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“Los ejércitos permanentes deben desaparecer”

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Dada la fuerte polémica desencadenada a partir del anterior artículo “Hablemos de seguridad”, resulta oportuno aportar antecedentes para aclarar algunos puntos. En 1795 el filósofo alemán Immanuel Kant escribió:

“Los ejércitos permanentes son una constante amenaza bélica para los demás Estados porque siempre están listos para la guerra. Además, los gastos causados por el mantenimiento de un ejército hacen que la paz se vuelva cada vez más intolerable que una guerra corta. Cada Estado se empeña en superar a otros en armamentos, y como acrecentarlos constantemente motiva gastos destinados al ejército, ellos mismos son causa de agresión, como único propósito: liberar al país del peso de gastos militares”.

“Tener gente a sueldo para morir o matar implica usar al hombre como máquina a manos de otro, lo cual no se concilia con los derechos de la Humanidad en nuestra propia persona. Es diferente la existencia de ejercicios militares efectuados voluntariamente por los ciudadanos a fin de prepararse a defender su patria contra ataques de un enemigo exterior” (Kant, Immanuel. La paz perpetua, 1795; Edición moderna: Buenos Aires, Longseller, 2001 pp. 18-19).

Con estas palabras, Kant propone que los países eliminen los ejércitos permanentes porque percibía en ellos un polo de poder interesado en promover las carreras armamentistas y los conflictos o amenazas de conflictos. Y estos elementos tienen una tendencia natural hacia la generación de las guerras. Porque mientras más armas tienen, los generales se tornan más poderosos e incrementen su influencia dentro del bloque de poder. Lo cual a su vez, les facilita las condiciones para obtener más armas. Y en última instancia, cuando se acumulan armas, se termina por usarlas.

El pensador italiano Nicolás Maquiavelo, en El Arte de la Guerra (1521) ya advertía sobre los efectos perniciosos que podía tener para los asuntos del Estado, la influencia de los grandes poderes militares en tiempos de paz. Para el florentino, los ejércitos debían existir únicamente en tiempos de guerra y luego, al llegar la paz, cada oficial y cada soldado debía retornar al desempeño de un oficio productivo para no constituir una carga para el resto de la sociedad. En efecto, para Maquiavelo no es bueno que los militares estén cerca del poder porque “son la corrupción de su rey y ministros de la tiranía”. Por eso los súbditos “han de temer que el rey tenga cerca de alguien que en los tiempos de paz desee la guerra porque sin ella no puede vivir”. Y luego advertía:

“Si un rey no se organiza de modo que en tiempos de paz los miembros de su infantería se alegren de volver a su casa y vivir de sus oficios, necesariamente le conviene destruirlos; porque no hay infantería más peligrosa que la compuesta por quienes hacen la guerra como si fuera su oficio, ya que entonces te ves obligado o a estar siempre en guerra o a pagarles siempre, o a correr el riesgo de que te roben el reino. Estar siempre en guerra no es posible. Tampoco se puede pagarles siempre; necesariamente se corre el riesgo de perder el Estado” (Maquiavelo, Nicolás. El Arte de la Guerra (1521); edición moderna: Buenos Aires, Losada, 2003 p. 22).

Más adelante Maquiavelo puso el ejemplo de Roma y las distintas políticas que tuvo con respecto a los ejércitos permanentes:

“Los romanos, mientras fueron sabios y buenos, nunca permitieron que sus ciudadanos tomaran esta actividad como su oficio. (Pero después) Octaviano y luego Tiberio instauraron un ejército llamado pretoriano, que acampaba cerca de los muros de Roma, y era como una fortaleza junto a la ciudad. Y como entonces empezaron a permitir libremente que los hombres designados para esos ejércitos usaran la milicia como oficio, enseguida nació de allí su insolencia y llegaron a ser temibles para el Senado y perjudiciales para el emperador. El resultado fue que muchos murieron como consecuencia de esa insolencia, porque daban y quitaban el imperio a quienes les parecía; y a veces sucedió que al mismo tiempo hubiera varios emperadores. De tales cosas provino primero la división del imperio y después su ruina” (Maquiavelo, o.c., p. 23).

