Presenta:

Restablecer el “desorden” para fundar un “nuevo orden”

Administramos: la concepción, el nacimiento, la vida, la muerte y, finalmente, los cuerpos marchitos que van al pozo. A tres metros debajo de nuestros pasos a fundirse con la tierra húmeda. ¿Por qué será que sólo a tres metros y no a menos? ¿Será por el hedor? En fin, una verdadera y eficaz burocracia del ciclo humano diseñado para dominar el ansia.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

Labura y labura el torrente sanguíneo. Agua, más agua para el cuerpo. Late que late ese corazón obrero. No sé cómo hacemos para no morir como insectos voladores. Somos una especie rara, compleja, y también torpe. Pero de tan torpes nos construimos obcecados. O secados; y al final, secos. Pero sin embargo, de la sequía levantamos canales y de la escasa agua convertimos vergeles. Así somos.

Administramos: la concepción, el nacimiento, la vida, la muerte y, finalmente, los cuerpos marchitos que van al pozo. A tres metros debajo de nuestros pasos a fundirse con la tierra húmeda. ¿Por qué será que sólo a tres metros y no a menos? ¿Será por el hedor? En fin, una verdadera y eficaz burocracia del ciclo humano diseñado para dominar el ansia. Pues para eso existe la demografía, para poder medir el alcance del dominio sobre las poblaciones y proyectar los formatos de nuestros estilos de vida. No se trata sólo de estadísticas vitales. Mientras perseguimos el orden de nuestras vidas, a la vez, vamos desordenando todo a nuestro paso. Y nos queda “mustia flor, tango olvidado”, en el tarareo cansino hacia el almacén del barrio. A por el fiambre pues que se viene la hora 19.

De eso se trata entonces. Restablecer el desorden para fundar “un nuevo y prolongado orden”. Somos una especie crepuscular, básicamente. El día nos impone lo productivo y la noche nos espera con los brazos abiertos para colgarnos con un broche de la soga, y dejarnos cavilando hasta que caigan nuestros párpados. El que no duerme no mama. El que llora molesta y es una teta la que consigue la calma por unas horas. Desorden y orden. “Desorden y Progreso”. Biológico, social y cultural. Y aquí estamos. Y así estamos.

“Pensar la vida desde el orden o desde el desorden”; ahí tal vez esté la clave. Lo incómodo va a parar al basurero, la más de las veces. Como el loco al manicomio, como el adicto al centro de rehabilitación, como el ladronzuelo al calabozo, como el obrero crítico al despido, como el anciano a “la posada de la muerte”, como la prostituta al cadalso, como el pobre a la villa, como el niño…a la escuela. Todos lanzados al “orden” que “se produce en instituciones”.

Médicos, maestros, policías, gerentes de recursos humanos, inspectores de vialidad. Y también, claro pues, sociólogos académicos. Cárceles, hospitales, psiquiátricos, hogares de ancianos, hipermercados y, debemos incluir, a las casas. “El orden empieza por casa”.
No. Entonces probemos. Al revés. Tironeemos el orden y restablezcamos el desorden de una  buena vez. Que algo tiene que parir de semejante madeja despelotada. Como cuando los niños agarran los ovillos de lana y juegan por toda la casa, a la siesta, tejiendo un laberinto inescudriñable entre sillas y camas, juguetes y puertas. ¿Quién ovilla todo ello? El orden de la autoridad, el grito. “Pendejos de mierda, miren el quilombo que han hecho” (autoridad, grito, orden) Padre y madre fundidos en la imagen policial de la familia. De eso estamos hechos.
Bueno. No estoy hablando más que de política. La política de los ciclos vitales de la sociedad y sus intervenciones. El gen es autoritario per se. La guerra, es la forma de resolución de los conflictos por naturaleza. El dominio, es el modo de construcción social. Mientras que la anarquía es como ese agua que se filtra con las lluvias de enero, de igual forma en los caseríos y en las mansiones de los complejos privados. Sí, ahí también se filtra el agua, hay goteras. Pasa que la imposición del orden se realiza mucho más rápido con una tropilla de albañiles y  plomeros a disposición del orden. Como los ejércitos cuando van a sofocar una rebelión estudiantil o un piquete de pobres que piden pan y no les dan.