Soliloquio del frío… lento
Y se vino el frío nomás mijo. No importa ya si se trata del despunte del costado más crudo en otoño, o si es el invierno quien empezó con sus guiños de traición, salteándoselo. Ahora traicionan hasta las estaciones. El verano, recordemos, traicionó al otoño, y no bien este asoma, es el invierno el que mete el guadañazo. Si se parece al país esto de las estaciones y el clima. El frío, parece haber llegado para quedarse, y con él, los días sin sol continuos, grises como topos, destemplados como besos finales de un desamor irreparable.
Las calles amanecen con el rocío de la helada y, cuando salimos (o volvemos) paladeamos sabores de café hirviendo, y tragamos miguitas de pan calentado a tostador. Mientras, los laburantes de a pie, bajan cabeza gacha y a paso firme por las callejuelas de sus barrios en dirección irrefutable hacia la parada del micro; ese que se detendrá atestado de lana y bufandas, y llevará colgados como barriletes a unos cuantos pibes secundarios encadenados a la baranda metálica de la puerta.
-¡Pará hermanoooo… que sube una señora con un bebé! –le gritan al chofer desde el atolladero interior. Porque siempre el chofer (parece que gozara con ello) apura el motor no bien subieron las primeras damas, dejando impávidos a los 35 giles que lo esperaban en la Antártida, haciendo todos a la vez, el ademán pa` que frene.
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-“ehhhhhhhhhhhhh” –sueltan complotados los pibes de los caños metálicos que, tal vez por la edad, y a esas horas, todavía tienen ganas de juerga. No hay nada peor que un grupo de 6 o 7 pelafustanes de 15 años te griten y rían a carcajadas, justo en tus oídos, a las 7 de la mañana. Si tendrían que poner una línea especial de micros pa` esos malcriados de mochilas y peinados extraños.
Son días darks, estos días y los que vendrán por unos buenos meses a acompañarnos en la cruzada meteorológica. La de siempre: gastaremos más gas, más luz, más plata. ¡A arremangarse compadres y comadres! A economizar la agonía. Las cobijas de ayer ya no dan abasto y le mandamos tres o cuatro colchas más al lomo pa` que no se remueva tanto en madrugada. Con el tornillo, se abrazarán más los enamorados, y los solterones y solteronas deberán enjuagar unos buenos sorbos de whisky pa` amainar el sueño y la soledad. Habrá menos lujuria en los catres, más sexo a cucharita, y a torrar; hasta que suene el enemigo de las 6 de la matina.
La manada sale embalada de las casas. Envuelta, ceñida con tres pulóveres. Los niños tiran vapor como trencitos pa` poder respirar entre tanto cuellito de polar y camperón. Y en filitas cantarán aurora en esos patios brillosos por la mojada. ¡Quién pudiera prender un sol gigante para todos los laburantes! Se vinieron los días darks señores y señoras. ¡Qué fiero! Y no me digan que no empezamos con la frase del ingeniero en cada conversa, ¡sí, hay que pasar el invierno!, -“y eso que todavía no empieza”- respondemos, pitando el faso apurador de colectivos.
Las viejas se guardan en la oración y se acuestan tipo nueve, como mucho. Vida de gallinas hacen las viejas, que no tendrán el placer de baldear por la noche sus patios, ni regar las plantas, ni abrir de par en par las ventanas, ni tan siquiera para ventilar la casa. Las viejas se depositan en sus lechos semivestidas y dejan suavecita la radio. Y se duermen con tangos como “olvido” o “sin lágrimas”, cantados por el maestro Charlo, a quien añoran de sus años de juventud. Y cuando se les caigan los párpados, y el té de manzanilla quede helado como un bosque del sur sobre la mesita de luz, y empiecen a sudar el ajo que comen pal corazón bajo las diez frazadas, y los ruidos de los coches y los micros mitiguen la frecuencia: allí si abrazarán a la gata castrada, para soñar verbenas de antaño junto a la parentela en plena guitarreada.