ver más

Caso Guadalupe: Débora Di Falco se prostituía en San Luis y en Mendoza

La madre de la mendocina de cuatro años asesinada en San Luis, ayer declaró durante siete horas. Confirmó que para vivir se prostituía, en San Luis y en Mendoza y que tenía fuertes presiones por dinero. La Justicia citará a la abuela de la nena, Graciela Di Falco.

El caso originado tras la muerte de Guadalupe Di Falco (4), torturada y asesinada en San Luis, tomó nuevos rumbos luego de la declaración de casi siete horas que ofreció en forma espontánea su madre, Débora Di Falco, que sería imputada en 48 horas por abandono de persona agravado.

La joven, ventiló ayer –ante el juez Jorge Sabaíni Zapata, titular del Primer Juzgado de Instrucción de San Luis- que cuando llegó a San Luis, embarazada y con la pequeña Guadalupe con escasos tres años, para sobrevivir comenzó a prostituirse.

Hasta que nació su nueva hija cuyo paradero fue objeto también de investigación en la causa, trascendió que la joven mujer habría ejercido la prostitución estando embarazada. Y que luego de que Guadalupe tuvo una hermanita que debió dejarles a las nenas a Miguel Ángel Riquelme y a Dora Alejandra Videla, para que las cuidaran mientras ella trabajaba en el cabaret.

Un buen día, al parecer, la pareja –Riquelme / Videla- detenida y sospechada de haber cometido el aberrante crimen, comenzó a exigirle dinero por el cuidado de la recién nacida y de Guadalupe. Todo indica que le habrían exigido mil pesos por cada nena y que en su desesperación, debido a que el trabajo comenzó a mermar en San Luis y no conseguía el dinero decidió viajar a Mendoza, sin informar en forma previa el viaje.

El viaje a Mendoza se habría concretado un día de marzo pasado y que por eso terminó trabajando en un cabaret en la Ciudad Capital.

En ese momento los ánimos de Riquelme y Videla habrían llegado a un punto tal de enojo que la Débora Di Falco comenzó a recibir mensajes de texto con amenazas de no ver nunca más a Guadalupe y que si volvía a San Luis tendría serios problemas.

Débora Di Falco, quien además carga con una dura historia de vida cuando ella era una niña, cuando estaba a cargo de su madre, Graciela Di Falco –la abuela de Guadalupe-, además reconoció que su hija recién nacida terminó llevando el apellido de Riquelme, situación que también sirvió como elemento de presión para que no se animara a decir nada de lo que estaba sufriendo.

Ahora la Justicia de San Luis, luego de conocer la versión de lo que sucedió antes de la muerte de Guadalupe Di Falco por parte de su progenitora, evalúa la posibilidad de citar a declarar a Graciela Di Falco. Porque aún no queda muy claro porqué la habría presentado a Débora a Miguel Riquelme y a Dora Videla.

Tampoco está aclarado el hecho de que Graciela Di Falco hubiera estado viviendo en la casa de Riquelme y que ella en cierta medida aceptaba que su hija se prostituyera mientras quedaban sus nietas en la casa donde finalmente apareció muerta la pequeña Guadalupe de cuatro años.

Muchos datos más no han trascendido por el momento, solamente lo que además publicaron diarios como La República de San Luis, donde se confirma parte de la historia. Débora además confirmó que en el ambiente que ella frecuentaba para ejercer la prostitución era más conocida como "Rubí". Actualmente tiene el pelo oscuro, luego de haber sido pelirroja y rubia.

Versión periodística puntana:

Esta vez lo hizo. Débora Catalina Di Falco declaró y enfrentó, a cara lavada, sin los maquillajes que le cubrieron la cara en tantas madrugadas en prostíbulos, la mirada y las preguntas del juez Jorge Sabaini Zapata y otros cinco funcionarios judiciales para hundirse otra vez en su pasado, el reciente y el no tanto. En su defensa, la chica dijo que se volvió a Mendoza para trabajar de prostituta porque acá no le iba bien. Quería reunir dinero para volver a San Luis y recuperar a sus hijas, aseguró. Y que cuando pudo juntar algo se lo mandó a Riquelme.
También afirmó que en un par de ocasiones, cuando consiguió venir, Riquelme y Dora Videla miraban por una hendija y al ver que era ella no le abrían.Cuando los agentes la llevaron encapuchada habían pasado 34 minutos de las 10 de la mañana. Tenía puestos los mismos pantalones de jeans y la campera negra tres cuartos que vestía las tres veces que la trasladaron a tribunales. De allí recién salió siete horas después, con destino a la seccional en la que estará hasta que el juez decida si la procesa por el abandono de su hija Guadalupe.

Una fecha sirvió de punto de partida de su relato: el 14 de abril de 2009. Ese día llegó a San Luis. No venía sola: la acompañaban su madre Graciela y Guadalupe, que por entonces tenía tres años y medio. Cargaba la miseria que trae la falta de trabajo y un embarazo que aún no despuntaba. El destino de una segunda maternidad no fue esperado, sino accidental. Quedó encinta cuando a uno de los clientes que atendía en el cabaret en el que trabajaba se le rompió el preservativo y, además de la paga, le dejó un hijo. Será que hay niños que no llegan con el pan bajo del brazo, que no ilusionan con conjurar el hambre y las deudas que acechan.

