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Vivir rodeados de perros asesinos

Los ataques de perros rottweiler, pittbull o mastín napolitano a niños de Mendoza son más habituales de lo que se sospecha. La responsabilidad del Estado, como en tantos otros temas, brilla por su ausencia. Y así será, tal vez, hasta que estos ataques tomen forma de tragedia.
Los rottweilers son un peligro probado. Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Los rottweilers son un peligro probado. Foto: Nacho Gaffuri / MDZ

Hace unos días atrás, Teo, de 10 años, vecino y uno de los mejores amigos de mi hijo, jugaba en la calle, a 40 metros de mi casa. De pronto, sintió que se moría. Jamás en su corta vida había sentido –y quizás jamás lo sentirá– tan tremendo ejercicio de violencia sobre sí: un verdadero monstruo lo estaba atacando.

Sucedió que, sin más, uno de los dos rottweilers que tiene una pareja de mi barrio, se escapó y atacó a Teo, mordiéndolo, desgarrándolo y tirándolo al piso, hasta que sus dueños lograron que lo soltara. El niño quedó en el piso, sangrando, conmocionado y fue llevado de urgencia al hospital Humberto Notti. Terminó rengo, con una pierna hinchada, varios moretones y heridas que se están cerrando con los correspondientes puntos de sutura.

El otro día, vino Teo a casa a jugar con mi hijo y, cuando lo vi entrar por el portón rengueando por las mordeduras de un perro tan tremendo como ese, comencé a tomar más dimensión del peligro que afrontó. Después, Teo me mostró las heridas y los moretones y tomé más conciencia aún: podría haberlo matado y podría haber matado a mi hijo o a algún otro niño del barrio, que viene a ser lo mismo.

Ahora, leo el diario y me entero de que otro rottweiler y un pitbull casi matan a otros niños y ya quiero morder a alguien. Mi panorama de conciencia y suma calentura se termina de completar si les refiero que, ayer por la mañana, el rottweiler que atacó a Teo estaba otra vez en la calle.

Me decido entonces a escribir esta columna, pero, nobleza obliga, considero oportuno antes de publicarla, hablar con la Municipalidad de Luján de Cuyo, a fin de que explicite las cartas que toma en asuntos como éste. Hablo entonces con José Salcedo, secretario de Servicios Públicos de la municipalidad, quien desconoce el hecho y por ello le aclaro que ya hay una denuncia policial al respecto. Salcedo, además, habla con el padre de Teo y también a él le promete que lo visitará.

- Sólo hay dos salidas en estos casos: que el perro sea llevado a la comuna para su estudio o a una veterinaria, en ambos casos, durante siete días. Ahora mismo voy para allá, me dice Salcedo.

Le agradezco, sorprendido por su predisposición y eficacia. Sin embargo, a los pocos minutos, el panorama cambia completamente. Suena mi teléfono.

 - Mirá, no voy a ir. El dueño ya está advertido. No puede dejarlo salir a la calle.

- Salcedo, ya le dije que el perro sigue en la calle.

- Bueno, no me corresponde a mí... Quien tiene que actuar es la Justicia

- ¿Esta es su respuesta como funcionario de Luján?

- Sí, esta es mi respuesta. Cualquier cosa, me avisás.

¿Qué pasó con Salcedo entre una llamada y otra? Tal vez jamás lo sepa. Lo único que tengo en claro es que la salida es encerrar a los niños o que rogar que ese perro u otros semejantes que hay en el barrio no se escapen. Ergo: mi calentura va en aumento.

Parecerá casualidad, pero, mientras intentaba inútilmente obtener una respuesta de la comuna lujanina, se detiene a saludarme un amigo de un barrio vecino. Se llama Marcelo Vildoza y suele hacer trabajos de jardinería y albañilería en el barrio.

- ¿Cómo andás?, me dice.
- Caliente ando. El otro día un rottweiler lastimó al Teo. 
- Si, lo vi. Lo dejó tirado en la calle.
- Hablé con Luján y no me dieron pelota, le digo.

Entonces, Marcelo me contó su historia, que a continuación resumo. A principios de junio del año pasado, Marcelo escuchó que, en la puerta de su casa, gritaba su bebé Xavier, de tres años. Cuando salió, vio cómo un mastín napolitano le desfiguraba la cara a su hijito de 3 años y luego hería en un brazo a Melisa, su hija de 8.

Marcelo golpeó al perro todo lo que pudo. El can huyó y, presa de la furia, mientras su mujer y los vecinos atendían a los niños, subió a su bicicleta y siguió al animal que se metió en una coqueta casa de Chacras de Coria. El perro asesino, con su opulento collar verde, aún lucía agitado. Marcelo volvió a su hogar, y mientras aguardaba la atención médica, mascaba dolor y bronca viendo la sangre de sus hijos.

- ¿Y qué pasó con la demanda que le hiciste a los dueños?
- Nada, ahí está… dice el Marcelo, impotente.

Lo que ocurre, amigos, es que Marcelo es pobre. Y ya saben: no es lo mismo un bebé pobre desfigurado que un bebé rico desfigurado.

Tal vez, quienes tengan perros como estos se preguntarán qué sé yo al respecto de esta clase de animales. Casi nada. Y sigamos con las anécdotas: hace muchos años, un día llegué a casa y me puse a jugar con un perro dogo que teníamos. Se llamaba Nahuel o algo así. He olvidado su nombre, pero jamás olvidaré su dentadura: en un momento dado, el dogo se prendió de mi brazo. Fue a la siesta, a eso de las 14, yo tenía 14 años y terminé con 14 puntos en mi antebrazo derecho, diligentemente colocados por un médico del Hospital Español.

Como el perro era nuestro, y como lo cuidábamos responsablemente, mi padre evaluó la situación y no dudó en llevarlo a la Municipalidad de Godoy Cruz, donde lo sacrificaron.

Mi padre, entonces, hizo lo correcto. Lo mismo que seguramente haría, imagino yo, el dueño del rottweiler o del mastín napolitano si el animal hubiese desfigurado a algunos de sus hijos. Jamás volvimos a tener un perro como ese.

Yo sé que hay gente que defiende la tenencia de estos animales y que aducen que la educación de estos animales es fundamental, pero yo quiero garantías, no quiero dejar un tema tan delicado en manos de un irresponsable y, muchos menos, quiero niños internados en el Notti. O muertos.

Entiendo que los perros asesinos tienen dueños irresponsables, pero no entiendo por qué el propio Estado actúa de manera irresponsable. También entiendo que hay otros perros no tan grandes que también muerden, pero no es lo mismo que te muerda un salchicha a que lo haga uno de estos bichos. Tampoco entiendo porque no actúa la comuna si un perro que ya atacó a por lo menos un niño, sigue en la calle. ¿Qué esperan? ¿Que lo mate?

A lo mejor, y aclaro que hablo desde mi mucha calentura, los tipos esperan eso: que muera un niño, porque heridos y desfigurados ya tenemos. Y, ya que estoy emputecido, permítanme que concluya con una sentencia clasista de muy baja altura: sospecho que recién se actuará como corresponde cuando el niño atacado, desfigurado o asesinado pertenezca a una clase acomodada o sea hijo de funcionario.

Hasta tanto, viviremos rodeados de perros asesinos y en un viva la Pepa.