Grises
Hace meses que quiero escribir una columna gris: gris topo, gris rata o gris invernal. Tal vez no me haya dado cuenta aún que esa columna que deseo ya la escribí hace tiempo o, más aún, que he escrito ciento de columnas grises sin saberlo. Advierto al lector que me refiero al contenido y no al fondo de color de página, ni al color de la tipografía, ni a la accidental foto que pueda ilustra la nota. No sé a ciencia cierta si lo he logrado o lo lograré algún día. Pero lo deseo, lo necesito. Me lo pide el cuerpo. Es que muchos foristas que ingresan a comentar en este espacio me lo reclaman con vehemencia o entre líneas. A algunos los interpreto, a otros, no los entiendo. Pero me piden a gritos una columna donde “mi posición” en ella sea simplemente gris. Pues bien estimados, lo intento.
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El gris en el pensamiento, eso es, pensar en gris. Algo así como no mirar tanto a los extremos según reza el decálogo del pensamiento gris. En fin, me pongo a pensar en el gris como representación estética de una idea o un pensamiento y, debo reconocer, es un esfuerzo enorme: se requiere una sensacional capacidad de obnubilación que supongo no poseo, no ejercito ni ensayo. Pero créanme que lo deseo como el náufrago al helicóptero.
En la política, podríamos pensar, hay una gama de actores grises, una paleta de cientos de variaciones del mismo color que a veces es imperceptible identificar sus contrastes. Lo importante es que son grises todos, más allá del grado de negro o blanco con el que se licúe el núcleo. Pensar en gris en un país como Argentina por ejemplo, creo, representa un colosal desafío. Sin embargo, convengamos, está lleno de intelectuales grises que producen, cuales decoradores de interiores, las más variadas estéticas discursivas en esa tonalidad.
Hay gente gris, ropa gris, casas grises, días grises. Hay momentos en la vida, grises. ¿No será que el gris es en definitiva un estadío del alma, un dejarse, una actitud? El relativismo es en cierta forma un pensamiento gris. ¿Cómo se puede pensar en la relación entre el gris y el compromiso? O mejor ¿el pensamiento gris puede ser una forma de compromiso con la realidad circundante? Ustedes dirán, digo, los que saben a qué me refiero.
De posta, pienso en gris y se me nubla todo y empiezo a teclear y teclear con las manos cruzadas, y tirito como un papel en la mano de un parkinsoneano. Tengo veredas grises y calles grises en la mente. Edificios grises en la punta de la lengua. ¡Ah! además un sobretodo y un sombrero gris. Un disco gris. Cientos de conocidos grises. Hace unos años uno de mis gatos favoritos, de color gris, apenas un gato gris, se cansó de ser gris y desapareció de mi casa luego de ocho años de vida gris.
Por pensar en gris nadie se suicida, supongo. Nadie se retrasa ni tampoco se adelanta. Es, como un estar detenido en el tiempo. Un nirvana gris. Y hay mujeres grises que buscan hombres de colores y hombres grises que buscan y desean mujeres de colores. El problema, sugiero, es cuando se cruzan un hombre y una mujer grises y proyectan una vida gris, y pintan su casa de gris, y tienen tres hijos grises que van a una escuela con guardapolvos grises y se transportan en una camioneta 4x4 gris. Me arriesgo más: grises son los que no cambian ni quieren cambiar; ni ellos ni nada. Detenidos grisáceamente en el tiempo. Rebobino: no sé si he logrado escribir una columna gris. Eso sí, no me digan ahora que al menos no lo he intentado.