pero en nuestro hardware que es mucho más hipócrita, pregona un discurso “Open Mind” que se sostiene muy bien... siempre y cuando no nos toque de cerca.