El rol de quien fue obispo en Mendoza frente al secuestro de un cura, según Verbitsky
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Si bien el recuerdo popular estuvo centrado en sus medidas intervenciones públicas, lo acompañó una historia poco conocida, casi secreta, en torno a su rol durante la última dictadura, como uno de los jerarcas de al Iglesia a nivel nacional que sirvieron de nexo con quienes manejaron el país por la fuerza de las armas.
Ese rol lo describe el periodista Horacio Verbitsky en el cuarto libro de su saga sobre las relaciones de la Iglesia con el poder, recientemente aparecido: La mano izquierda de Dios, editado por Sudamericana.
Lleva el mismo nombre que una novela de Paul Hoffman, publicada también este año, pero no tiene en absoluto nada que ver.
En sus cuatro libros, el autor lo menciona. Documentos del Episcopado dan cuenta de su activa participación como emisario de la curia frente a decisiones de la dictadura y, además, como una pieza clave en las relaciones internas de la propia Iglesia.
Seis años después de su muerte –y gracias a la notable investigación de Verbitsky- nos enteramos de toda esa carga histórica.
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En su último libro es mencionado en tres oportunidades. La más fuerte está en la página 115. Da cuenta de que Rubiolo se desempeñaba, por entonces, como Obispo Auxiliar de Córdoba y que documentos del Ejército y del Arzobispado muestra que hubo gestiones suyas a nivel reservado, reuniéndose inclusive con Luciano Benjamín Menéndez para asegurarse de que estaba con vida un sacerdote jesuita estadounidense, James Weeks, que había sido detenido acusado por la Inteligencia oficial de dirigir un Centro de Adoctrinamiento y especialización “para activar las poblaciones marginales de las villas de emergencia”.
Verbitsky considera que la misión ordenada por el cardenal Raúl Primatesta no era obtener su libertad; sólo cerciorarse de su continuidad en la vida.
Weeks se encontraba detenido en el destacamento de Inteligencia Policial de Córdoba, el D2. “Apenas una estrecha calle colonial separaba al D2 de la Catedral. El dormitorio del párroco de la Catedral –escribe Verbitsky- daba sobre el patio de la dependencia policial, al que se abrían las habitaciones en las que se torturaba a los detenidos, cuyos gritos era imposible no escuchar”.
El sacerdote norteamericano fue, finalmente liberado. Pero por la presión de la Embajada de su país.