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El hombre del Centenario

Humberto acaba de cumplir 100, justo la mitad de los que la Patria cumplirá el próximo martes y asegura que le gustaría vivir otros cien más. Este mendocino por adopción, celebró su centésimo cumpleaños el pasado 2 de mayo junto a por lo menos 100 familiares.

Humberto Ortiz nació en Rufino, provincia de Santa Fe, el 2 de Mayo de 1910, hace justo 100 años. Ese año, como este, la Patria también estaba de festejo, recién pasaban cien años de la Revolución de Mayo en Buenos Aires.
 
Cuando llegamos a la casa de Humberto en la Cuarta Sección de Ciudad, todos los integrantes de la familia estaban emocionados, y es que todos estaban listos para empezar a festejar el centenario del miembro más antiguo de la familia. Mientras MDZ realizaba la entrevista, dos de las hijas de Humberto, Silvia y Lilia, recién llegada de Colombia, iban y venían, atendían el teléfono de los familiares que venían en viaje, ordenaban la casa y charlaban con nosotros.
 
Silvia nos recibió y comenzamos a charlar mientras Don Humberto se levantaba, "es que siempre se queda un poquito más en las mañanas así no toma frío", trató de excusar su hija. En ese momento, entre Silvia, una de las nietas, Muriel que se mantuvo todo el tiempo junto a su bisabuelo durante la entrevista, y yo, sacamos algunas cuentas de hijos, nietos y bisnietos, para tener una idea de cómo era la descendencia de este centenario hombre.
 
De esta manera, construimos verbalmente, el árbol genealógico de Don Humberto.
  
Padre de cuatro hijas mujeres, Lilia (71), Silvia (68), Elina (62) y Cristina (58); cada una con 4, 7, 3 y 3 hijos cada una, más un total de 25 bisnietos, la mayor, Nazarena, tiene 22 años, y el menor 3 meses. Por ahora no hay tataranietos, pero con la salud de hierro que luce don Humberto, podría llegar a conocer alguno tal vez.


 
Estábamos terminando de hacer estas cuentas con Silvia, cuando lentamente apareció Humberto, ayudado por un andador pero con muy buen ritmo para caminar. Gentilmente nos saludó y se sentó en un cómodo sillón que su bisnieta le acercó.
 
Mientras veía a este joven de 100 años sentarse, las preguntas se me agolpaban en la cabeza. Cuántas cosas se le puede preguntar a una persona que ha vivido 100 años, que ha pasado tantas épocas en la vida argentina y que ha conocido tanta gente.
 
Humberto o Bachi, como él mismo se identificaba cuando era chico, fue uno de los 13 hijos del matrimonio Ortiz. Toda la familia vivía en Rufino, Santa Fe, un pueblito que era muy chico a principios del siglo pasado.
 


Don Ortiz, el patriarca, trabaja en el ferrocarril y pasaba mucho tiempo fuera de casa, por eso la madre de Humberto, llevaba con gran destreza, las riendas de la gran casona en la que vivían.
 
Si bien no vivían en el campo, la casa era muy grande y había mucho espacio y animales.
 
Entre las anécdotas que Bachi recordó, nos contó que cuando era chico, era el encargado de ir todos los días a buscar la vaca para ordeñarla y darle la leche a todos sus hermanos. Y no era para menos tener que traer la vaca, ya que eran 13 hermanos en total, la mayoría mujeres y sólo tres varones.
 
El relato se interrumpió brevemente porque Bachi hizo una pausa y recordó con mucha tristeza la muerte del hermano mayor, cuando aún era muy joven.
 
Luego de unos segundos se repuso y continuó con su animada charla. Así fue como comenzó a relatarnos la anécdota de la vaca, "a mi de chico siempre me gustó mucho la leche, y quizás por eso era el encargado de ir a buscar la vaca y ordeñarla, porque antes de entrar con los tarros llenos de leche, me tomaba uno, dos y hasta tres vasos, justito ahí al pie de la vaca. Era leche muy cremosa, con espuma y tibia naturalmente", casi como contando una picardía, a Humberto se le enrojecieron las mejillas al contar su experiencia, y es que “al que reparte ...” .Eso sí, admitió, "después me dolía mucho la panza y casi no me podía mover".
 
“Cuando era chico tenía pocas pulgas”, dice, “ mi papá me llevó a la escuela Nacional de Santa Fe, y el primer día tuve un problema con otro chico, pelamos y de esa pelea me quedó una cicatriz en la mano, porque trató de lastimarme con una navaja”, cuenta mientras se busca en el reverso de su mano izquierda la famosa cicatriz.
 
Don Humberto llegó a Mendoza en la década del 50, con dos de sus hijas ya nacidas. Y es que tras haber trabajado casi 20 años en Molinos Minetti, decidió hacer un cambio y junto a un familiar, pusieron en marcha un corralón en Mendoza. Aquí terminó de formar su familia con la llegada de dos hijas más, y nunca más volvió a Rufino, solo para visitar viejos amigos, porque familia, ya no le queda.
 
Mientras la charla se desarrollaba, los parientes de Don Humberto iban llegando a la casa, todos listos para el gran festejo del domingo. Entre saludos y bienvenidas de los que llegaban, aprovecho un ratito y le pregunto ¿qué se quedó con ganas de hacer y no hizo?, sin meditarlo mucho, me contestó, “me hubiese gustado vivir en el campo, más en contacto con los animales y la naturaleza, también me hubiese gustado viajar más, aunque si viajamos mucho con mi esposa. Recorrimos todo el país, incluso nos fuimos en camioneta hasta Colombia, para visitar a nuestra hija”, "¿en camioneta?", le pregunto sorprendida. “Si, una Ford F 100 a la que le hice una cúpula y le puse unos bancos atrás para ir parando y dormir ahí. Viajamos con tres sobrinos más. Tardamos unos diez días en llegar, pero fue una hermosa experiencia”.


 
Y si hasta este momento estaba sorprendida por la aventura, más me asombró cuando me dijo que esto lo había hecho cuando ya tenía 70 años.
 
Hoy este hombre lleva una vida muy tranquila, vive con una de sus nietas, suele leer algunos libros, novelas que le resulten interesantes y todos los días trata de completar el crucigrama del diario. Le gusta mucho la música, solía tocar la flauta y el violín, y asegura que le hubiese gustado aprender a tocar la guitarra.
 
Son muchos de familia, por eso en la casa entra y sale gente siempre, nietos, bisnietos que van y vienen. Por uno de los llamados telefónicos, entiendo que Humberto es muy goloso, y le gustan los chocolates, se lo pregunto y me dice que si. En ese momento, Muriel, la bisnieta que nunca se separó de su centenario abuelo durante la entrevista, me asegura que Bachi y uno de los bisnietos suelen jugar a quitarse las golosinas.


 
Su compañera y esposa de toda la vida, Dominga, ya no está falleció a los 86 años en el 2000, la recuerda con mucho amor.
 
Antes de irme le pido a Bachi que me diga el secreto de estos cien años tan bien llevados, ya que además del andador que usa para ayudarse a caminar, sólo lleva puestos unos anteojos recetados, el diálogo en todo momento fue muy fluido y ameno. Simplemente me contestó que el amor y el respeto, son los consejos que él siempre les da a su descendencia. Insistiendo con mis preguntas le digo : ¿qué le gustaría hacer?, luego de unos segundos y con la voz quebrada dijo “vivir cien años más”, allí la emoción le jugó una mala pasada y las lágrimas asomaron por sus ojos, traté de consolarlo, y también su familia, pero no fue fácil.
 

*Autor: Lic. Viviana García Sotelo, editora MDZ