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¿Las fiestas son una mierda?

Decía, diciembre pega, al final, duro, seco, de frente o por la espalda, zamarrea, te deja blando el cuerpo, se te viene el balance, ese maldito balance del final de fiesta, en la resaca del calendario. Mamma mía. No podes tragar a veces ese lechón frío ni con un balde de clericó.

Es en diciembre cuando se te arruga el cuore. Empieza a sentirse tipo 5 o 6 de diciembre, de ahí en adelante, cuando las fichas caen y, el año, uno más, ya lo sabés, se ha ido para siempre. Y andas con un nudito en la garganta, caminando más lento que de costumbre, medio sensiblón, como si fueras a largar el llanto con el primero que te acaricie el alma. Y cuando ya no sos un pibe, que piensa solo en farrear en las noches de las fiestas, o en las vacaciones merecidas luego de terminar bien el cole, te pega.

Diciembre te pega, empieza suavecito como les decía, allá por el 5 o por el 6, y te va arrimando, perezosamente, para zamarrearte un poco más cerca del 20 o 21. Sobran las juntadas y las despedidas del año donde se dice lo de siempre, pero una vez más enfila el recuerdo de los que ya se fueron, lejos o lejísimo. Y talla la ausencia. Hace mella la ausencia. Por eso cualquiera que ahonde un poquito en una charla, te larga la típica “para mí las fiestas son una mierda, un bajón”.

Sí, ya sé, te juntás con tus tíos que no ves casi nunca en el año, la familia unida, por unas horas, el 24 con unos, el 31 con otros. Las noches frescas, alguna lluviecita que redime; pero igual, la sensación es que son una mierda. En todo caso, es bonito ver a los chicos, a los más niños, con la ilusión de los juguetes el 24 a las doce, cuando alguno se disfraza de Papá Noel y entra por el portón con un bolsón de regalos. Verles la cara a los niños es cuanto menos justificable esa noche de ornamentos.

Decía, diciembre pega, al final, duro, seco, de frente o por la espalda, zamarrea, te deja blando el cuerpo, se te viene el balance, ese maldito balance del final de fiesta, en la resaca del calendario. Mamma mía. No podes tragar a veces ese lechón frío ni con un balde de clericó. ¿Qué carajo hiciste en el año? ¿A cuántos dejaste de ver tantos meses sin levantar el teléfono por miedo a que no estén más, no atiendan, o te digan, “no, acá ya no vive más”?

Y es diciembre enterito, porque cuando empiece enero viene el relajo, como una tensa calma que empieza a laburarte la bocha y te hace sacar un poco de fuerzas para proyectar el año nuevo. Que quién sabe, será mejor o peor. Apostemos por lo primero.