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La zoociedad y los nadies

¿Es que están todos condenados acaso? ¿Es que sólo se trata de partenaires de la sociedad moral que se une contra ellos? A los malditos, ni el purgatorio los espera. Y el amor, los desespera.

El tipo que todos los días se toma el micro a las seis de la matina, todos los días de su vida. La enfermera que labura noche tras noche en el hospital. El vendedor de diarios que sale a las cuatro al reparto. El panadero que calienta el horno a las tres de la mañana, el obrero fabril que espera en la esquina el micro que lo depositará por varias horas en el galpón, o la prostituta que taconea por esquinas oscuras para juntar el mango.

El niño que pide monedas a cambio de las estampitas más fieras del mundo. La señora que barre la vereda a la madrugada y luego se toma unos mates, sola, esperando no sabe qué. El tachero que le pega las 12 horas de corrido y vuelve reventado a la casa. El estudiante adulto del CENS que se la pasó el día en dos laburos y a la noche estudia. El puestero, el albañil, el cosechador.

El recolector de basura, la vieja que cura en el barrio la ojeadura o la que pone inyecciones clandestinas a las cuatro de la matina a embarazadas o a niños con el pecho cerrado. El sereno que duerme a medias. El vendedor ambulante de medias de algodón casa por casa. El administrativo del más bajo rango que le hace trámites personales a su jefe. El pibe que entró a la universidad pública y tiene una beca para morfar en el comedor y otra para el micro y otra para las fotocopias, pero no sabe a qué año llegará cuando explote su situación familiar.

Los jóvenes que dejan de serlo porque tienen niños a los 18 años y laburan en lo que venga pa` parar la olla. El cuidador de enfermos terminales. Las amas terapeutas. La bailarina del circo que no puede amar. Los que no tienen gas natural, y, desde este otoño que nace, ya están dándole hacha a los leños para acopiar alimento para el fuego del invierno. Los que se enamoran en el trole y no tienen tiempo. Todos ellos, juntos o separados, esperan el milagro mientras hacen la diaria. Todos juntos o separados, pasan y miran desde afuera del vidrio, cómo la otra parte de la “zoociedad” toma el consabido Campari con naranja, la cerveza Stella, mientras lanzan carcajadas rodeados de extranjeros.

Y por qué no el cuchillero o el malandra, el adicto sin rumbo o el desesperado alcohólico que deambula en la ciudad desnuda. Por qué no el asesino que espera en la guarida, con su brazo sangrando por la bala policial, maltrecho y tardíamente arrepentido. Por qué no el que no tiene más fuerzas para laburar y perdió todo, hasta su dignidad. Y por qué no. O ese pibe que encuentra integración en la matufia de su barrio militarizado y responde a balazos la ocupación. ¿Es que están todos condenados acaso? ¿Es que sólo se trata de partenaires de la sociedad moral que se une contra ellos? A los malditos, ni el purgatorio los espera. Y el amor, los desespera.