Relato de Navidad: la prostituta exquisita
Todavía queda en mis dedos el perfume de la crema que unté en sus nalgas. Paula, como dijo llamarse, es una joven prostituta exquisita, morocha de nariz prominente y de una altura considerable. De piernas largas y finas, muy suaves. De una andar firme en el contoneo de presentación. Diligente. Fueron apenas 20 minutos, no más. Su piel brillaba como la pelambre de los caballos azabaches. “¿Querés tomar un fresita?”, “dale, gracias”.
Subimos por la escalera de la gran casona. Ella primero que yo. Música de tacones y un hermoso culo que hipnotizaba. Ligas, una tanguita muy delgada y una solerita entallada negra vestían a Paula. “Una mujer para vivirla” pensé. Me dispuse a ponerme fresco y pedí el baño. Saqué mi papel de cocaína y me lo tomé todo, de un solo saque. Estaba hecho una furia, en llamas, presto a devorarme a la mejor presa de la selva noctámbula, claro, por 50 mangos, pero la mejor presa al fin y al cabo. Al fresita me lo tomé de un sorbo largo. Reparador y fresco para una garganta taimada.
Una cama enorme nos esperaba para la cita sexual. Observé un pote crema en la mesita de luz y lo agarré sin cavilar. Le pedí a Paula se diera vuelta y que parara su culo, en cuatro patas, que quería untárselo con mis manos y recorrer su cuerpo, resbalando. Ella accedió y en minutos estábamos embadurnados los dos, cogiendo como perros. El tiempo marchó volando pero logré correrme en una arremetida final que me dejó exhausto, mirando el techo de la habitación, ahogado. Paula se incorporó y rápidamente bajó las escaleras, “te espero en la puerta del living”, me dijo, de espaldas, cuando salía.
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Fugaz como la noche de verano, así es y así se hace. Como animales en celo, sin pensar demasiado, todo es instinto que calma a las fieras. Me vestí con sosiego, medio apaleado, mi cuerpo pedía a gritos una lata helada de cerveza y una cama. “Chau querida” le dije, acariciando su cuello, corriéndole el pelo suavemente para luego besárselo. “Adiós, te espero” soltó.
Ya en las calles desiertas de la madrugada, fui en busca de un pancho con cerveza. En un piringundín obtuve lo que buscaba y me fui lento, muy lento, demasiado lento, oteando el horizonte, guiñando a esas malditas madrugadas de sol, en dirección a mi cama.

