Explicar y transformar: la sociología “en general” no existe, veamos…
En primer lugar quisiera aclarar algo que va de suyo, pero que constituye una advertencia epistemológica fundamental, antes de reflexionar sobre el eje de discusión en esta nota. La misma consiste en lo siguiente: La sociología en general no existe. No podemos hablar de LA sociología puesto que no hay una unidad o cohesión de los distintos sistemas teórico-metodológicos que autorice el uso de la expresión. Existen en cambio, desarrollos teóricos de un valor científico cualitativamente distintos, que se articulan en lógicas internas unificadoras (problemáticas) distintas, y que encuentran sus bases en general en las teorías de Marx, Durkheim o Weber, reconocidas como teorías clásicas en la tradición. Por lo tanto, tal vez las dos expresiones más adecuadas para referirnos a la disciplina, sean las de “campo sociológico” y/o “problemática teórica en las sociologías”. Es decir, debemos postular, que no hay “posición inocente”, sino un punto de vista teórico, que, a partir de una matriz conceptual, se posiciona para explicitar y explicar una problemática o fenómeno social determinado, en el marco de una red de relaciones institucionales, políticas, científicas y simbólicas. De allí entonces que, otro de los aspectos metodológicos a tener en cuenta, sea el referido a los modos diferenciales de explicación: causal, de determinación, de condicionamiento, entre otros.
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En segundo lugar, al hablar de “ciencias sociales” en general, debemos remitirnos a la problemática disciplinar, o mejor, a las relaciones entre disciplinas, miradas y discursos que emergen en el mapa de las ciencias sociales. La expresión abarcativa “ciencias sociales” refiere, por un lado, a la dominancia de posiciones transdisciplinares para el abordaje de fenómenos sociales, y, por otro, a la conflictividad de las profesiones.
¿Es posible pensar, entonces, en una identidad conceptual de las “ciencias sociales” en general? La respuesta a esta pregunta, si bien merece un tratamiento más acabado, podría ser NO, en tanto las ciencias sociales o las disciplinas que aquellas contienen, emplean medios de producción teórico-metodológico diversos y en muchos casos contrapuestos. Para el discurso dominante en las ciencias sociales, la respuesta podría ser SI, en tanto la mirada no inocente de la transdisciplinariedad, trabaje, a mi juicio eclécticamente, con matrices diferentes desde una “perspectiva integracionista”.
Hechas estas breves aclaraciones, no obstante, se torna necesario postular que, existe una relación condicionante entre las instituciones dedicadas a la formación de las ciencias sociales, las profesiones que allí se despliegan con sus objetivos de inserción social y laboral, y los puntos de vista sobre lo social que en aquellas se recrean.
Por ello, la expresión “transformar”, merece un análisis detallado a fin de explicitar algunos de sus límites. Si la sociología es una ciencia crítica, en el sentido amplio del término, es porque se encuentra en una posición crítica: la de estar sometida permanentemente a juicios sobre su cientificidad, la de conformar un campo de luchas teóricas e ideológicas en su seno, entre las filosofías que diluyen las tradiciones teóricas en pos de pensamientos libres, y las posiciones que luchan por mantener aquellas tradiciones como fundamento de posteriores desarrollos sistemáticos. Campo de luchas que divide por un lado a los que, en pos de la actualización permanente de bibliografías, que emergen muchas veces como “modas” en el campo del conocimiento de lo social, se constituyen como renovadores y progresistas del pensamiento. Frente a ellos, los que defienden la conservación de las teorías para, desde allí, identificar los recorridos contemporáneos actualizando nuevas problemáticas. En estos casos, considero que, ante el embate de los primeros, es revolucionario conservar la vigencia de la tradición sociológica en el sentido que lo hemos planteado, y desde allí resignificar críticamente las actualizaciones contemporáneas.
Por ello, la sociología debe ser una ciencia que moleste. Es ciencia, porque tiene sistemas coherentes de hipótesis, de conceptos, de métodos de verificación, todo lo que se identifica habitualmente con la idea de ciencia. Y molesta, porque devela cosas ocultas y a menudo reprimidas. Una de sus mayores dificultades reside en el hecho de que sus objetos son objetos de luchas; cosas que se ocultan, que se censuran. Por ello la sociología a menudo desencanta. No ofrece satisfacciones como las que puede ofrecer el compromiso artístico o político. Se ubica en una posición completamente opuesta a la música y al arte, entendidas estas prácticas como refugios para retirarse del mundo. El sociólogo presenta la particularidad de tener por objeto “campos de luchas”: no sólo el campo de la lucha de clases sino también el propio campo de luchas científicas. Y en ese campo, el sociólogo ocupa una posición, de acuerdo a su volumen global de capital cultural, social, institucional y político. Entonces, el alcance de la expresión “Transformar” que indica el título de esta nota, debe referir a este reconocimiento, y ser consciente, para lograr controlar su práctica y sus medios de producción intelectual contra toda posición “aparentemente” ingenua y desprovista de intereses.
Otro supuesto fuerte, que considero central, es el siguiente: los intelectuales no transforman la sociedad. No son el sujeto histórico al cual el devenir le tiene deparado el cambio social. A lo sumo, en el mejor de los casos, acompañan procesos de transformación donde los sujetos protagonistas centrales son otros. Clases sociales, movimientos nacionales de liberación, frentes antiimperialistas en los países periféricos. Los intelectuales, por su ubicación en la estructura social, pertenecen a una fracción de la pequeña burguesía que desarrolla “trabajo intelectual”. Sus posiciones pueden constituirlos en intelectuales orgánicos a un sector o movimiento social de resistencia, intentando poner sentido y palabras, explicación y prospectiva al rumbo de las luchas sociales, como así también, alinearse a bloques sociales dominantes que pugnan por mantener el “orden social”. Y he aquí una paradoja no menor en el campo de la sociología. Los discursos transformadores no siempre conducen a la transformación, porque, estructuralmente, son concebidos en el marco de la desigual distribución de capitales lingüísticos, titulaciones escolares, que los alejan de los protagonistas directos de los cambios. Por el contrario, en muchos casos se constituyen en discursos progresistas unidos a prácticas reaccionarias. Como pasa con los discursos en pos de la “excelencia académica” de los que promueven el tan mentado pensamiento crítico en el marco de posgrados arancelados, inaccesibles para el graduado común. Por ello, debemos ser conscientes de nuestros límites estructurales para no desplegar discursos de “representación” que sientan bien en las clases medias escolarizadas, pero que están destinados al fracaso. Aunque eso sí, contribuyen a la reproducción de un tipo de universidad, en crisis, individualista, que promueve trayectorias personales más que empresas colectivas.

