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Countries: una mendocina busca las claves para saber quién es "el patrón de la vereda"

¿Por un deseo de distinción o por seguridad? Una mendocina trabaja en un estudio mundial, con sede en Londres, en torno al crecimiento de urbanizaciones cerradas en varias ciudades del mundo. La mirada de Sonia Roitman sobre el asunto en el mundo, pero también aquí, en Mendoza.

Sonia Roitman es mendocina, pero hace más de 7 años trabaja en el University College London, en Inglaterra. Desde allí participa en una investigación sobre el avance de las “edge cities” o “ciudades al borde”, el fenómeno de los núcleos urbanos que crecen por fuera del radio tradicional de las urbes.

En esta tarea, Roitman busca puntos en común, pero también cuestiones diferenciadoras entre urbanizaciones de sitios tan diferentes y distantes como Londres, Moscú, Helsinki, Madrid, Beijin, Washington y Buenos Aires. Para ello, parte desde su conocimiento de la realidad de su provincia, Mendoza, en donde se erigen, según su propia cuenta “por lo menos 70 barrios cerrados de diferentes características”.

El eje conductor de una investigación de dimensiones internacionales parece ser una mendocinada: ¿quién terminará siendo “el patrón de la vereda”? aquí entra una serie de relativamente nuevas  formas de convivir: condominios, barrios cerrados, barrios privados, countries, barrios verticales y otras experiencias diferentes a la vida común de barrio.

“Antes –rememora Roitman, de paso por aquí- una persona de plata que vivía, por ejemplo, en la calle Emilio Civil toleraba el paso de un pobre de cualquier barrio por su vereda. Además, si por alguna circunstancia un rico debía ir a un barrio, lo hacía. Hoy ni los unos ni los otros lo pueden hacer. O el rico vive en un barrio al que no cualquiera puede entrar o bien, lo que frena a cualquiera a ir a ese barrio de las afueras es el miedo a que le pase algo malo”.

La investigadora sostiene que la moda de los barrios cerrados viene desde antes de la década de los años 70. En la Argentina el primero de todos fue Tortugas, en las afueras de Buenos Aires. “Lo que se buscaba en esa época –señala Roitman- era la posibilidad de tener una casa fuera de la ciudad, un lugar para el fin de semana”. De esa manera, lo que se creó fue un estilo de vida “dentro del club, con casas más bien rústicas y no tan grandes”.

En las “diferentes olas” que la investigadora mendocina ha diferenciado sobre el surgimiento de los barrios privados, da cuenta que recién en los años ´90 surgen los barrios cerrados tal como se los conoce ahora. Marca que un factor central fue alejarse de la selva urbana y la localidad exponente de este factor en la Argentina –que es parte del estudio británico- es la zona bonaerense de Pilar.

Luego, indica, factores económicos hicieron que mucha gente vendiera sus departamentos en la ciudad de Buenos Aires para quedarse a vivir en los countries, aunque todo tiene un eje conductor: las autopistas. “No sabemos qué fue primero, si las autopistas o estas urbanizaciones, pero lo cierto es que no existiría este polo de desarrollo sin una ruta que en poco tiempo los devuelva a sus lugares de trabajo”, cuenta Roitman.

Sin plan ni control

Es aquí cuando entra un factor que también tiene un capítulo mendocino: ¿alguien pensó que esto podía pasar?, ¿alguien planificó y orientó ese desarrollo? “No”, responde Roitman. “En realidad –acota- lo de Pilar pasó, no lo se planeó”. Y acepta, a renglón seguido, que es una realidad que tiene mucho en común con lo que pasa en esta materia en el resto del mundo. “La moda de las urbanizaciones cerradas está en todas partes”, dice y agrega, a modo de ejemplo, que el fenómeno ha estallado ahora en China con una curiosidad: “Los barrios –relata- tienen todos nombres en inglés y copian modelos de California, aunque ningún arquitecto jamás haya pisado Estados Unidos”.

Si los chinos quieren que su lugar de vida se parezca a California, ¿a quién queremos parecernos nosotros en nuestros propios barrios privados? “Indudablemente –responde Roitman- son una imitación de Miami”, otra herencia de los años ´90.

La explosión de este tipo de núcleos en los bordes de ciudades importantes bajó de velocidad con la crisis de 2001, pero no se frenó. Pero lo peor es que, a pesar del grado de desarrollo que se venía verificando, el Estado no incluyó en su normativa, reglas claras para manejar esta situación. Dicho en criollo: cualquiera avanza con la construcción de condominios, countries, barrios cerrados y las normas vienen después, casi a medida.

Roitman, sobre esto último, alerta que “en la Argentina no hay control de la situación” y lo diferencia de, por ejemplo, Canadá, "un país más igualitario". “Allá hay 300 barrios de estas características en todo el país y sólo en Pilar hay más de 170”, informa.

Countries, en clave negativa

Sin quererlo, el tema es abordado automáticamente con un sesgo negativo. “Si, es verdad”, admite que es el tono del diálogo la investigadora, pero lo justifica: “Tienen aspectos positivos, sino, no habría tanta gente viviendo allí; pero hay que remarcar que lo negativo es la falta de planificación”.

“Estos barrios –indica- crecen desproporcionadamente, separándose de la ciudad abierta e imposibilitando circular con normalidad por ella al resto de la población, por lo que es importante estudiar hasta qué punto hay una cuota de segregación en continuar permitiendo que avancen sin que el Estado controle o regule la actividad”.

