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Todos buscan la juventud y los verdaderos jóvenes tienen un abuelito nuevo: Google

“Mi abuelo me tiene harto” y “mi mamá me usa la ropa”

Mauri es la aplicación tardía del diminutivo de un Mauricio que ya luce bigotes, a los 19. Presenta sus quejas, ante nuestra consulta: “me parece muy patético que mi abuelo, de más de 60, quiera hablarme en mi idioma y trate de ganarme en historias con chicas. Lo que pasa es que no me cuenta lo que él hizo a mi edad, sino lo que le gustaría hacer ahora que ya está casi jubilado. No se pone en su lugar y no me parece que sea yo el irrespetuoso: él es el que no se respeta a si mismo. Se tira abajo solo. Yo quiero un abuelo. Amigos ya tengo”.

Lupe o Guada, Guadalupe en definitiva, tiene 15. “Mi mamá me quita y usa la ropa”. Se muerde los labios y levanta la mirada al cielo. No dice más nada, porque le da bronca, pero a la vez le parece simpática aquella actitud y, en definitiva, para ella esa situación no merece más que un reproche práctico. Para nosotros, es un dato de que probablemente este 21 de septiembre su madre y el abuelo de Mauri se levanten contentos y con ganas de ir de picnic al parque.

En estos tiempos en los que nadie se cree viejo y con una medianía etaria que cree haber encontrado el elixir de la eterna juventud en la negación de la adultez -y merced a cirugías, cremas anti age, la indumentaria y hasta en la forma de hablar- ¡feliz día para todos!, entonces.

Porque en definitiva, ¿qué es ser joven sino la negación de ser viejo?

A los ancianos que se aceptan como tales, los ocultamos. Primero que nada, no escuchamos su experiencia, los desacreditamos y le dedicamos un “ninguneo” sin precedentes en la historia de la humanidad. Pero cuando su porfía vejestoria se vuelve inapelable, los ocultamos en nuestra casa, bien adentro o en la de otro o de muchos otros, en un geriátrico, en donde si lo ven, disminuyen las chances de que lo comparen con nosotros, sus sucesores.

Es como si se hubiera hecho realidad –aunque de una manera más sutil y actualizada- la novela “Diario de la guerra del cerdo”, escrita por Adolfo Bioy Casares y llevada al cine en 1975 por Leopoldo Torre Nilsson, en la que se describe una situación de persecución hacia los más viejos habitantes de Buenos Aires por parte de patotas juveniles que temen que cada vez haya más ancianos.

En esta época, quienes se “guardan en su caparazón de carnes y hueso, miopes, sordos”, tal como describe su propia decrepitud el personaje “Vidal” en la novela mencionada pasan a un archivo inconsulto.

Lucas Malaisi, un psicólogo sanjuanino experto en temas pedagógicos cuya conferencia sobre “inteligencia emocional” acompañó MDZ hace unos días en Mendoza, nos dijo que uno de los problemas que enfrenta la escuela es que los chicos “saben más que los profesores”, al menos en lo que a tecnología se refiere. Pero lo más grave es, siempre según Malaisi, que para los chicos (y para muchos de sus padres) “mientras antes los abuelos eran a quienes se debía consultar cómo actuar ante determinadas circunstancias de la vida, debido a su acreditada experiencia, ahora ellos ya no saben nada y a quien se consulta es a Google”.

Frente a este desdibujamiento del rol de los ancianos de la sociedad, quienes ven que van llegando a esa edad se refugian en una falsa juventud, tal como lo denuncia, de algún modo, Silvia Veinsten, una psicóloga especializada en este punto que preside la fundación OVO, en Buenos Aires, a través de su libro “La cárcel de los inocentes”.

Veinsten, como Malaisi, ven un “adolescenciamiento” de los adultos que están desesperados por no llegar a viejos y pasar al archivo familiar y, en ese frenesí, se visten como sus hijos, consumen lo que sus hijos y lo que es peor: actúan como sus hijos, dejándolos sin padres.

Sin embargo, “la vejez –como escribe Veinsten- no les pasa a los otros; ella nos espera”. Y se pregunta, sabiendo que la respuesta puede desencadenar un todo un espanto psicológico: “¿Estamos preparados para que nos alcance?”.

Mientras tanto, ya hay generaciones completas de seres humanos que nunca serán ya no sólo ancianos, sino tampoco adultos. Se trata de aquellos que “pechan desde abajo” por alargar la adolescencia y, todavía a los 30, siguen viviendo con papá y mamá. Han sido catalogados por una psicología popular como víctimas del “síndrome de Peter Pan”.

Este período que atrasa la salida del niño de los pichoncitos de la familia fue así calificado en 1983 por Dan Kiley en su libro “El síndrome de Peter Pan, la persona que nunca crece", antes de que estallara el fenómeno de Internet que transformó a los adultos en “inmigrantes digitales” frente a chicos que son “nativos digitales”.

Retrocediendo escasamente en la línea histórica veremos que fueron los jóvenes quienes protagonizaron en la Argentina la “Revolución del Parque”, en 1890, manifestándose contra la tiranía y exigiendo democracia.  Consiguiéndola, inclusive, años más tarde, y dando nacimiento al Radicalismo.

Fueron los jóvenes adultos los que metieron “las patas en la fuente” en 1945 y produjeron una síntesis transgeneracional que dio surgimiento a un movimiento que perdura en el tiempo, como el Peronismo.

Más afuera que aquí, pero aquí también, los jóvenes se plantaron hace 40 años para cambiar el mundo, desde Woostock y su “sexo, droga y rock & roll”, hasta las calles de París y los tardíos intentos de los 70 que fueron reprimidos con la violencia ilegal del estado, dando nacimiento a una gran tristeza argentina de la cual nos cuesta desembarazarnos.

Ya no hay jóvenes que hagan revoluciones, podría concluirse fácilmente y sin mucho cientificismo. Y tal vez los ancianos sean quienes deban hacerla para hacerse oír, tal como surge en algún comentario de juerga entre los arrugados protagonistas de la mencionada historia de Bioy Casares.

Mientras tanto, la primavera –ese momento caracterizado por un rostro joven- empieza. Esta vez, en beneficio de muchas más generaciones que antes.