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¡Urgente! desde el volcán

Un apocalipsis labial, que sabe a infierno puro como vino hirviendo, atraviesa la garganta del mendigo. No habrás más penas ni olvido. A sus plantas rendido un león. Las aguas bajan turbias y saladas, y bañan los caseríos pobretones que, de terremoto en terremoto, van carpiendo la vida a salivazos.

Aquí, desde el hoyo mismo del volcán, la habas no se cuecen, más bien se achicharran al instante. Cualesquiera que fueran los verdugos que esperan allí abajo, recibirán su mal paga moneda. Es que aquí desde el volcán, desde el hoyo mismo del volcán, nadie atina a discutir la fuerza irresistible de la naturaleza violenta del mensaje.

Un apocalipsis labial, que sabe a infierno puro como vino hirviendo, atraviesa la garganta del mendigo. No habrás más penas ni olvido. A sus plantas rendido un león. Las aguas bajan turbias y saladas, y bañan los caseríos pobretones que, de terremoto en terremoto, van carpiendo la vida a salivazos.

Son esos guachitos chamuscados los únicos que se salvan porque se reproducen de a miles. Saldría una tómbola su exterminio (visto ya, parecen hasta necesarios) Pobres diablos sin religión, pobres ángeles sin arpa. Tipillos que asestan golpes con diapasones en la nuca cuando estás desatento. Ellos no manyan la on line, más bien la transan por paco, unos tintos box y una birras tibias de otoño.

No hay vuelos de la noche para ellos. Serán perdidos en la nube de ceniza cuando el cielo baje su persiana gris acicateando cuellos de jirafas atragantadas por mendrugos humanos. Si, en Mendoza hay jirafas, y todas están escondidas en el Cacique Guaymallén con sus cogotes hechos nudos; aunque no las veamos, ellas, están allí esperando el cedazo.

Miles de cotorras anuncian la partida de estación porque en el área ya no hay perfumes. Todo ha sido absorbido por el resuello del volcán, que sopla y resopla un fuego milenario, ansioso por parir, lengüetas mistongas para suburbios de montañeses. Se fue el agua, se fueron los gases, no hay bien que por mal no vayan. Y las palomas viejas, esas que ves inconscientes, han decidido quedarse a esperar el exterminio en los sótanos de la Casa de Gobierno y en la Secretaría de Turismo.

No es humo, no. Tampoco una cortina de humo. Es el manto de veneno que noquea al turista y al paisano, menos, al pendejito birroso que se plantó en el acceso sur a parar los autos con sus huesos.