Triviño no fue al Cielo
Últimos momentos de la única vida de un tenaz optimista
Ex rector de tres universidades, disertante invitado en centros de conocimiento del país y del exterior, Luis Triviño fue, además, un hombre de barrio y un optimista; una persona protagonista de grandes momentos de la democracia y de las alegrías y miserias de la vida conyugal, como cualquiera de nosotros, los otros.
Capaz de tomarse dos micros para llegar a una reunión y de doblegar a la tecnología para poder usarla como herramienta para divulgar más eficazmente sus conocimientos, Triviño fue, por suerte, muy terco.
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“Dios no es bueno” pudo pensar un creyente, al enterarse de su muerte; “Dios lo castigó”, escuché hoy que dijo un fanático, inmerso en la misma circunstancia; pero como él no lo era, diremos que decidió morir un día después de que se realizara en Mendoza la primera reunión de apostasía que haya conocido su historia.
Es así de simple: “Triviño salió del closet”, dijimos todos cuando presentó su libro sobre el ateísmo, en diciembre pasado. Y produjo un efecto dominó y cientos de personas que, realmente, ya no creían en la Iglesia, decidieron seguir sus pasos y “desbautizarse”. Podemos ser cursis y decir, ahora, que esperó hasta que sucediera y después, dejó de ser.
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El entusiasta. “Andá temprano”, me pidió Triviño; y cumplí. Una hora antes de la presentación de El Ateísmo, su último libro, lo esperé en el café de Peltier y San Martín. Llegó a tiempo, entusiasmado y con un cuaderno lleno de anotaciones. Tardó en entrar: alguien lo reconoció, en la vereda y le dio un abrazo. Él lo invitó a esperar una horita allí para que participara de la presentación del libro.
“Estoy re bien, ché; sólo me tira un poco la pierna, pero mirá –cortó- ya estamos preparando la presentación del libro en San Luis y en otras provincias”, se entusiasmó.
“¿Y cómo se le ocurrió?”, le pregunté, de golpe. “¿Qué? ¿Lo del salón?”. “No –le dije- lo del libro”. “Ah, bueno; me tuvieron engañado media vida con esto de dios”.
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En el salón no había nadie. Pero luego se colmaría. Junto con Marcelo Puertas, Susana Tampieri, Daniel De Lucía y Roberto Rosas, presentamos el libro. El salón reventaba de gente. Triviño, de alegría.
Unos días antes de que muriera llamé para contarle una anécdota que, sabía, lo movilizaría a seguir escribiendo, a apoyar más fuerte el bastón así ahora, en marzo, nos íbamos a San Luis a presentar el libro y, de paso, comer algo por allí y charlar con gente interesante de la universidad nacional puntana. La anécdota le ocurrió a mi esposa en una librería: preguntó si allí vendían libros de autores mendocinos y el vendedor le respondió que no, pero si ella “también” buscaba el de Triviño, le sugeriría dónde conseguirlo. Un éxito.
Quedé en acercarle esta semana el libro “Dios no es bueno”, de Christopher Hitchens.
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Terco militante social. Triviño se manejaba en trole, en micro, en taxi. Optimista empedernido, jamás le puso mala cara a la crisis. Nunca faltó a un compromiso, más allá de este inconveniente para moverse por la geografía de Mendoza.
Pero ha llegado el momento de denunciarlo: Mendoza le pagó mal a uno de sus intelectuales más destacados.
Así, con humildad y optimismo, hace unos años se sumó a un equipo que elaboró una serie de capítulos sobre la historia de Mendoza para la televisión, coordinados desde Educación.
Un día llamó a la hora de la siesta. “¿Cómo se edita un video?”, preguntó, en seco. La curiosidad lo activó, pero al interlocutor lo mató. “¿En qué anda profesor?”. “No, nada –respondió- me vine hasta el Cicunc porque quería ayudar a editar los capítulos, pero metido en el tema me doy cuenta que no se cómo se hace”. Claro, yo tampoco lo sabía. Pero de lo que uno ahora se da cuenta es de la dimensión que puede cobrar un hombre cuando le da batalla al olvido, se repliega y emerge como él lo hizo cada vez que tuvo un desafío frente a sí.
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Vecinalista. “¿Luis?”, le pregunté a Anita, su fiel compañera de los últimos años, luego de que abriera la puerta de su casa. “Mirá, no hay forma de que se quede quieto. Salió a juntar firmas por el barrio por el tema de la plaza. ¿Lo podés ir a buscar?”.
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“Al cyber”. Una de las últimas columnas que escribió para MDZ se llamó “Implicancias paganas de la Navidad cristiana”. Llegó al diario, preguntó por mí. Bajé hasta el hall. Tenía en sus manos un sobre Manila con tres hojas escritas a máquina en su interior. “Mirá, no pude ir al cyber”, me dijo. “¿Te molestaría tipearla?”. “¿Y, profesor?, ¿para cuándo la computadora?”. “Sigo fiel a mi máquina de escribir. Pero por una cuestión de plata. Me la ´comí´ a la computadora. Pero por las tarde trato de ir a un cyber que hay en el barrio”.
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