Eso parece ser lo que sintió Débora, que optó por seguir prostituyéndose para sobrevivir en San Luis, primero en la calle, después en una casa de citas. Los amigos que Graciela decía tener no contestaron a ninguno de sus llamados apenas pusieron un pie a la terminal de San Luis. Sin lugar adónde ir deambularon hasta llegar a la iglesia San Roque, donde les dieron de comer. Alguien que también calmaba el hambre en el comedor comunitario de la iglesia les recomendó que fueran hasta la calle Almirante Brown, porque seguro encontrarían alguna piecita barata para alquilar.

Hacia allí se encaminaron con lo poco que traían encima. A la vuelta, por Los Inmigrantes, vivía Miguel Angel Riquelme, el vecino que días después les ofrecería mudarse a su casa. El encargado del inquilinato dudó en darles un lugar a esas mujeres que llegaron con una nena. Pero al final accedió a facilitarles una habitación a cambio de 150 pesos mensuales. Cuando en tres días no consiguió trabajo, Débora decidió que era tiempo de salir a hacer la calle, aunque fuera con un bebé en la panza. Su madre no trabajaba, pero dedicaba buena parte de su tiempo a recorrer el barrio. Así fue como conoció a Riquelme y empezó a charlar con él.

Después, el correntino la convidó a tomar mate y las invitaciones se repitieron, alimentando la confianza. La primera vez que Débora lo vio fue cuando fue a buscar a su madre a la casa. Miguel la hizo pasar al comedor y se presentó. Le mostró a dos de sus hijos, los más chicos, y conoció a Guadalupe. Tal vez no anticipó que quince días después de llegar, ella, su madre y su hija recalarían en esa vivienda, cuando el encargado encontrara en sus llegadas nocturnas el motivo para correrla, con parientes incluidos.

El hombre le devolvió la exacta mitad del alquiler que había pagado: 75 pesos. Pero ese dinero no calmó la incertidumbre de saber en dónde y cómo dormirían esa noche.

Riquelme, puesto al tanto del problema, tuvo un gesto que en Débora despertó agradecimiento: les ofreció que se quedaran a vivir en su casa, para salir del paso.

A pedido del juez, la chica trazó en medio de la indagatoria un croquis de los ambientes de la vivienda. También del cabaret en el que trabajó. Cuando llevaron sus cosas Riquelme estaba solo: por esos días estaba separado de su mujer Dora Videla. Días después de la mudanza las mendocinas conocieron a Dora. Se mostró amable y contenta de que su marido les hubiera dado un lugar en la casa. Poco después, las camas volvieron a calentarse: Dora y Miguel se arreglaron y los niños, los que son de ella y los que tienen en común, volvieron a dormir en la casa de Los Inmigrantes. Graciela no aguantó más de un mes allí. Un buen día le dijo a su hija que regresaría a Mendoza y que cuando consiguiera una casa volvería a buscarlas, a ella y a Guadalupe. La despedida de Débora fue un insulto. Dora no tardó en descubrir que la chica no salía de noche para cuidar una viejita. En realidad, cuando se lo preguntó, fue con más intenciones de confirmarlo que de saberlo. Alguien le había rumoreado qué lugares recorría Débora y hasta en qué esquina tenía parada. Develada su ocupación, Débora creyó que los anfitriones no tardarían mucho en pedirles que se fueran. Pero no fue así. Y había algo que tal vez evitó su partida: la chica le daba 20 pesos a Riquelme para que cuidara a la nena de noche, mientras ella atendía clientes. Cuando la jornada era buena, Débora redoblaba la paga: otros 20 pesos iban para Dora. Esa plata igual no alcanzaba para comprar comida para tantos chicos.

“A veces tomaban mate cocido con pan, pocas veces les hacían el almuerzo, a veces cenaban, y a veces no”, declaró Débora. Incómoda porque los niños de la pareja se relamían con ganas al ver la comida que preparaba para ella y su nena, empezó a comprarles para que hicieran de comer. También a pagar las boletas de la luz y a comprar los tubos de gas y ropas para los nenes, aseguró. Mientras ponía plata en sus manos, Riquelme y Videla no le hacían problemas. Los malos gestos aparecían cuando los clientes escaseaban y los honorarios por cuidar a Guadalupe se limitaban a 20 pesos o la promesa de que después llegarían. Lo que indefectiblemente llegó fue la fecha del parto. El 17 de junio a las 17:30, después de dos horas y media de pujar entre contracciones, Débora tuvo a su segunda hija. La única compañía que tuvo fue la de Dora. Antes de parir, en una conversación espontánea, la chica les dijo a ella y a Riquelme que necesitaría una pareja que se hiciera cargo de la beba.

Y ellos se ofrecieron. "Yo decidí dársela para que la cuidaran, o sea que iba a llevar el apellido de Miguel", contó. Cuando fueron al hospital, el acuerdo ya estaba sellado. Para poder asentar a la beba con el apellido de Riquelme y hacerla pasar por su hija, Dora le prestó a Débora su DNI al entrar en la maternidad. Un mes después, Riquelme fue al Registro Civil a asentar la nena como suya.