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María Elena Walsh, la fórmula para recibirte de padre
Poder compartir con tus hijos las canciones de María Elena Walsh implica más que un momento de diversión. Es una cuestión cultural, sentimental, que sirve y servirá para sentirte un niño de nuevo, para descifrar qué significado implícito tenía cada palabra, para unir generaciones, estimular la fantasía y para redescubrirnos como chicos.
No hay experiencia más fabulosa que compartir ese instante. Ver tu sonrisa en la cara de tus hijos es mágico. Y no importa si se trata de las antiguas versiones que se escuchan con descargas y rayadas, o si elegís las remixadas y cantadas por Adriana Szusterman, que, vale decirlo, son buenísimas.
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María Elena Walsh enseñó a soñar. A que tenemos que ver cómo es el Reino del Revés; que las flores celestes del jacarandá son hermosas; que Pehuajó es la ciudad que todos queremos visitar, y que siempre, siempre, siempre, vamos a pensar dos veces antes de pelar una naranja.
Será la dueña de las imágenes más inteligentes disfrazadas de canciones infantiles. De rebeldía, de igualdad y de libertad.
Cantar a tus hijos las letras de María Elena es recibirte de padre. Es saber que vas por el buen camino. Porque de algo se puede estar seguro: quien crezca escuchando las andanzas de Manuelita, la valentía y la hidalguía del Mono Liso o las travesuras del Brujito de Gulubú, lo hará sabiendo que no hay nada más importante que el respeto y la libertad. Y vivirá por siempre en un mundo lleno de colores.