Me mató ver a mis hijos llorando
No puedo analizar nada, de fútbol me refiero. Alemania fue un torbellino, un huracán de 90 minutos, una ola gigante que cayó sobre las casas mientras sentíamos que una alegría grande estaba cerca. Intertanto las ilusiones, los asados con amigos, las discusiones, las especulaciones sobre qué nos convenía más; si jugar con éste o aquél. No nos importaba demasiado quién era el rival aunque en cuartos todos eran de temer.
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Pero me mató ver a mis hijos llorando, a mi vieja llorando. Ellos, vos, aquellos y yo, necesitamos de alegrías colectivas. Simplemente porque la vida no es un plasma, y menos un auto nuevo. Mi ídolo, y el de muchos –aunque soy consciente que no el de todos- está abatido, y, con él, todo un pueblo. Un pueblo que lloró y llora, pero que lo esperó estoico en Ezeiza desde el dolor y el amor. El amor popular, ese que algunos no podrán sentir jamás porque no se compra, porque no se inyecta, porque no se aprende rápido, porque no. Se siente o no se siente amor popular y dolor popular. Y listo.
Y sí, es una de las formas más autenticas de populismo –mala palabra para cualquier establishment social-, para muchos tal vez “populismo barato”. Los baratos sentimos así, y bancamos. El sábado al mediodía me comí un asado con amigos y mis hijos, y sus hijos. Nunca caímos del todo. Intentamos reír inútilmente. Copaba el silencio a eso de las 7 de la tarde. Un silencio oceánico.
Por la noche dormí tras TVR, tirado en la cama, como si me hubiera dado una paliza una banda de pendejos hambrientos de odio. Así quedé y así desperté el domingo. Lagrimeé, porque además desperté solo, en un lugar donde vivo solo. Alcancé a engullirme una manzana verde, a la fuerza. Prendí la tele y seguí la caravana enorme e intensa tras el micro con el ídolo abatido. Prendo la compu y me conecto y chateo con una amiga y un amigo. “Día de suicidios” me escribe; por ser domingo. “Ya lo dijo Emile Durkheim y lo comprobó Pichón Riviere” remató.
Levanto la cabeza y veo en la tele la multitud que grita por Maradona. La avalancha que crece y la tarde que cae. Se sorprenden propios y extraños con lo que sucede. El sol se ha despedido y es julio, frío julio en esta noche.

