|
Monstruos acuáticos
Hacía por los menos 6 años que no visitaba el Parque General San Martín un domingo por la tarde. Esas cosas de uno; la dejadez frente al tele, mirando sin mirar lo que venga para que el tiempo pase. Los domingos son tristes por naturaleza social. Es el día previo al arranque de la semana de laburo, y, sabes, que las horas gotean cansinas, como las muertes lentas que no quieren despedirse.
Hacía por los menos 6 años que no visitaba el Parque General San Martín un domingo por la tarde. Esas cosas de uno; la dejadez frente al tele, mirando sin mirar lo que venga para que el tiempo pase. Los domingos son tristes por naturaleza social. Preguntále al Cristiano Ronaldo. Es el día previo al arranque de la semana de laburo, y, sabes, que las horas gotean cansinas, como las muertes lentas que no quieren despedirse. Tratás de inventarte algo en tu casa, sólo o en familia, algo para tu espíritu. Cuando llega el atardecer como estocada, es la angustia suave la que manda. Y siempre estás pensando en el lunes, desde cualquier domingo del mundo. En fin, ontológicamente, el domingo, es triste. Lo será de por vida, a pesar de tu inútil voluntad de hierro.
Te crees fuerte, y tal vez los sos, menos el domingo por la tarde. Socialmente, es el día de nuestra debilidad manifiesta. Los demás, los seis días de la semana, te miden, te prueban, y ahí sos vos a pleno, con un tajo en el pecho sin cicatrizar. Que cicatricen los ciervos en el paraíso de la Nathional Geografic. Aquí, somos ciervos que sentimos el diente del león sin la cámara que te vende como víctima. Somos, parte de la lucha por la sobrevivencia. Es más, somos animales confundidos, y no entendemos por qué el capitalismo inventó la plusvalía. Somos plusvalía, hecha carne, deprimida. Y si no, damos la guerra con lo que tenemos, aunque más no sea para honrar la derrota.
El domingo pasado quise luchar contra ello, y pensé: “el último domingo para despedir el verano de 2010”. Pretendí un cambio, chiquito, ínfimo, casi imperceptible, refrescante. Les propuse a mis pibes que fuéramos con sus patinetas y la perrita “clara” a recorrer los bosquecitos del parque y rodear el lago caminando. Saltaron de alegría, como perro con dos colas con la propuesta. Y así fue. La idea era llegar al lago, y ahí, armar un plan de momento pero sin mucho cálculo.
-
Te puede interesar
Argentina en alerta: siguen creciendo los ciberataques a empresas y personas
Primero la patinetas. Unos tramos largos, algunas caídas, un par de raspones en las rodillas; cosas por el estilo. De golpe nos cruzamos al lago a ver, más bien a imaginar, “monstruos acuáticos”; ese era el plan, quién podía divisar monstruos acuáticos. El primero que advirtió a uno de ellos fue el más chiquito de mis niños, como corresponde a su inagotable imaginación de 4 años.
-“Mirá papá, ya lo vi, está allá en el medio, mirálo, mirálo”.
-“¡Siiiiiiii! -dijo la nena, ¡Es verdad, mansoooo!”.
Se trataba de un montón de basura congregada que, a lo lejos, parecía exactamente un monstruo acuático. Tenía hasta cuernos. Sonreí y les aseguré que eso no era nada, que bajo el agua, vivían miles de ellos y que hasta había tiburones.
-“Guauuuu”, exclamaron los más chicos ante la mueca cómplice de los hermanos más grandes que se prestaron al juego.
Seguimos con las patinetas bajo el brazo a observar más animales.
-“Papá… papá, hay pececitos chiquititos, miles, mirá, se están comiendo una galleta”, comentó uno efusivo.
Algunos niños en el lugar jugaban con botellas plásticas atadas al cogote, intentando succionar esos pececitos.
-“Están pescando”, les dije a mis niños.
-“Papi, yo quiero pescar como ellos”, dijo el chiquitín.
-“Ya lo haremos mi amor”, garanticé, “Cuando vengamos otro día preparados como ellos”.
Continuamos el rodeo y nos detuvimos en el Rosedal, precisamente en la escultura del ciervo devorado por pumas, brillando al sol, atractiva, imantando al caminante curioso.
-“¿Se lo están comiendo de verdad papi?”.
- “No hijo, es una escultura, pero así se los comen en los bosques y en la selva”.
-“Uuuuuu”, expresaron a coro.
Luego cruzamos frente al Rosedal hacia el Laberinto.
-“Hijos”, le dije, “ahora hay que tener muchísimo cuidado, en este laberinto viven zombis, de esos que asustan a Scooby-Doo; hay que estar muy juntos y de la mano para no perderse”.
Ellos sabían, intuían la aventura imaginativa y participaban del cuento vivo. Sin embargo, el Laberinto estaba cerrado con candado, abandonado.
-“Uy papi, yo quiero entrar” reclamó uno.
