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La vida y la muerte por la vereda del sol
El tipo, digamos para entendernos, salió a caminar y a “ver vidrieras” como lo hacían las “madres de antes”, sin un centavo. Eligió la vereda del sol porque, convengamos, que en pleno julio y con estos hielos, la vereda del sol siempre resulta un refugio acogedor para el vagabundo.
Camina solito y solo por la calle San Martín. Arrancó por allá lejos desde el sur, bien arriba de la ciudad, a la altura de la panamericana; y empezó a bajar lento con las manos en los bolsillos, pispiando cada una de las vidrieras que topaban sus pasos. Cualquier sujeto que lo observara una cuadras habría concluido que el tipo salió a ver vidrieras, así: “a ver vidrieras” como decían “las madres de antes”, cuando a pesar de no tener un centavo el paseo por el centro consistía en estirar el tiempo desmedido, que no siempre huía como el humo del cigarrillo y detenía por horas, por días, en la vida repetitiva de cualquier ama de casa. Y los niños colgados de la manos de sus progenitoras las más de las veces, jugueteaban con su imaginación desfragmentada, sin ton ni son, como lo hacen todos los niños colgados de las manos de sus progenitoras.
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El tipo, digamos para entendernos, salió a caminar y a ver vidrieras como lo hacían las madres de antes sin un centavo. Eligió “la vereda del sol” porque, convengamos que, en pleno julio y con estos hielos, “la vereda del sol” siempre resulta un refugio acogedor para el errante. La vereda del sol oscila, o mejor, el sol se menea y la vereda del sol ya no es la misma. Entristece alguna de las dos según los caprichos del astro rey. Pues bien. El tipo elige la vereda del sol como una planta recibe energía para seguir, en este caso, marchando lento, con sus manos en los bolsillos.
Ya vio la motos y los autos, los bichitos 4x4 todo terreno para el monte que pululan por la zona de Godoy Cruz en majestuosos locales. La gomerías brillantes de gomas brillantes; los lubricentos, las ferreterías y las casas de repuestos. Distinguió también negocios con glamour donde tipos de ropa entallada te cambian las cubiertas del auto y te sirven café con wifi libre. Advirtió una casa que exclusivamente vendía parabrisas. Varias casas exclusivas que vendían parabrisas, una al lado de la otra, miles en 4 cuadras, que vendían exclusivamente parabrisas.
Su camino, su ruta por demás cómoda y alienante, ofrecía por momentos desolación – ¡Sí! en la propia vereda del sol- porque ni un solo local, ni una sola vidriera aparecían por 300 metros de vagabundeo. Un buen intervalo eterno de 300 metros, a la altura de la ex Bodega Arizu. Ahí es donde el tipo sollozaba, le caían gotas como una catarata sobre su rostro rojo sin afeitar y tragaba saliva, moco acumulado de noches de locura y flema, mucha flema de gripes crónicas mal curadas. Tragaba todo lo que tenía que tragar. Nunca escupía. Es en esas calles, en “la vereda del sol”, donde el vagabundo llora y hasta grita porque no hay vidrieras, porque la gente ha desaparecido del plantea por un tramo, como si la tierra se hubiese tragado una civilización enterita por 300 metros.
Su camino, su ruta por demás cómoda y alienante, ofrecía por momentos desolación – ¡Sí! en la propia vereda del sol- porque ni un solo local, ni una sola vidriera aparecían por 300 metros de vagabundeo. Un buen intervalo eterno de 300 metros, a la altura de la ex Bodega Arizu. Ahí es donde el tipo sollozaba, le caían gotas como una catarata sobre su rostro rojo sin afeitar y tragaba saliva, moco acumulado de noches de locura y flema, mucha flema de gripes crónicas mal curadas. Tragaba todo lo que tenía que tragar. Nunca escupía. Es en esas calles, en “la vereda del sol”, donde el vagabundo llora y hasta grita porque no hay vidrieras, porque la gente ha desaparecido del plantea por un tramo, como si la tierra se hubiese tragado una civilización enterita por 300 metros.
Ni apurando el tranco podían esquivarse esas calles desiertas. Se parecían más a una cinta transportadora que corría en reverso del caminante. Demandaba un esfuerzo sobrehumano atravesarlas; y tal era el desafío por sobreponerlas que podían divisarse en las acequias a unos cuantos hombres y mujeres desparramados casi sin respiración, infartados. Y si probabas asomarte por la zona al otro día, cuando la vereda del sol ya no merecía tal definición, muchos de ellos eran hombres muertos que prolijamente los camiones municipales acarreaban hacia los descampados de basura para ser carne de carroña.
El tipo logró saltear el espanto y, como cuando uno sueña que el puente se corta antes que lo crucemos por el extremo donde uno quedará colgado para trepar y salvarse, de un brinco cayó en la continuación de la vereda del sol plena de vidrieras. Plagada calle de mueblerías, una tras la otra, miles de mueblerías una al lado de la otra, todas igualitas. Y allí es donde el tipo dejó de salivar y tragar y continuó el camino, pleno.
La tarde le caía encima como un piano de un edificio y en una equina lo vi perderse por la zona vieja hacia el este. Un silencio pavoroso invadió a la vereda del sol y me volví por la senda de enfrente, mudo, sin consuelo, a redactar estas líneas luego de seguir a ese tipo y verlo atravesar con vida la tarde de un domingo de julio.
La tarde le caía encima como un piano de un edificio y en una equina lo vi perderse por la zona vieja hacia el este. Un silencio pavoroso invadió a la vereda del sol y me volví por la senda de enfrente, mudo, sin consuelo, a redactar estas líneas luego de seguir a ese tipo y verlo atravesar con vida la tarde de un domingo de julio.