Río de Janeiro: la experiencia de cambiar la cultura de la violencia
Setiembre de 1993. La muerte se tutea con los habitantes de Río de Janeiro, Brasil. Un diario, O Día, propone una campaña contra la violencia. Venía desde hacía tiempo sugiriendo que “algo hay que hacer”, pero su solitaria fuerza no es suficiente. Un par de llamadas telefónicas del vicepresidente de la empresa empieza a gestar un movimiento social sin precedentes. Deciden que hay que sumar a referentes sociales, intelectuales y a otros medios de comunicación, esenciales para encabezar cambios culturales. Uno de quienes atendieron el teléfono, el antropólogo Rubem Cesar Fernandes, contó la historia que, con final feliz, lo tuvo como protagonista.
Fernandes es un intelectual y dirigente social prominente del Brasil. Ocupará un espacio
presentarlo, pero vale la pena. Es licenciado en Historia, en
Es secretario ejecutivo del Instituto de Estudios de
Es ensayista y escritor, autor, entre otros libros, de Romarias da Paixão (Rio de Janeiro, Editora Rocco, 1995), Privado Porém Público (Rio de Janeiro, Editora Relume Dumará, 1995), Vocabulário de Idéias Passadas (São Paulo, Editora Relume Dumará, 1995) y Novo Nascimento - os Evangélicos em Casa, na Igreja e na Política (1996).
“Unos días después de aquella conversación telefónica, unas cuarenta personas se encontraron en el Centro Comercial de Botafogo”, relata Fernandes. Se trataba de “gente expresiva, que provenía de distintos rincones de la sociedad carioca. Diferente de lo habitual, la mayoría no se conocía”. En este primer encuentro “había gente de las elites, y también de los movimientos sociales y liderazgos populares. Todos movilizados por los efectos perversos de la violencia, y con diversas historias para contar”.
Así arrancó la historia de un gran acuerdo social. En la primera semana de setiembre de 1993, “la conversación dejó ganas de más”, como lo recuerda hoy Fernandes, “y así se concibió Viva Rio”.
- ¿Cuál fue el secreto del éxito de la iniciativa, que logró movilizar a una ciudad de millones de habitantes contra la violencia?
- “Parte del secreto –responde el carioca- está justamente en la heterogeneidad. Dirigentes de los medios y líderes sociales no se encuentran todos los días. Presidentes de grandes empresas y de asociaciones de comunidades no comen juntos habitualmente. Personajes de las Zonas Oeste, Norte y Sur de la ciudad raramente se cruzan. La reunión del Consejo (integrado por 33 personas) ofrecía una oportunidad de encuentro entre personas expresivas de los extremos sociales”.
La policía, ese desafío
Como aquí, allá la actitud de la policía frente al problema social de la desigualdad y la exclusión no era de gran ayuda.
Se comenzó a pensar que este movimiento que llamaba a “vivir Rio de Janeiro y a un Rio de Janeiro para la vida”, la policía tenía que tener un rol protagónico.
Pero, ¿qué policía?
“Escuchamos al Comandante General de
“Fascinados por las ideas y por la forma tranquila y firme del Comandante –agregó- establecimos una alianza para la realización de un programa de vigilancia comunitaria que cubriese todo el barrio de Copacabana. Movilizó para ello el efectivo del 19º Batallón y logró la participación de los comisarías del barrio, contando con el incipiente Viva Rio para movilizar las innumerables asociaciones de Copacabana, subdividida en seis regiones. Cerqueira –continuó el relato- entregó el detalle de este plan osado a un joven capitán, cuyo nombre era Ubiratan Ângelo, que catorce años después llegó a la posición de sucesor de aquel comandante Cerqueira en el Comando General de
Como conclusión, la conexión de las ONG, el apoyo multisectorial y la policía, se consiguió, según las palabras de Fernandes, que el nuevo modelo “comunitario” se implantara con éxito, reduciendo los delitos.
El convencimiento del objetivo a conseguir
“En pequeña escala, (el Consejo de
La publicidad dirigida a fomentar los lazos de convivencia fue un eje central. “Las acciones y las imágenes de Viva Rio se hacían reflejar en la prensa y retornaban al Consejo con fuerza duplicada. La participación de los dueños de los medios hacía la diferencia, seguramente, pero no era sólo eso. A ella –indicó Fernandes- se agregaba el compromiso de publicitarios de renombre, como Lula Vieira, Roberto Medina y Adilson Xavier, que en diferentes momentos colocaron su creatividad y sus recursos de relaciones a servicio del movimiento”.
Como ejemplo, en una campaña llamada Reage Rio (Reacciona Río), a fines de 1995, “llegamos a juntar un plenario de publicitarios que se disponían, voluntariamente, a trabajar la opinión en una misma dirección y cada uno a su modo. Algo parecido sucedió en otra campaña, Basta! Eu quero Paz (¡Basta! Quiero paz), esta vez en escala nacional. Más tarde –continuó recordando nuestro interlocutor- en las luchas por un nuevo marco legal de control de las armas de fuego, llamado el Estatuto del Desarme, en 2003, llegamos a ver la trama de la novela de
El cambio de gobierno y “esa” tentación
Fernandes recoge como lección negativa aprendida de la primera experiencia, que no hubo continuidad en aquellas primigenias políticas de vinculación entre policía y comunidad.

Un nuevo Comandante, “un General del Ejército que concebía
A pesar de los contratiempos, Viva Rio logró transformarse en una organización madre de decenas de pequeñas iniciativas barriales. Se metió de lleno en las favelas y generó acciones que empezaron a ver resultados cuando el punto que las generó tuvo que ver con la solución de necesidades esenciales de la población.
Así, la organización comenzó a aportar ideas motivadoras y a transformarse en el eje de una campaña mediática permanente por un cambio cultural en lo más íntimo del pensamiento carioca en torno a las relaciones interpersonales, al punto que sus consignas y acciones formaron parte del argumento de numerosas telenovelas.
Pero además de la acción mediática, se transformó en un centro de investigación en torno a las causas y consecuencias de la violencia que actualmente aporta información que a veces no consigue el propio Estado, con toda su infraestructura.
Se puede, si se quiere
La experiencia de Viva Rio hoy sirve de base para numerosas organizaciones del mundo. El propio Rubem Cesar Fernandes distribuye su tiempo entre el trabajo al frente de la organización carioca y el aporte para el restablecimiento de la vida en Haití, por ejemplo.
Pero fundamentalmente demuestra que cuando hay vocación de cambiar y hay poder de convocatoria, se puede torcer el rumbo de la historia. Claro que, aquí, en Rio y en cualquier otro lugar del planeta, la capacidad de sumar voluntades tras un proyecto tiene condicionantes: quién lidera, con qué convicciones, a dónde se quiere llegar.
A lo largo de más de 15 años, el esfuerzo brasileño dio resultados más que aceptables. Y si aun la violencia los azota, la pregunta que se hacen muchos de los protagonistas de aquel primer “pacto” de 1993 es: “qué hubiese sido de Rio de Janeiro si en aquel momento no nos juntábamos para tirar juntos hacia delante”.