A partir del ejemplo histórico de los romanos, Maquiavelo llegó a la conclusión de la inconveniencia de mantener ejércitos permanentes:

“Si los reyes quieren vivir seguros tienen que tener sus infanterías compuestas de hombres que cuando es hora de hacer la guerra, vayan de buen grado a ella por su amor, y cuando llega la paz, aún más deseosos se vuelvan a sus casas. Lo cual ocurrirá si elige hombres que sepan vivir de otro oficio que no sea la guerra; que cada uno de ellos haga de buena gana la guerra para tener paz, y no busque perturbar la paz para provocar la guerra” (Maquiavelo, o.c., p. 24).

El pensador italiano entrega varios ejemplos para fundamentar su enfoque. Llegó incluso a citar el hartazgo el caso de los papas, que por entonces eran monarcas con poder territorial sobre cerca de un tercio de la actual Italia. Cansados de las deslealtaes de sus generales, el Papa Julio II terminó por eliminarlos y sustituirlos por los guardias suizos, “en tanto nacidos bajo la leyes y elegidos por la comunidad”. Pasaron los siglos y actualmente, en el Vaticano, la seguridad interna sigue en manos de los tradicionales guardias suizos.

Como se ha señalado, las carreras armamentistas generan acumulaciones de armas que a su vez, tienden a se empleadas en las guerras. Se trata de un proceso casi imparable que conduce a la muerte. Pero además, como la guerra y el peligro de guerra tienden a generar una realidad mítica, en ese espacio se legitiman también las condiciones para legitimar las carreras armamentistas. Le Shan lo explica en los siguientes términos:

“Desde la perspectiva mítica, nunca estaremos lo suficientemente armados para el conflicto. Nuestras defensas nunca son adecuadas para protegernos de las fuerzas del mal. El diablo siempre tiene nuevas armas, nuevos trucos. Nunca tenemos una certeza total acerca de nuestro poder, por eso siempre necesitamos una fuerza aérea más poderosa, más armas atómicas y así hasta el infinito” (LeShan, Lawrence, La Psicología de la Guerra, Santiago, Andrés Bello, 1992 p. 68).

Los hechos demuestran que los países han tendido a invertir cada vez más dinero en ejércitos permanentes. Así por ejemplo durante la Guerra Fría, la Unión Soviética dedicaba el 12% de su Producto Interno Bruto a la carrera armamentista, mientras que EEUU destinaba el 6%, siendo su economía el doble que la de su adversario. Una vez derrumbada la URSS, sus gastos militares se redujeron, no así los de EEUU el cual, para el año 2003  ha dedicado 355 mil millones de dólares a sus fuerzas armadas.

Mientras los ganadores de la II Guerra Mundial, EEUU y la URSS, destinaron cifras multimillonarias a la carrera armamentista, otros países optaron por el camino opuesto: limitar drásticamente sus gastos militares. Fue el caso de Alemania y Japón que, con esta política, contribuyeron a aliviar la carga de este tipo de gastos sobre el presupuesto nacional, lo cual facilitó la recuperación de sus respectivas economías en la segunda mitad del siglo XX. Así por ejemplo, en la Constitución de Japón, sancionada en noviembre de 1946, se incluyó la siguiente cláusula:

“El pueblo japonés, que aspira sinceramente a una paz internacional fundada en la justicia y el orden, renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación, y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de resolver conflictos internacionales. Con el objeto de dar cumplimiento a los designios del párrafo anterior, la nación nunca dispondrá de fuerzas armadas terrestres, marítimas o aéreas, ni de ningún tipo de potencial bélico. No se reconocerá el derecho de beligerancia del Estado” (Artículo 9 de la Constitución de Japón, sancionada en noviembre de 1946).

