Las historias de ánimas que moran en el diario Los Andes
Los ruidos de cadenas y rieles en los subsuelos... Y el señor y la señora que circulan por los pisos de la parte más antigua de lo que fuera la casa de los Leal Serú, a principios del Siglo XX. Cómo son los fantasmas que aún hoy atemorizan a los habitantes de una casona plena de recuerdos.
Dicen que por las noches, aun hoy, ni siquiera los guardias se animan a bajar a los pisos inferiores del centenario diario Los Andes, cuando los sonidos de la casa les hacen percibir cosas que en los monitores de vigilancia no se ven.
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Dicen también que no todos en esa casa pueden ver lo que se ve, y que sólo algunos de los habitantes son capaces de percibir los pasos sin eco en las antiguas escaleras de madera de la parte vieja del diario, y que unos pocos pueden sentir el frío en la piel cuando advierten la presencia de una mujer canosa que pasa rauda, diáfana y sin sueño por los pasillos de Publicidad, donde estuvo la antigua rotativa durante buena parte del siglo XX . A veces, cuentan, a la mujer la acompaña un caballero.
¿Serán los fantasmas del pasado? ¿Serán los antiguos visitantes de la familia Leal Serú, propietarios de la vieja casona a la que se mudó el diario allá por los años ’30 desde San Juan y Lavalle? ¿Aquellos espíritus que moran en la casa tendrán que ver con los rieles para llevar bobinas, o con el plomo y la impresión del papel de diario; o con las antiguas caballerizas de la familia Leal Serú, que daban a lo que hoy es Primitivo de la Reta, en el actual sector de publicidad y administración del matutino propiedad de Clarín y los herederos de Adolfo Calle?
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Quienes conocen los secretos del edificio de la calle San Martín 1049, un lugar que combina la modernidad con los rasgos arquitectónicos, el estilo y la construcción de fines del siglo XIX y principios del XX, juran y aseguran que desde que Luis María Casero compró la propiedad en la década del ’30, los fantasmas hacen de las suyas. Pero que no fue sino a finales de los setenta cuando empezaron a hacerse sentir con más intensidad.
Así, quienes han pasado por la casa recuerdan con claridad el haber sentido pasos firmes, de zapatos de señor, en las escaleras de madera que llevan a las antiguas habitaciones de la parte delantera. Son las que con los años se convertirían en oficinas con vidrios en los que estaban biseladas las iniciales L y S de la familia Leal Serú, y que con el tiempo serían reemplazados por otros cristales, más impersonales. La caminata fantasmal empezaba cerca de la medianoche, y terminaba con el alba. Lo mismo que, cada tanto, en las noches frías y claras del invierno suelen escucharse desde las entrañas mismas de la antigua casona de la calle San Martín, el ruido inconfundible de cadenas reptando por los pisos. En ocasiones, en lugar de los pesados eslabones de hierro, lo que se percibe es el movimiento de vetustos carros sobre rieles, que se utilizaban para mover las pesadas bobinas de papel hacia las prensas.
Si hay un lugar en Mendoza en el que los fantasmas pueden sentirse a gusto es en Los Andes. Los viejos maderos, los techos altos, el olor inconfundible de los arcones, el piso gastado de los altos, crujiente y pleno de recuerdos… En ciertas partes de esa casa, cuentan que al cerrar los ojos se puede percibir el olor de la memoria, en una mezcla de tabaco, trajes antiguos, pana, humedad, madera, kerosene y tinta.
La oscuridad aterradora de los lugares más abandonados de la vieja casa de los Leal Serú, alberga a unos cuántos espectros del pasado, que asustan y ponen en guardia a los atrevidos que recorren los subsuelos en las noches del edificio. Es la historia que va de boca en boca y de generación en generación. Una que no se escribe, pero se cuenta. Y que es tan cierta como la del papel de diario.