-“Es que está cerrado, deben haber cazado a muchos zombis aquí; además parece que lo están arreglando”, ensayé.
Para cambiarles el desánimo, divisé esa escalera de cemento que te lleva en caracol a la nada, uno metros atrás del laberinto.
-“Miren chicos, vamos a esa escalera caracol, allí subiremos para escapar de los pumas”
Corrimos hacia ella y subimos. Habremos estado unos veinte minutos arriba oteando a los paseantes. Medio apretados, compartimos el descanso anodino de la escalera con dos franceses y dos americanas que charlaban. Mi hijo mayor, con su incipiente francés, se metió en la conversa y empezó a preguntarles de fútbol. Entusiasmados los franceses, comentaban sobre los equipos y jugadores de su país. Eran marselleses de primera mano, blancos, franceses autóctonos. Mi hijo quedó chocho con el intercambio cultural. Las americanas sólo miraban y tomaban agua mineral. Saludamos y nos fuimos a las playas serranas.
Era el final de la gran vuelta al lago de los monstruos acuáticos; transpirados, fuimos a por el agua de los bebederos. La tarde caía sin más pero no golpeaba, al menos, fue suave, soportable. Coronamos la anti tristeza de domingo con unos exquisitos helados de palito.
“Que se repita” pensé, mientras un bote con su remero traspasaban el montón de basura con cuernos, ese que tenía pinta de monstruo acuático.
-“¡Se lo va a comer papi!” señalaba el chiquitín, azorado, con su índice apuntando hacia el lago.
-“¡Siiiiiiii! -dijo la nena, ¡Es verdad, mansoooo!”.
Se trataba de un montón de basura congregada que, a lo lejos, parecía exactamente un monstruo acuático. Tenía hasta cuernos. Sonreí y les aseguré que eso no era nada, que bajo el agua, vivían miles de ellos y que hasta había tiburones.
-“Guauuuu”, exclamaron los más chicos ante la mueca cómplice de los hermanos más grandes que se prestaron al juego.
Seguimos con las patinetas bajo el brazo a observar más animales.
-“Papá… papá, hay pececitos chiquititos, miles, mirá, se están comiendo una galleta”, comentó uno efusivo.
Algunos niños en el lugar jugaban con botellas plásticas atadas al cogote, intentando succionar esos pececitos.
-“Están pescando”, les dije a mis niños.
-“Papi, yo quiero pescar como ellos”, dijo el chiquitín.
-“Ya lo haremos mi amor”, garanticé, “Cuando vengamos otro día preparados como ellos”.
Continuamos el rodeo y nos detuvimos en el Rosedal, precisamente en la escultura del ciervo devorado por pumas, brillando al sol, atractiva, imantando al caminante curioso.
-“¿Se lo están comiendo de verdad papi?”.
- “No hijo, es una escultura, pero así se los comen en los bosques y en la selva”.
-“Uuuuuu”, expresaron a coro.
Luego cruzamos frente al Rosedal hacia el Laberinto.
-“Hijos”, le dije, “ahora hay que tener muchísimo cuidado, en este laberinto viven zombis, de esos que asustan a Scooby-Doo; hay que estar muy juntos y de la mano para no perderse”.
Ellos sabían, intuían la aventura imaginativa y participaban del cuento vivo. Sin embargo, el Laberinto estaba cerrado con candado, abandonado.
-“Uy papi, yo quiero entrar” reclamó uno.
-“Es que está cerrado, deben haber cazado a muchos zombis aquí; además parece que lo están arreglando”, ensayé.
Para cambiarles el desánimo, divisé esa escalera de cemento que te lleva en caracol a la nada, uno metros atrás del laberinto.
-“Miren chicos, vamos a esa escalera caracol, allí subiremos para escapar de los pumas”
Corrimos hacia ella y subimos. Habremos estado unos veinte minutos arriba oteando a los paseantes. Medio apretados, compartimos el descanso anodino de la escalera con dos franceses y dos americanas que charlaban. Mi hijo mayor, con su incipiente francés, se metió en la conversa y empezó a preguntarles de fútbol. Entusiasmados los franceses, comentaban sobre los equipos y jugadores de su país. Eran marselleses de primera mano, blancos, franceses autóctonos. Mi hijo quedó chocho con el intercambio cultural. Las americanas sólo miraban y tomaban agua mineral. Saludamos y nos fuimos a las playas serranas.
Era el final de la gran vuelta al lago de los monstruos acuáticos; transpirados, fuimos a por el agua de los bebederos. La tarde caía sin más pero no golpeaba, al menos, fue suave, soportable. Coronamos la anti tristeza de domingo con unos exquisitos helados de palito.
“Que se repita” pensé, mientras un bote con su remero traspasaban el montón de basura con cuernos, ese que tenía pinta de monstruo acuático.
-“¡Se lo va a comer papi!” señalaba el chiquitín, azorado, con su índice apuntando hacia el lago.