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Nacimientos
El autor, destacado poeta y hombre de radio de Mendoza, nos deja un elevado texto que, naturalmente, aborda la naturaleza humana y el margen de libertad en nuestras acciones. Un puñado de palabras para llenarlas de silencio con nuestra lectura.
Obligados a vivir entre la penumbra y la telaraña de los suspensos.
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Con la noche arrodillada intentando corroborar una filología de desvanes. Tratando de rescatar, del ineludible tiempo, la misteriosa casualidad.
Obligados a remar entre la sospecha y el olvido.
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Con la alfarería de la soledad pronunciando una pesadilla de malvones amaestrados. La inexpresable violencia de los verdugos de la calma.
Obligados a crecer entre el rocío y la flor.
Con un suspiro de pensamiento universal, entre los apuntes, que sorprende a Aristóteles con un aerosol en la mano ultrajando los muros del vecindario, el territorio eremita de las libélulas.
Obligados a aprender entre la palabra y los etcéteras.
Con el espacio propio desfigurado por la mecánica rutina de cotillón, por el continuo deslumbramiento de la longevidad ante los links de la fantasía.
Obligados a penetrar la simetría de la melancolía, entre el canto boreal y la lágrima sonora.
A través del páramo ardiente, de las proféticas sibilas de la inconsciencia, de la lectura inútil de los prospectos. De las cosas sin densidad que pegan golpecitos en el corazón.
Obligados a la credulidad entre el infierno y el fuego.
Sorteando los otros momentos, las caricias de la comprensión, el latido de los bosques, la fascinación ante una inefable idea nocturna.
Obligados a mantener el rumbo entre la cólera y el espanto.
Seducidos por los árboles que no arden, por la brocha del psicoanálisis sobre el discurso quebrado. Por los días de sol, por las estampillas de lugares remotos.
Obligados a contemplar.
Entre el carbón y la brasa, el oxígeno roto, el metal orgulloso, la espera. El milagro detenido.
Con un suspiro de pensamiento universal, entre los apuntes, que sorprende a Aristóteles con un aerosol en la mano ultrajando los muros del vecindario, el territorio eremita de las libélulas.
Obligados a aprender entre la palabra y los etcéteras.
Con el espacio propio desfigurado por la mecánica rutina de cotillón, por el continuo deslumbramiento de la longevidad ante los links de la fantasía.
Obligados a penetrar la simetría de la melancolía, entre el canto boreal y la lágrima sonora.
A través del páramo ardiente, de las proféticas sibilas de la inconsciencia, de la lectura inútil de los prospectos. De las cosas sin densidad que pegan golpecitos en el corazón.
Obligados a la credulidad entre el infierno y el fuego.
Sorteando los otros momentos, las caricias de la comprensión, el latido de los bosques, la fascinación ante una inefable idea nocturna.
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Obligados a contemplar.
Entre el carbón y la brasa, el oxígeno roto, el metal orgulloso, la espera. El milagro detenido.