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"Pensé en invitarlo a que nos suicidáramos juntos"

Pensé en invitarlo a que nos suicidáramos juntos. La gran posibilidad para animarse, dos lunáticos al borde del abismo, parados en el acantilado. Tirarnos de la mano con los ojos bien cerrados y los dientes apretados.
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ
Foto: Gerardo Gómez/ MDZ

Me inventé tener hambre y salí despedido del departamento hacia la calle. Evité auscultar la heladera para no quedarme bajo llave –ya hacían tres días que no asomaba al vecindario- por ello me fui insomne, sin apetito, a obligarme con un pancho y tomar una lata helada de cerveza a una esquina 24 hs; apenas a 6 cuadras de mi guarida. Hacía tiempo que no salía por la zona y menos un día de semana a eso de las 3 de la madrugada. Me pareció atractivo levantarme y cambiarme como si saliera a trabajar. Corría, a contramano, un celoso viento frío. Nomás recorrí los primeros cien metros me topé con las bolsas de basura para perros que vagaban erráticas por las veredas, algunos pañales hediondos, tampones y restos de tallarines de sobras de heladera. Trabajo para perros y de perros, me dije, comida para gatos y merodeadores. Cojonudas cuadras, a esa hora, para escudriñar el perfume de las horas de la nada. Perder calles, caminándolas, perdido.

El mismo templo evangelista y las mismas publicidades, zapaterías y negocios de ropa de segunda, una hilera de gomerías bajo una sórdida soledad de madrugada otoñal. Una estética ciruja y de abandono. Fotografías para revistas del desencanto y la desazón. Nadas. Silencios de humanos estresados que al otro día, en pocas horas, deberían levantar persianas, sin aceite, de los negocios. Portones ruidosos de donde saldrán autos con familias enteras con caras de culo. Eso mismo. Lo cotidiano.

El viento en la cara me despabiló de la modorra mientras un micro sin conductor pasaba como un fantasma, atiborrado de pacientes. Taxis libres y perros libres. La desconexión.

Llegué a la esquina del pancho y las luces del sitio me conectaron con la fauna. Jóvenes de la noche que venían de rascarse las pelotas de algún lado, algunas nenas con las tetas paradas y un par de barbudos que iban por la quinta birra. Hice cola para el pedido y noté a mi lado a un acompañante. Era un viejo -o un tipo con cara de viejo-, barbudo y sin dientes, petiso, marginal, pero con vestigios de clase media derrumbada. Un lunático.

-Hola señor, me dijo el lastimoso con cara de borrego

-Hola, le dije- sin mucho entusiasmo

-¿Usted no me daría un poco de plata para comprar los medicamentos?

-No

-Por favor, hace tres días que no los tomo, por favor señor

-Yo vengo a comer un pancho, si querés te invito uno

-No gracias, yo quiero una hamburguesa

-Ah, encima que te invito con un pancho… ¿Por qué no pedís la carta y llamamos al mozo?,
contesté con cinismo

-No, no señor, gracias… pero yo quiero una hamburguesa

Pensé en mandar a la mierda al tipo. Me estaba tomando el pelo y yo, como un boludo, -el único que le dirigió la palabra en la fila-, intentaba convidarlo con algo caliente para comer. Pero no, el borrego degollado quería una hamburguesa.

Sus ojos vidriosos se clavaron en los míos. Por un rato largo. Pensé en sus ojos, y me metí dentro de ellos, como en un sueño surreal bucee y bucee por dentro de esa lámina acuosa, una lágrima eterna que lo protegía y lo amparaba. Era un derrotado, un cansado más que había bajado la guardia en esta sociedad maldita, un tipo dispuesto sin más a sentir el desprecio de la gente y colgar sobre sus hombros toda la angustia de este mundo. ¿Quién carajo era yo para no aceptar su pedido?, “una miserable hamburguesa”. Su mirada seguía firme sobre mi rostro. Yo salí de sus ojos de vidrio y le dije, “dale”  ¿Y para tomar?

-Una coca, no tomo alcohol, dijo

-Ok, ¿Cómo te llamás?

-Patricio

-Encantado,
le dije, estirando mi mano derecha, yo Marcelo

-Gracias señor Marcelo, gracias

-De nada, Patricio

Nos sentamos en una mesa y llegó nuestro pedido: una hamburguesa, una coca, un pancho y una lata helada de cerveza.

-Comamos, le lancé

-Permiso señor, me dijo, mientras hundía su cabeza en el plato

Unos minutos en silencio bastaron para que devoráramos esa comida. Patricio lo hizo con desesperación, y su barba entrecana retenía restos de mayonesa y lechuga.

-Limpiáte ahí Patricio, le marqué, señalándole el mentón. Ahí.

-Si, sí señor, gracias.

-Patricio, decime, ¿Qué medicamentos tomás?

- Yo tomo Venlafaxina, una medicación antidepresiva, y Clonazepan para dormir.

No bien terminó su respuesta, un hielo recorrió mi espalda. “Venlafaxina, Clonazepan” nombres que rebotaban, que hacían eco en mis oídos. No dijo cualquier cosa, dijo Venlafaxina y Clonazepan. Patricio no mentía, pensé.

-¿Dónde te dan esa medicación?

-En el Hospital Pereyra, pero tengo que ir a ver al médico para que me los dé y no he ido.

-Yo tengo, le dije con seguridad

Patricio se atragantó con un trago largo de coca y otra vez insistió con sus pedidos desesperados, con una voz quejosa y quebrada, como un lamento recóndito, como un chillido.

-Por favor, señor Marcelo, deme unas pastillas, por favor, se las compro, tengo 26 pesos, se las pago…por favor (me decía, mostrando los 26 pesos que sacó de su bolsillo) Es lo único que tengo…

Patricio estaba en plena abstinencia de la droga, y su estado permitía comprender todo lo demás: su temblor, su mirada viscosa a punto del llanto, su desesperación por auxilio. Y yo tenía en mi casa esa droga, tenía suficiente cantidad de una caja que me había quedado cuando la dejé de usar hace unos meses. No hay casualidad en este mundo.

-Vamos, le dije, vamos a mi casa que te las doy.

-Gracias señor Marcelo, muchas gracias, Dios me lo puso a usted en mi camino.

-Pues has tenido mucha suerte entonces. ¿Qué ha pasado con tu vida Patricio?

-Soy esquizofrénico, por eso las tomo, depresivo, tengo todo el día mucha angustia. Yo vivo en la pieza del fondo de la casa de mi hermano. Solo. Hace años que no veo a mi hija porque se la llevó mi esposa a Chile y no sé nada de ellos. Me siento muy triste.

-No es para menos Patricio, solté.

Pensé en invitarlo a que nos suicidáramos juntos. La gran posibilidad para animarse, entre dos lunáticos al borde del abismo, parados en el acantilado. Tirarnos de la mano con los ojos bien cerrados y los dientes apretados. Pensé en eso, pero no se lo dije, no me animé. No es fácil suicidarse en este mundo. Caminamos lento por la calle desierta. Eran las 4 de la madrugada y las farolas amarillas sombreaban nuestros pasos. Éramos dos tipos cansados que el viento amontonó en una esquina y, como bolsas de basura, revoloteábamos por las veredas, trocando noche por vida, cansándonos más para dormir al calor de las hojas, como perros de la calle, él y yo, despidiéndonos, en la puerta de mi casa con un abrazo. Y yo mirándolo cómo se iba lento con sus pastillas, su espalda tenía alas sin fuerza, por eso lo soplé una y otra vez para que llegara a la esquina, y doblara, para perderlo.