Esta decisión del gobierno japonés fue adoptada cuando el país no tenía pleno ejercicio de la soberanía, pues estaba controlado por el gobierno norteamericano. Recordemos que EEUU controló el poder en Japón desde la terminación de la II Guerra Mundial, en agosto de 1945, durante siete años, hasta 1952. Posteriormente, Japón recuperó su soberanía y su capacidad de tomar decisiones. ¿Qué sucedió entonces con este artículo de la Constitución Nacional? Se realizaron algunas reformas a estas disposiciones, mediante enmiendas e “interpretaciones” de la Carta Magna. Japón organizó algunas fuerzas militares, pero orientadas fundamentalmente a su defensa. Con estos mecanismos se logró acotar el gasto militar y evitar nuevas acciones bélicas por parte de Japón.

Según el politicólogo japonés Hiroshi Matsushita, el artículo 9 de la Constitución de Japón ha sido importante por dos razones: Primero: “aunque el pacifismo insertado en la Constitución fue modificado a través de distintas interpretaciones de la Constitución (reformas constitucionales vía interpretaciones), ha servido para frenar el retorno del militarismo o del valor guerrero”. Segundo, “estimuló la actitud prescindente del Japón en los conflictos internacionales, lo que ha evitado que el orden político interno se perturbara como consecuencia de los mismos” (Matsushita, Hiroshi. “La política japonesa desde la perspectiva institucional y funcional”.  Conferencia pronunciada en el marco de la Cátedra Japón, Universidad de Talca, 18 de agosto de 2003). 

Otro caso interesante de aplicación de este principio de Kant es Costa Rica. Este país centroamericano resolvió abolir sus fuerzas armadas. Así se dispuso como resultado de la rebelión popular de 1948, al cabo de la cual el ejército fue disuelto y la nueva Constitución estableció la prohibición formal de reconstituirlo. En estas acciones fue decisivo el liderazgo del líder socialdemócrata José Figueres Ferrer. Además, “en un acto simbólico, el cuartel de Bella Vista que albergaba al alto mando militar, fue convertido en Museo de Bellas Artes” (Sohr, Raúl. Claves para entender la guerra. Santiago, Mondadori, 2003 p. 82).

Paralelamente, Costa Rica alcanzó un acuerdo con EEUU para obtener su protección militar en caso de agresión por parte de un tercer país. Y cuando este sistema se puso a prueba, funcionó, como en el intento de invasión organizado desde Nicaragua en 1955, inmediatamente desbaratado por las fuerzas norteamericanas.

La experiencia de Costa Rica ha sido altamente exitosa. “Costa Rica ha obtenido importantes beneficios de esta alianza. Hoy es uno de los países mejor desarrollados, en términos de equidad, del conjunto de América Latina” (Sohr, Raúl, Claves para entender la guerra, Santiago, Mondadori, 2003 p. 83).

A estos antecedentes hay que sumar los altos costos que en la actualidad tiene la guerra debido al desarrollo de la tecnología. Las fuerzas armadas se debaten entre disponer de recursos cada vez más abultados para mantener el ritmo de la innovación, o quedarse en la obsolescencia. Se ha generado entonces una dinámica negativa que afecta especialmente a los países subdesarrollados, pues el gasto militar les priva de los recursos que con urgencia necesitan para promover el desarrollo social (salud, educación, vivienda), a la vez que grava las finanzas publicas, aumenta las deudas externas y eleva los costos del crédito.

En algunos países, la supresión de las fuerzas armadas resulta imposible por la pervivencia de hipótesis de conflicto con sus vecinos, o por el enorme poder relativo que, dentro del bloque de poder nacional, mantienen las fuerzas de derecha asociadas a los militares. Esos países tendrán que pagar un alto costo social por mantener una parte importante de sus recursos en gastos improductivos. En cambio otros países tienen la ventaja de haber superado las hipótesis de conflicto por estar en paz con sus vecinos, y haberse librado de la influencia militar en la dirección del Estado, precisamente por los abusos cometidos por los uniformados. A partir de estos antecedentes, cada pueblo tendrá que buscar el camino más adecuado para sus intereses.