Peleadores de la noche
La fauna nocturna es un territorio social. No obstante un espacio nómade que se va conquistando noche tras noche por bandas de pibes que encuentran allí, y tal vez solo allí, la terapia colectiva que no le ofrecen las políticas culturales, la familia o el amor. Las clásicas piñaderas a la salida de un boliche, el sillazo que irrumpe en la apacible noche sobre la cabeza de un cristiano, por mirarse mal con otro o por una piba que relojea desafiante al seductor.
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El circuito que empezó en el drugstore continúa en el pub o en el boliche, y, de allí, un patrullero o una ambulancia serán los cocheros que transporten los restos de los reos y los lancen a una cama de hospital público, a una guardia atestada de desesperados maleantes. Algunos salen a pelear desde el vamos y otros se encuentran en plena pelea sin saberlo, muchos menos imaginarlo cuando se empilchaban frente al espejo a las diez de la noche.
Es en el celaje indefinido cuando la derrota es patente de corso y cada pirata vuelve a su buque de guerra, a dormitar la mona y esperar la jornada confusa entre mate y tortitas raspadas. Los peleadores están en sitios de encierro: el hospital y el calabozo. Los peleadores tienen sangre cuajada en sus bocas de fuego que arden de dolor con el primer trago de agua que concede la enfermera o el agente policial.
Si la primera llamada telefónica desde la comisaría no es a la madre es porque no la tienen en vida, y por eso la sufren, y por eso le prometen no volver a las andanzas en un tatuaje en código en el hombro derecho.