Explica que, en muchos casos, "representan un obstáculo en la trama urbana" cuando están insertos en las cercanías de las ciudades.

En síntesis, Roitman sostiene que “el Estado no sabe hacia donde va la ciudad, no planifica, pero si es una cosa que te puede explicar muy bien un empresario inmobiliario, que si lo tiene bien en claro”.

Metida de lleno a decodificar el fenómeno de Pilar, la mendocina cuenta que allí se generó “otro centro” a la localidad. Artificalmente, los grandes shoppings generaron un polo en el Kilómetro 50, tal la simple referencia geográfica que habla con suficiencia del pragmatismo del nuevo eje urbano.

A su alrededor, los barrios cerrados pero un nuevo condimento es el que distingue, de acuerdo con la investigación de Roitman, el crecimiento urbano argentino del resto: la desigualdad y la pobreza.

Pilar no tenía grandes índices de pobreza ni de mortalidad infantil. Y ahora los tiene: la gente que presta servicios en los coutries es pobre y vino de afuera, también, como los nuevos habitantes del lugar. Pero viven en condiciones diferentes.

El inconveniente surge cuando estos bloques habitacionales prácticamente se independizan del poder político y, por lo tanto, no tienen o no saben cómo responder ante estos nuevos desafíos.

Dicho de otro modo, se ha inventado una nueva tradición, de raíces cortas que le pasan por arriba al centro tradicional del distrito. Por un lado, la plaza, la iglesia, la municipalidad. Por el otro, el patio de comidas, los servicios privados y otras cúpulas que no son de la catedral: los shopping.

¿Apariencias o seguridad?

Sonia Roitman sostiene que algo que diferencia a los barrios cerrados argentinos de los resto del mundo es la ostentación de sus habitantes. "En Estados Unidos -comenta- más bien se busca que nadie se entere dónde viven, se disimula la construcción en medio de la ciudad y lo que buscan sus habitantes es más confort". Pero aquí, dice, "la cuestión está marcada por una fuerte contraposición entre quienes sí pueden y los que no pueden vivir en un mismo lugar".

En las encuestas realizadas en Pilar, pero también en Mendoza, ya que sus estudios sobre el tema se remontan a diez años atrás en nuestra provincia, los resultados que la investigadora obtuvo dan cuenta que la mayoría de la gente admite que se traslada a esos barrios por razones de "seguridad". Sin embargo, al preguntarles en otra tanda de preguntas sobre la cuestión de "distinción" o "status" que implica vivir allí, también es admitido mayoritariamente.

"Yo saco como conclusión que a la gente le resulta mucho más fácil mostrar el argumento de la inseguridad, ya que es aceptable socialmente, que blanquear su deseo de diferenciarse del resto lléndose a vivir a estos barrios", comentó Roitman.

El problema que los llena de preguntas

Crecieron sin control y sin normas que regulen su expansión, pero al transformarse en ciudades casi "autoreferenciales", los countries empiezan a tener problemas. Se trata de cómo administrar sus relaciones internas cuando parecen no adscribir al gobierno del resto de los mortales y cuando, en muchos lugares -"uno de ellos Pilar", señala Roitman- hasta quieren independizarse políticamente del municipio que los contiene en su geografía.

La prestación de los servicios básicos, educativos, sociales y hasta lo que les pasa a las personas que prestan servicios de mantenimiento, seguridad, domésticos en los barrios privados son inconvenientes que deja a mitad de camino el impulso urbano de esta modalidad.

Para Roitman, "de apoco sus habitantes empiezan a darse cuenta que ya no es tan fácil ni barato vivir en esos lugares, ya que hasta una misma mnarca de heladería que se radica en sus propios centros comerciales vende los helados mucho más caros al´´i que en cualquier otro lugar".

Pero "cada país en particular tiene un problema de acuerdo a su sociedad". Por ejemplo, dijo, "en Estados Unidos, el país que más urbanizaciones cerradas tiene, esto se ve como normal y directamente, los servicios son privados. Pero aun allí hay reglas y normas que aquí no terminan de establecerse".

"En Latinoamérica -dice- es donde más ostentación y se da, paradojalmente, en medio de un marco de grandes diferencias económicas y sociales entre el grueso de su población". Y comparó nuestra realidad con la de Sudáfrica, en donde, superado el apartheid a nivel político, "son los blancos los que se ´refugiaron´en este tipo de barrios".

Por unos o por otros

Roitman indicó que en Mendoza las zonas más elegidas para la expansión de urbanizaciones cerradas "son Maipú y Luján", en coincidencia con la "Primera Zona vitivinícola". Pero salta una pregunta: ¿a alguien le importa, en una provincia sin ley que regule el crecimiento urbano, que se levanten viñas para construir barrios? "Eso no es alguien que decide quien va a vivir a un barrio privado; buscan una casa que les guste en un buen lugar. El que debe preocuparse con esto es el Estado, ya que al privado lo que le importa es la rentabilidad y la actividad inmobiliaria es más rentable que mantener unos viñedos. Sería muy raro -completa la idea- que un desarrollador inmobiliario se pregunte cuánto daño le hace a la industria vitivinícola o al paisaje".

En su análisis de la perspectiva local, Roitman advierte que "los gobiernos se verán cada vez más obligados a optar, o por los reclamos de los barrios privados, llenos de gente generalmente influyente, o bien por el resto de los habitantes".

"Mientras no haya una ley de uso del suelo -advierte- esta falsa disyuntiva estará siempre presente".